Pregúntales a diez personas qué significa ser liberal y obtendrás once respuestas contradictorias. Para algunos, es defender el matrimonio igualitario; para otros, es creer en el libre mercado. En Estados Unidos, “liberal” es casi sinónimo de izquierda progresista. En Europa, describe a quienes quieren menos impuestos. En México, invocamos a Juárez como símbolo liberal.

Aquí está la verdad incómoda: todos somos liberales en Occidente. Todos. Si crees en la democracia electoral, Si crees en derechos individuales protegidos constitucionalmente, Si piensas que el debate abierto es preferible a la imposición autoritaria, estás operando dentro del marco liberal. Incluso los socialdemócratas más radicales de Europa trabajan dentro de instituciones liberales. No existe una “izquierda” real en Occidente lo que llamamos izquierda es socialdemocracia, que es simplemente capitalismo con mejores prestaciones. Bernie Sanders no quiere abolir la propiedad privada; quiere que pagues menos por insulina, AMLO no prometió redistribuir la riqueza, solo prometió sacar a la “mafia del poder” lo que ni están diferente a Trump diciendo “drain the swamp”

Y está bien que así seamos, creo que eso liberalismo es un proyecto valioso pero que se ha corroído y necesita una reestructuración desesperadamente. El liberalismo nació como una idea simple: limitar el poder arbitrario para que puedas vivir tu vida sin que alguien interfiera. Locke no escribió sobre identidad; escribió sobre cómo evitar que un rey te quite la propiedad sin justificación. Mill defendió la libertad de expresión porque creía que solo mediante el debate abierto podíamos acercarnos a la verdad. Los liberales clásicos construyeron sistemas: separación de poderes, derechos individuales, prensa libre, sistemas diseñados para proteger al débil del fuerte.

Pero en algún punto, la política liberal dejó de preguntarse “¿cómo organizamos el poder para que nadie lo concentre?” y empezó a preguntarse “¿quién tiene derecho a hablar sobre qué?”

No estoy diciendo que las luchas identitarias sean irrelevantes. Claro que importa si una persona trans puede acceder a tratamiento médico. Claro que importa si una mujer puede decidir sobre su propio cuerpo. Pero cuando escuchas a políticos liberales hoy, rara vez hablan de instituciones o poder real. Hablan de representación. Celebran cuando una corporación pone una bandera del orgullo en junio o dicen “llegamos todas”. Pero las personas lgbt siguen sin tener protecciones efectivas contra la discriminación, las mujeres siguen enfrentando problemas sistémicos diariamente.

Tener un CEO negro no cambia que la compañía explota trabajadores. Tener una presidenta mujer no significa que las madres solteras tengan guarderías accesibles. La identidad se ha convertido en una distracción de preguntas más incomodas.

El liberalismo prometió que el Estado te protegería del poder arbitrario para que pudieras vivir tu vida. Pero libertad sin las condiciones materiales para ejercerla no es libertad, es demagogia. No eres libre si tienes que elegir entre pagar renta o comer. No eres igual si tu código postal determina si sobrevives un cáncer. Y cuando la política liberal se enfoca exclusivamente en quién puede decir qué, en lugar de quién tiene acceso a qué, traiciona sus propias promesas.

La ironía es que los conservadores lo entienden. Trump no ganó porque convenció a millones de odiar a las personas trans. Ganó porque les dijo que iba a solucionar sus problemas económicos. Mientras los liberales discutían pronombres, la derecha prometía empleos. Mientras los progresistas cancelaban gente en Twitter, los reaccionarios construían narrativas sobre quién era culpable de tu precariedad.

El liberalismo debería significar: el Estado te protege del abuso de poder, y luego te deja en paz. Tienes casa, salud, educación—las bases para vivir dignamente—y después haces lo que quieras con tu vida. Pero hemos olvidado la primera parte. Nos enfocamos tanto en que nadie te ofenda que olvidamos preguntarnos si puedes pagar la renta.

Si queremos detener el crecimiento de la ultraderecha, necesitamos una política que combine la defensa de minorías con la transformación material de sus vidas. No es suficiente decir “las personas trans merecen derechos.” Hay que preguntarse: ¿cómo aseguramos que también tengan vivienda, salud y trabajo digno? Porque sin eso, los derechos son solo palabras en papel.

Gabriel Humberto Hernández-Bringas Ortiz