

En un viaje a la India me llamó la atención que, siendo las vacas sagradas, los búfalos, que yo llamaría sus primos hermanos, no tienen ese mismo rango de sacralidad.
En lo que no hay diferencia es en el uso que se le da a los detritus de ambos: ¡eso sí que es reciclaje! Sobre todo, en el ámbito rural, vimos grandes montones, de unos dos metros de altura, formados por una especie de adobes redondos, como hogazas de treinta centímetros de diámetro por ocho de alto. A petición nuestra, el conductor de nuestro vehículo escogió uno de esos lugares y se detuvo a fin de verlo de cerca y entonces miramos a una señora mayor, sentada en el suelo, amasando directamente con las manos el excremento fresco de vacas, toros y búfalos para formar esas tortas circulares; las secan bien al sol y luego las apilan en esos montones, para almacenarlas. Si hay amenaza de lluvia, las cubren con un plástico, pues la finalidad es utilizarlas como combustible, por cierto, excelente. También vimos en algunos templos que se queman como ofrenda, cual incienso, pequeños trozos de esos mismos desechos vacunos.
El conductor conocía a la familia de la señora que hacía las tortas de vaca y nos llevó a su casa, caminando unos cien metros adentro por una vereda de tierra. Era una familia ampliada, de unas veinte personas, desde la abuela, quizá nonagenaria, hasta una decena de niños de todas edades. Allí y en todos los lugares que visitamos, nos sorprendió la belleza del pueblo indio; no había un solo niño feo, todos con sus ojos que resaltan por las aparentes ojeras, las niñas parecían muñecas y los adultos, mujeres y hombres, eran atractivos.
Los saris multicolores (que en Occidente pudiéramos pensar que son solo para las fiestas, pues ese uso tienen entre las señoras de por acá) son el atuendo femenino cotidiano y muchas sorpresas me llevé. Dos las tengo muy presentes. En los jardines de un templo de Sarnath había un par de jóvenes mujeres barriendo las hojas del pasto y con sus bellas facciones y preciosos saris lucían espectaculares; solo Silvia y yo volteábamos a verlas, pues a nadie sorprendían tan modestas personas; a nosotros sí, y mucho.
En Fatehpur Sikri, una joven, por supuesto con su sari, estaba trapeando los anchos escalones de una prolongada escalera exterior de acceso a una gran tienda, de manera que quienes llegan ascienden como si lo hicieran a una pirámide; mientras nosotros subíamos, pude contemplar a la mujer largos segundos y era muy hermosa.
A cualquier elegante reunión de la “alta sociedad” mexicana podría haber llegado acompañado de una de esas tres damas y me hubieran admirado y envidiado.

Viene al caso mencionar que en aquellos tupidos enjambres vehiculares que se viven (o padecen) en la India, destacan los cientos de motociclistas que se ven en cualquier momento, volteando para donde sea. Es habitual ver al conductor, a veces con turbante, con una mujer atrás (obviamente vestida con sari), sentada de lado, y ocasionalmente con media cara tapada con la misma tela del atavío. Menos usual pero no insólito, es que mujeres solas manejen su motoneta (en las que van sentadas de frente, no montadas) y sus paños del sari volando al viento.
En fin, volviendo al tema del reciclaje de las heces de bovino, no pude averiguar si se hace lo mismo con las deposiciones de camellos y elefantes, animales que no es nada raro ver en plena vía pública en muchas ciudades de la India, aunque desde luego no libres como las vacas.

