

Por mucho que la misantropía, la filosofía del well-being, las canciones de harto dolor y contra de ellas o ellos, y otras formas del desapego, intenten reducirlos a tonterías adolescentes o calenturas momentáneas, los amores imposibles existen. Y no solo eso, también han sido la fuente para grandes obras artísticas, inspiración para carreras destacadas y motor de muchos de los cambios sociales, además de haber llenado los bolsillos de múltiples terapeutas (con o sin licencia).
Entendemos como amores imposibles las relaciones afectivas inviables por tratarse de sentimientos no correspondidos, prohibidos, obstaculizados por el tiempo, el espacio, o hasta en algunos casos, por la no compartir elementos tan esenciales como ser de la misma especie. Las más de las veces, esos amores se combinan con dolencias o problemas psicológicos, lo que los vuelve sumamente peligrosos y plagados de ciclos autodestructivos.
Imposibles, pero ejemplares
Hay los que resultaron ejemplares, como el de Pigmalión, el escultor que, desilusionado por las mujeres creó a su pareja ideal en marfil y se enamoró profundamente de su creación. Afrodita, la diosa del amor, entonces decide premiar esa devoción concediéndole su único deseo, convertir a la estatua en una esposa de carne y hueso. Aunque no dice qué ocurrió después con Pigmalión y Galatea, el mito ilustra la pasión, la perfección de la creación artística. Es una historia tan ejemplar que, como las más grandes historias griegas, dio nombre a un fenómeno psicológico, el efecto Pigmalión. Por cierto, la mitología y dramaturgia griegas están llenas de amores imposibles y también de las formas en que el destino suele castigarlos.
El más famoso de los amores imposibles es el de Romeo y Julieta, que se puede rastrear a la mitología griega (Píramo y Tisbe), aparece nuevamente en los cuentos italianos medievales, luego fue rescatado por William Shakespeare quien lo volvió un clásico de la literatura universal, y nos sigue acompañando en telenovelas, series televisivas y películas trágicas (la mayoría que no vale la pena recordar). Los adolescentes Romeo y Julieta son hijos de familias enfrentadas, pero se enamoran profundamente, se les prohíbe verse, tratan de evadir la prohibición y acaban muertos ambos.
Cátulo amó a Lesbia, Abelardo a Eloísa, Robin Hood a Marianne, Lancelot a Ginebra, Heathcliff a Catherine, Florentino a Fermina, Calisto a Melibea, Tristán a Isolda, Werther a Charlotte, Fausto a Margarita, Julio a Cristina, Ramón a Fuensanta, Jane Eyre a Míster Rochester, Nikola a su paloma. Puras tragedias que ilustran el desafío a las barreras porque, dice Paz en Piedra de Sol “amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos el pensamiento encarna, brotan alas en las espaldas del esclavo”.

Ay, dolor, ya me volviste a dar
Con la osadía que tienen los psicólogos para arruinar la poesía, dicen que los amores surgen de la idealización que activa dopamina como una droga, una baja autoestima que busca validación en lo difícil, o patrones infantiles no resueltos como el complejo de Edipo. Los miedos al compromiso o a enfrentar la realidad llevan a refugiarse en una fantasía que ofrece seguridad. Y con esa idea arruinan siglos de literatura.
No todos los amores imposibles, sin embargo, terminan con una canción de José Alfredo Jiménez (¿quién no sabe en esta vida la traición tan conocida que nos deja un mal amor? ¿quién no llega a la cantina exigiendo su tequila, exigiendo su canción?). Mucho antes de que decidan pedir la del estribo, muchos amantes construyen maravillas a partir del dolor. Hasta el propio José Alfredo Jiménez utilizó el tormento y despecho para construir clásicas canciones rancheras (muy poco edificantes, pero clásicas y muchas veces hasta terapéuticas).
Parece que la clave está, como con muchas otras situaciones personales, en saber qué hacer con lo que te da la vida. Uno puede ciclarse en una espiral de autodestrucción o ponerse a trabajar con la innegable inspiración que significan los dolores de alma.

