Pretendía intitular estas confesiones como “gastronomía transgresora”, pero me pareció extremado el adjetivo; habría sido como elevar pecados veniales a la preocupante categoría de pecados capitales.

Aunque quizás las autoridades fitosanitarias de Estados Unidos no opinarían igual. Cada vez que viajo a ese país llevo unos chiles serranos frescos en la bolsa, para poder digerir sus insípidos desayunos. O recuerdo cuando, en el sexenio de López Portillo, mi trabajo me llevaba con mucha frecuencia a Washington, donde vivía mi cuñada Beatriz; cada periplo, sin falta, mi suegra le enviaba conmigo algún guiso fresco, no caldoso (como chiles rellenos de queso y de picadillo), en una caja hermosamente envuelta para regalo, con moño y listones; yo exageraba mi mal inglés y explicaba al aduanero que era cumpleaños de mi cuñada y no sabía qué le enviaba su mamá… Nunca me abrieron los lujosos itacates. Eran otras épocas… Además, tenía facha de gente decente…

Cuando hace unas tres décadas dio Madona un concierto en el Palacio de los Deportes de la CDMX, Luis Torregrosa y yo pasamos antes a las Tortas Hipocampo para abastecernos con dos por cabeza, para llevar. Como no se podían introducir alimentos y no queríamos arriesgarnos a cenar una bolsa de papitas, convencí a Luis de guardar las tortas donde los de seguridad no pudieran detectarlas al cachearnos en la entrada. Por fortuna no llevábamos calzones bikini, sino trusas.

También con Luis, alguna ocasión fuimos a las carreras de Fórmula Uno en el Autódromo Hermanos Rodríguez, donde es fácil insolarse y por ello permitían llevar refrescos en envase de plástico. Luis era muy ingenioso: de alguna manera, quitaba la tapa a una cocacola de tres litros sin romperle el cintillo; tomábamos lo necesario para vaciarle adentro un ron de a litro, y volvía a cerrarla con mucho cuidado. Además del ahorro, nos gustaban más las cubas que las cervezas.

Otras tortas presentaban diferente riesgo. Eran deliciosas las de queso de puerco y las vendían pasando la caseta de cobro, saliendo de la CDMX rumbo a Cuernavaca. Con la remodelación por el segundo piso que llega a la autopista, desapareció ese local. Compraba dos tortas y pedía, en otra bolsita, una buena dotación de rajas de jalapeño en vinagre, con abundantes zanahorias, que allí mismo preparaban, buenísimas. En el asiento del copiloto colocaba un periódico a manera de mantel, encima los chiles y las servilletas y emprendía el viaje a casa, con el volante en la mano izquierda y la torta en la derecha, alternándola con pizcas al sabroso encurtido picante. La primera torta llegaba hasta Parres y la segunda, cuando mucho, hasta los límites de la capital con el estado de Morelos.

Más inocente es lo que hago en los restoranes japoneses, a los cuales soy muy afecto. Me encanta comenzar con un sake bien caliente y cacahuates, obviamente, de los que llamamos japoneses, pero en los restoranes no hay. Yo llevo los míos en la bolsa (no de cualquier marca, la mayoría son pésimos; solo hay una buena, con nombre casi igual al de nuestro pintor mexiquense Luis Nishizawa). Como soy un buen cliente (comelón), una vez ordenada la comida, no me llaman la atención.

Cuando yo era joven, nadie andaba por las calles con una botella de agua, pero desde hace unos 20 años ya se ha vuelto costumbre. Es algo así como una carta de presentación: “soy sano, soy deportista, soy moderno”, aunque no estoy sugiriendo que los hidroadictos lo sean por pose. Es una moda saludable que llegó para quedarse. Bienvenida. No hay nada más discreto que una botella de agua (tirado el líquido a una maceta) rellenada con vodka o ginebra. En cualquier esquina se compra un refresco bien frío de toronja y ya tenemos lo necesario para un delicioso coctel callejero, ideal cuando se anda de viaje. Ante semejantes botellas de agua, las anforitas petaqueras son prediluvianas… (aunque tengo la mía, para ciertos casos).

En esta época de alimentos orgánicos, artesanales, “verdes”, veganos y demás (todos muy recomendables), cuyos fans pueden llegar a ser fundamentalistas intransigentes, echar una cana al aire puede ser motivo de linchamiento. Por eso, las inusuales ocasiones en que se me antoja una hamburguesa, o las menos raras en que apetezco un pollo frito con la receta secreta de un militar gringo, o las muy frecuentes en que me deleito con hot dogs de mi receta, lo hago en casa, para no ser objeto del escarnio público. Todos tenemos secretos. El mío es que me encantan los hot dogs.

Así como el taco nace (de seguro en tiempos prehispánicos) del mero hecho de enrollar una tortilla con algún alimento adentro, así debe haber sucedido con los hot dogs en Europa, con solo meter una salchicha en un pan alargado. No obstante, el emblemático Nathan’s, en Coney Island, Nueva York, presume de haber inventado los hot dogs en 1916; quizá inventó el nombre. Por cierto, que, en plena guerra entre Rusia y Ucrania, en este último país operan en 27 gasolinerías Socar sendos locales de Nathan’s y el más antiguo, en Kiev, ostenta en su exterior una gran estatua vertical de un hot dog con la bandera ucraniana en la mano izquierda y la estadunidense en la derecha.

En Hermosillo son famosos los carritos de hot dogs afuera de la Universidad, hechos en medias noches de panadería, no de fábrica. Además de los aderezos usuales (mostaza, mayonesa, cátsup, cebolla, jitomate), lo notable es la gran cantidad de salsas de botella que tienen para escoger, de marcas de todo el país.

Nathan’s Famous. Foto: Ajay Suresh from New York, NY, USA – NathansHotDog-3, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=79589667

José Iturriaga de la Fuente