

Tengo un miedo terrible:
Imagina esto. Vas al supermercado, eliges tu carrito, estás en el pasillo de las salsas buscando una ragú decente para la pasta que prepararás esa noche, cuando de pronto, con la fuerza de un trueno y como un latigazo al pecho, se te encoge el corazón como una uva deshidratada. Estás sufriendo un infarto. El cuerpo te abandona, caes al piso, te retuerces de dolor mirando las luces blancas del techo… y entonces, de golpe, los altavoces sueltan música chill out: una canción sacada de alguna playlist estéril, con máximo tres acordes, una melodía boba y una batería reciclada.
Imagina que lo último que escuchas sea algo así. Me muero de tristeza solo de pensarlo. Sería como morir atragantado por no masticar bien un takis. Nada contra los takis, pero si algún día me muero así, ojalá sea con un platillo que estime más: unas enchiladas de mole o un buen ramen.
No sé ustedes, pero he pensado muchísimo —no en la música de mi funeral, eso me chupa un huevo— sino en la música de mis últimos momentos. En la canción que me acompañará cuando cruce al más allá. Por ahora pienso que ’Round Midnight de Thelonious Monk sería buena opción, un poco dramática; o quizá el Concierto para piano en sol mayor de Ravel. Definitivamente tengo que irme con alguna de esas piezas. Sería una muerte digna, siempre y cuando pueda despedirme con un acorde de Monk o de Ravel.
Entonces sí, ¿qué me importa el más allá, si mi alma se disuelve con lo divino de esos sonidos?
Mucho se habla de consentimiento estos días, pero poco del consentimiento acústico. El silencio se ha vuelto un privilegio: un bien escaso —casi un lujo— que solo puede encontrarse en la intimidad y en soledad, dos presencias cada vez más difíciles de convocar.

Yo trato de cuidar muchísimo lo que consumo y casi siempre cargo mis audífonos de casco adonde voy, para elegir con cuidado lo que escucho. Me da ansiedad enfrentar el día sin sentirme protegido de lo que suena allá afuera. Es como vivir anestesiado: de la música del gimnasio a la del supermercado, la del restaurante o la del transporte público. ¿De verdad elegimos todo eso? ¿O simplemente se ha normalizado invadir los oídos ajenos, lo que en otras palabras implica invadir también la conciencia de las personas?
¿Cuándo instalaremos vagones de silencio en el metro? Tengo la sensación de que existe un miedo paralizante a escucharnos, a habitar la ausencia de esa musiquita obligada que evita confrontarnos con lo que suena dentro.
Sigo soñando con un lugar dedicado a escuchar como una decisión.
A saborear el sonido de una música consensuada.
Sigo soñando.