No volveré, te lo juro por Dios que me mira
Los psicólogos tienen una larga guía para superar los amores imposibles pues dicen que superarlos ayuda al crecimiento personal, fortalece la autoestima, abre la puerta a las relaciones saludables, permite aceptar la realidad con resiliencia emocional, ayuda a identificar las necesidades afectivas, libera energía para enfocarla al bienestar propio y reduce ciclos tóxicos. Lo que sin duda está muy buen para la mayoría de las personas.
Así que, para superarlos, recomiendan hacer ejercicios prácticos que eventualmente logran el distanciamiento, la aceptación y la reorientación personal.
1.
Hay que aceptar la realidad. Escribir una lista de las razones por las que el susodicho amor es imposible. Luego tendrás que leer esa lista diariamente.
Cortar el contacto totalmente durante por lo menos 30 días. Ello incluye bloquearlo de las redes y evitar encuentros. Cualquier impulso de contacto puede ser sustituido con frases edificantes y medio New Age como “elijo mi paz”.
Permitirte el duelo: Dedicar un lapso de 15 minutos al día para llorar o ventilar tus emociones, escribe un diario con tus sentimientos sin juzgarlos.
2.
De forma permanente, conviene que hagas ejercicios de sustitución mental, como repetir palabras neutras o visualizar objetos de colores unas 10 veces.
Invierte tiempo en tu cuidado físico, ejercicio diario para mejorar tu autoestima. Recuerda las cosas que debes agradecerte a ti mismo.
Construye una red social real, con un amigo o un terapeuta, comparte progresos cada semana para ganar perspectiva.
3.
Para el largo plazo fíjate metas no románticas (pasatiempos, cursos, creaciones) y revisa los avances que llevas en ellas. Si eso falla busca terapia para erradicar patrones profundos de comportamiento.

A lo mejor ni era amor
La misma psicología que nos regala esas perlas de superación sugiere que una cosa es un amor imposible (atracción romántica irrealizable por obstáculos externos objetivos como las diferencias sociales o la falta de reciprocidad); y otra es el apego emocional, una dependencia psicológica derivada de necesidades internas no resueltas sin importar la viabilidad de la relación.
El amor imposible enfrenta barreras reales; persiste al idealizar lo inalcanzable; lleva a pasiones internas y nostalgias trágicas; y se resuelve aceptando los límites externos (las barreras que no se moverán).
El apego emocional enfrenta miedos internos como la soledad y la baja autoestima; se funda en el hábito y el miedo a la pérdida; provoca ansiedad, celos y necesidad de control; y se resuelve trabajando en la independencia personal.
Puedes sabes si lo tuyo es apego si sufres pánico o vacío intenso al estar solo o tienes la necesidad constante de contacto; chantajeas, limitas la libertad o vigilas por miedo a perder a la otra persona; si necesitas su aprobación para decisiones, autoestima; si te sientes incompleto sin el otro; si victimizas o generas culpas para retenerlo; si vives en el presente ansioso; y si evitas planes reales por miedo al rechazo.
En ese caso es probable que requieres ayuda porque ese apego suele originarse desde la infancia debido a inconsistencias en los cuidados, irregular disponibilidad paterna, alto estrés parental, entre otros factores.
Un día para los amores imposibles, no para los apegos ansiosos
Cada 16 de febrero, por una suerte de consenso de esos que se generan en las redes sociales, se celebra el Día de los Amores Imposibles, una efeméride para reconocer al amor platónico, no correspondido, prohibido, o cualquiera otro no realizable. La fecha entiende que casi todos, todas y todes, como dicen ahora, hemos tenido por lo menos un amor frustrado, amargo, doloroso.
Así que este 16 de febrero pon las canciones tristes y recuerda las historias que no pudieron ser, reflexiona sobre ellas y crece porque el desamor es transitorio y puede ser, también, un estímulo para la creación y la recreación personal.


