Todos los martes visito el mismo local, más o menos a la misma hora. Ella sabe perfectamente lo que ordeno; incluso no tendría por qué acercarse a la mesa, pero lo hace por cortesía, sólo para preguntar:

—¿Lo de siempre?

Yo asiento con la cabeza y dibujo una sonrisa a medio hacer, sin decir una palabra. La orden es un alambre- sabores -que comparto con mi padre; para beber, él pide un Boing de mango y yo una Coca-Cola de vidrio. Hay algo en el sabor del vidrio que vuelve más fresca esa bomba negra de azúcar.

—No es de por aquí —dice mi papá.

—Ya sé —le contesto—. ¿Quizá venezolana?

Parece que ella intenta ocultar un poco su idioma; apenas reparte las frases necesarias para tomar la orden. Llevamos meses visitando el local y ni siquiera sé su nombre. Ayer, al repartirnos la cuenta, me dio por preguntarle:

—¿Y cómo te llamas?

—Ah, tengo un nombre raro —me dice. Ríe un poco antes de soltarlo—. Es Alisney.

—¿Alisney? —repito torpemente.

—Sí, sí —me dice—. Yo no conozco ni un alma que se llame así, ni aquí ni en mi país.

Al compartir eso, me siento con derecho a preguntarle:

—¿Y de dónde es tu país?

—Cuba —me dice, pero en voz baja, como si quisiera ocultarlo un poco.

Eso me saca de mí. Luego continúa: ese nombre me lo puso mi mamá porque le gustaban mucho las pocas películas de Disney que alcanzó a ver en su vida. Las repetía una y otra vez. Por eso el ney: Dis-ney. Y así quedó, Alisney.

—Es un nombre hermoso, Alis. ¿Puedo llamarte así?

—Sí, así me llaman muchos.

Salgo del local y la observo sin decir nada. Busco algunas frases en mi palabrero y escribo: ¿Cómo llegó aquí? Debe de extrañar muchísimo a su mamá. A su país. ¿Cuál sería la película favorita de esa mujer que inventó su nombre?

Dejo a mi padre en casa y conduzco hacia la noche oscura, repitiendo ese nombre. Alisney, Alisney. Lo repito hasta quedarme dormido, mientras me desvanezco entre las sábanas y el mundo se apaga poco a poco. Al rato, un ruido en la puerta me despierta: un rasguño. Salgo, sonámbulo, a ver qué pasa. Es la gata negra que me visita de vez en cuando.

Le abro. Se sube al sillón. Acaricio su costado hasta que nos quedamos dormidos ahí mismo, porque su ronroneo es el canto más hermoso que conozco.

Quiero que ella vuelva un año, dos, diez más. Quiero que los martes no se acaben, que mi papá siga sentado frente a mí, que Alisney vuelva a ver a su madre, que mis piernas aguanten todavía algunas carreras. Que la vida sea así de pequeña y, al mismo tiempo, inmensa.

Todo lo demás no lo quiero.

Andrés Uribe Carvajal