Antonio Gala decía que es estúpido pensar que la diferencia entre el amor y la aventura es una cuestión de minutos o de años. 

Y tenía razón. Hay amores que duran diez minutos y te parten en dos, y aventuras que duran catorce años y siguen siendo eso, aventuras insignificantes, con rutina, con calendario compartido y con fotos familiares listas para presumirse en Instagram. 

No es el tiempo lo que legitima un amor, sino la función emocional que cumple. 
Y ahí empieza el problema. 

Durante mucho tiempo pensé que mi destino iba a estar plagado de amores imposibles. Que siempre llegaba tarde, que elegía mal, que algo en mí estaba desfasado, como un reloj sentimental que nunca daba la hora exacta. Me conté esa historia con bastante convicción, porque era cómoda. La mala suerte no exige responsabilidad, solo resignación. Si el amor era una tómbola, a mí me tocaba siempre el peluche torcido, el premio que nadie quiere, el número repetido. Y, claro, no era mi culpa, no fallaba yo, fallaba el sistema. 

Lo que no vi —o no quise ver— es que entre una relación y la siguiente casi no había espacio. Apenas una pausa técnica, un pit stop, con el tiempo justo para reorganizar el relato, cambiarle el nombre al proveedor de orgasmos y volver a intentarlo. No me daba tiempo a extrañar. Ni a entender. Ni a estar sola de verdad. Y eso, que en su momento me parecía resiliencia, era en realidad miedo. 

El miedo tiene mala prensa, pero es honesto. El mío tenía nombre y apellido… horror vacui, que literalmente significa miedo al vacío. No en su versión académica ni filosófica, sino en la más doméstica. El miedo a llegar a casa y que no haya nadie. A cenar sola. A no tener a quién mandarle un meme subido de tono a las once de la noche. El miedo a que el día no quede registrado en ninguna memoria ajena. A vivir sin testigo. 

Por eso los grandes amantes de nuestras vidas aparecen donde no deberían. En agendas ya llenas, en matrimonios cansados, en duelos mal cerrados, en vidas que están cambiando de forma y todavía no saben en qué convertirse. Aparecen cuando el terreno está blando, cuando algo se mueve por dentro y no tenemos palabras para nombrarlo. 

Por eso tantas citas ocurren a destiempo, cuando uno de los dos no puede, no quiere o no sabe quedarse. No es casualidad. El amante no llega cuando todo está ordenado. Llega cuando hay grietas. Cuando el silencio empieza a pesar. Cuando quedarse solo empieza a doler más que quedarse mal acompañado. 

Y por eso esas primeras conversaciones largas, esos cafés que se alargan más de la cuenta, tienen algo profundamente hipnótico. No cargan pasado, no exigen futuro. Están suspendidas en un presente perfecto, casi mágico. Y eso, para quienes tememos el vacío, es pendejamente irresistible. 

El problema no es el deseo, el problema es usar el deseo como tapón. 

Confundimos intensidad con conexión, química con verdad.  Y en ese enredo aprendimos a creer que estar acompañados es estar completos. Y así vamos enlazando personas como quien enlaza canciones para no quedarse en silencio. Porque el silencio obliga a escucharse. Y escucharse no siempre es agradable. 

Yo despedí a mi último amor imposible en la sala de un aeropuerto internacional. Yo tenía muy claro que era la última vez que lo iba a ver. Éramos dos personas que se deseaban, que se entendían, que tenían una complicidad feroz… y que, aun así, no podían elegirse. No entonces. No ahí. No del todo. Lo llamé amor imposible, como si fuera una tragedia romántica. Hoy, que conozco el amor de verdad, entiendo que simplemente fue un encuentro entre dos vacíos que se aliviaban mutuamente. 

Por eso me atrevo a hablar del tema. Porque yo también fui esa persona que prefería una relación a medias antes que una soledad completa. Yo también confundí amar con no estar sola. Pensé que el problema era que los otros no se quedaban, cuando el verdadero problema era que yo no sabía quedarme conmigo. 

A mi generación no nos enseñaron a estar solos sin sentir que estábamos fallando. Nos enseñaron a vivir en pareja, a querer con intensidad, a apostar fuerte, a entregarnos sin cálculo. Pero no a soportar el intervalo. A tolerar el silencio entre una historia y la siguiente. A entender que ese espacio no es un error del sistema, sino parte del proceso. 

Por eso los amores imposibles abundan. Porque llenan rápido. Porque no nos obligan a atravesar ese momento agónico en el que no hay nadie más que uno mismo. Son reales, sí. Y muy vivos. Más vivos, incluso, que muchas relaciones sanas, correctas, funcionales, perfectamente integradas en nuestros estatus de Facebook. Esas que duran años, pero que no te tatúan la memoria y el corazón. 

Los amantes, las citas furtivas, los vínculos a medias no son siempre inmadurez. Muchas veces son síntomas. Señales de que no sabemos qué hacer con el vacío cuando aparece. De que nos aterra descubrir quiénes somos cuando nadie nos elige esa noche. 

Amarse a uno mismo suena grandilocuente, pero en la vida real es bastante más incómodo de sostener. Es llegar a casa un viernes, mirar el móvil y no inventarse un plan solo para no sentir el silencio. No escribirle a alguien por inercia. No buscar compañía solo para tapar el hueco. 

Quedarse solo no es resignarse. Es empezar a entenderte a solas. Ver qué te gusta cuando no estás adaptándote, qué quieres ver en Netflix sin negociar con alguien más, quién eres cuando nadie te mira. Eso no pasa en pareja. Pasa cuando te quedas el tiempo suficiente como para que el silencio deje de asustar y empiece a decir algo. 

Y cuando uno aprende —aunque sea un poco— a tolerar ese silencio, el alma empieza a ordenarse. El amor deja de ser urgente. Las citas dejan de ser una huida. Los amantes dejan de funcionar como salvavidas. Ya no se busca a alguien para tapar, sino para compartir. Ya no se entra en vínculos imposibles por hambre, sino desde una elección más consciente, más honesta. 

Antonio Gala tenía razón al decir que no es el tiempo lo que define el amor. Yo solo añadiría, con permiso del maestro y después de haberme equivocado bastante, que no toda intensidad alcanza a ser profundidad. Que a veces confundimos la fuerza de lo que sentimos con la verdad de lo que es. 

Quizá crecer no sea aprender a amar mejor, sino aprender a estar mejor a solas. A no huir del silencio. A entender que el vacío no es un castigo, sino un espacio fértil. El lugar donde dejamos de usar a otros como anestesia y empezamos, por fin, a encontrarnos. 

Y desde ahí —solo desde ahí— el amor deja de ser imposible. 

Porque ya no viene a salvarnos. 

Viene a encontrarnos. 

Obra sin título, por Keith Haring. Imagen de The Keith Haring Foundation

Elsa Sanlara