Cazadores emocionales

 

Confieso que yo también confundí atención con intención, y esa confusión me llevó a quedarme en relaciones donde había deseo, drama y adrenalina… pero no respeto, ni plan, ni futuro.

Varias… o más bien muchas veces. El número exacto lo reservo para una sesión con suero de la verdad.

Cuando era más joven—joven en el sentido emocional, no cronológico, porque la pendejez no siempre respeta edades—yo creía que, si un hombre me buscaba, me escribía, me miraba como si yo fuera la última Coca-Cola del desierto, entonces algo serio debía estar pasando. No boda con vals, liga y suegra llorando en primera fila, pero mínimo una dirección clara en el GPS emocional. Algo que no dijera “recalculando ruta” cada quince días.

Había uno en particular. Siempre hay “uno en particular”. No importa su nombre, porque seguro el tuyo también tenía barba de tres días, playlists intensas y una opinión firme sobre la política que nadie le pidió. Era bueno observando, muy bueno, de hecho. De esos que te dan una atención tan bien puesta que te hace sentir protagonista de telenovela de Televisa con bajo presupuesto y mucho drama “EE” (erótico-existencial).

Me escribía mensajes largos. Me hacía preguntas sugerentes. Parecía interesado en mi cabeza, en mi cuerpo y en esas conversaciones raras que se inician cuando una quiere parecer interesante y apasionada, pero sin espantar. Yo, por supuesto, ya me estaba haciendo pajas mentales de futuro, conocer a su familia, mudarnos juntos, escoger cortinas… mientras él solo estaba… cazando.

Yo interpreté esa atención como intención, cuando en realidad era el cazador haciendo lo suyo, enfocándose en la presa mientras está a la vista. No había plan, solo había instinto y muy buenos reflejos.

Voy a ser honesta, el susodicho no prometía nada, es verdad. Pero tampoco hacía falta. Yo solita me encargaba de llenar los silencios, aunque para eso tuviera que imaginar respuestas que nunca llegaron. Él reaparecía con intensidad, como serie de Netflix que te devoras en un fin de semana, y luego desaparecía sin aviso, como temporada cancelada sin explicación.

Volvía y se iba con la misma facilidad. Yo me quedaba pensando qué había hecho mal, repasando conversaciones como si yo me hubiera equivocado en algo. Spoiler alert: no había ninguna falta, solo jugábamos ligas distintas.

Años después entendí algo que nadie te explica cuando empiezas a amar y todavía crees que “el amor todo lo puede”. Hay hombres que ponen atención porque su cerebro se enciende con la novedad. Al fin y al cabo, es algo primitivo. El hombre es cazador, le guste a quien le guste y le pese a quien le pese. Pero también hay hombres que han madurado, y esos no solo ponen atención, sino que ponen intención, porque ya están pensando en el después… en el martes… en el súper… en la vida real.

No lo digo yo, lo dice la ciencia. La atención vive en la dopamina, esa sustancia maravillosa que se activa con la anticipación, la conquista, la cacería. La intención, en cambio, necesita oxitocina, corteza prefrontal y esa cosa poco sexy llamada planificación. El cazador responde al movimiento de la presa. El que quiere quedarse responde a la continuidad y a la estabilidad.

Yo no sabía eso, solo sabía que cuando él aparecía, yo me sentía viva, con la sangre a mil por hora recorriéndome las venas.

Y claro, ¿cómo no iba a confundirlo? Nadie nos dice que la adrenalina no es amor, que la ansiedad no es química, que el “no sé qué somos” no es misterio romántico, sino una bandera roja más grande que la del Zócalo de la Ciudad de México.

Aprendí, como todas, después de muchas decepciones. Invirtiendo tiempo donde no había plan. Acomodándome en agendas ajenas. Convenciéndome de que la intensidad era profundidad, cuando en realidad era solo cacería con muy buen marketing.

No lo culpo. Él estaba cazando. La que no sabía en qué jungla andaba era yo.

Con los años—y las decepciones bien digeridas, escuchando a Paquita la del Barrio—empecé a notar la diferencia. El hombre con intención no corre tan rápido. Es menos espectacular, menos performativo, más “aburrido”, sí, pero mucho más real. Está cuando no estás producida, cuando no hay glamour ni maquillaje, cuando estás en “tus días”. Se queda cuando no hay persecución. No te hace sentir elegida solo cuando te desea, sino cuando te integra a su vida sin esconderte como moto robada.

Eso no lo aprendí leyendo libros de autoayuda ni frases de Instagram. Lo aprendí cuando ya estaba hasta el moño. Lo aprendí cansándome. Cansándome de interpretar señales como si fueran jeroglíficos egipcios. De justificar ausencias con frases tipo “es que está en su proceso”. Cansándome de poner energía en vínculos que solo existían para satisfacer pasiones bajas, egos inquietos y domingos de soledad.

Hoy no escribo esto desde un lugar de superioridad moral ni de gurú iluminada. Lo escribo desde la cicatriz. Desde haber entendido—tarde, pero gracias a Dios a tiempo—que el amor real no se caza, se elige. Y la diferencia es abismal. No en lo que dice, sino en lo que construye contigo cuando no hay fuegos artificiales del sexo desenfrenado ni dopamina haciendo piruetas, sino cuando hay lunes, rutina, desacuerdos, días malos, vida. Y, aun así, se queda.

Si algo me hubiera gustado saber antes es que la atención seduce y nos hace perder la cabeza, pero la intención sostiene. Y no pasa nada si tardas en aprenderlo. Todas tardamos en dejar de ser pendejas. Lo importante es dejar de jugar al safari emocional cuando, en el fondo, lo que buscas no es adrenalina… sino hogar.

Imagen: depositphotos

Elsa Sanlara