Mariscos frescos y latería reconfortante (primera parte)

Con lo de “latería reconfortante” no estoy pensando en un foie gras de ganso trufado o en un caviar beluga (¡qué más diera!), sino en productos industrializados mucho más modestos pero que, comidos en el momento adecuado y bajo ciertas circunstancias, saben a gloria. 

Prometí a Emiliano recorrer en coche la península de Baja California y se lo cumplí. Con 19 años encima de mi hijo, no habría ya muchas oportunidades para que viajáramos solos dos semanas y media, como lo hicimos. Lo disfruté muchísimo y a cada momento rememoraba las experiencias similares que vivimos Eugenio y yo, cuando tenía la edad de su hermano, y menos. A ello se debe, entre otras cosas, la amistad que me une a mis hijos, amén del natural amor paternal y filial, respectivamente. 

Circunnavegamos la Isla del Espíritu Santo, en el Mar de Cortés, recorrido de varias horas que permite apreciar los imponentes acantilados con estratos geológicos de origen volcánico que son un verdadero muestrario gigantesco de colores y de texturas pétreas, arcoíris de sepias, cafés y grises gamados. Al bajar la marea, pudimos cruzar la isla por un canal natural. Esnorqueleamos entre una nutrida colonia de lobos marinos, teniendo que meter la panza (yo) cuando uno de estos primos de las focas nos pasaba tan cerca, por debajo, que parecía rozarnos. En una playa desierta recogí un blanquísimo cráneo de delfín que ahora es una escultura natural en el jardín de la casa. 

Buceamos en Cabo Pulmo, visitamos en lancha el arco de Cabo San Lucas, constatamos con tristeza la desabrida “americanización” de esa zona de Los Cabos y pudimos apreciar el contraste y a la vez parecido entre San José del Cabo con su centro histórico bohemio de sabor “existencialista” cincuentero y Todos Santos con su divertido ambiente hippie sesentero. En este último poblado, Emiliano me explicó en el Hotel California que la banda estadunidense rockera The Eagles compuso allí su famosa pieza del mismo nombre. 

En Nopoló escuchamos las quejas de los habitantes originarios que ya no tienen acceso a sus playas, concesionadas de facto a enormes consorcios inmobiliarios por el gobierno. En Mulegé fuimos a la caleta de Requesón y comimos almejas chocolatas vivas que un pescador estaba sacando al momento. Estuvimos en las misiones de Loreto y de Santa Rosalía y en este puerto visitamos la iglesia metálica construida por Gustave Eiffel que acá envió, por supuesto, desarmada. Allí mismo, llevé a mi hijo a la centenaria panadería El Boleo, también de filiación gala, donde siguen haciendo sus bizcochos en los mismos hornos de leña de hace más de un siglo. Ya se sabe que el eje económico de Santa Rosalía fue y sigue siendo su mina de cobre originalmente de inversionistas franceses, por ello el regusto a pueblo de Francia que tiene, con sus casas de madera con techos a dos aguas (¡rareza en México!). 

Estuvimos en las salinas más grandes del mundo, las de Guerrero Negro, con sus camiones mastodontes cuyas llantas tienen más de dos metros de diámetro. Conocimos Bahía Tortugas y Punta Eugenia, del lado del Pacífico, con sus campos de pescadores de langostas y abulón. Gracias a Emiliano, que se empecinó, fuimos por brecha a la Playa Malarrimo, donde las encontradas corrientes marinas acarrean restos de barcos como boyas, cuerdas, maderas y otras cosas. Y nos embarcamos para ir a la Isla Natividad, que está enfrente, territorio surrealista sin aparente vegetación donde están prohibidos los perros y gatos para proteger la abundante fauna que allí habita; de hecho, caminábamos entre nidos de gaviotas en el suelo, con polluelos de diversos tamaños, y las madres revoloteando agresivas sobre nuestras cabezas. Isla de pescadores, también recolectan grandes cantidades de sargazo que venden a la industria farmacéutica para la elaboración de gel con usos diversos. 

Cerca de Ensenada nos asombramos ante La Bufadora, raro fenómeno donde las olas penetran en una cueva del acantilado costero y, formando una gran presión, salen disparadas por una grieta hacia arriba, muchos metros, con un ruido sordo y muy fuerte, como enorme geiser. En el Mercado Negro de Ensenada compramos manos de cangrejo que, con limón y sal, nos comeríamos después en uno de los miradores más impresionantes de La Rumorosa, con un paisaje “lunar” espectacular de gigantescas rocas amontonadas en vertiginosas barrancas profundísimas. En una de ellas, fue sobrecogedor observar en el fondo una elegante camioneta despedazada hacía meses. 

En Tijuana vimos con azoro y pena, muy cerca de la playa, junto a la gran reja fronteriza que se introduce al mar, a familias mexicanas divididas por esa valla metálica conversando emocionadas a través de los huecos. Los de este lado no tienen papeles para cruzar a Estados Unidos y los que lograron cruzar al otro lado, indocumentados desde hace muchos años y con hijos allá, si regresan a México corren el peligro de que ya no los dejen volver a entrar a ese país.

CONTINUARÁ

Almejas Chocolatas. Foto: fridaschalupa
Frontera EU-México, en Tijuana. Foto AFP-BBC 
José Iturriaga de la Fuente