

Hay viajes que uno guarda en un álbum lleno de fotos, y otros que se quedan tatuados en el paladar. Como aquella paella con socarrat devorada bajo el sol de Valencia, un panzerotto callejero en Milán que te obliga a lamerte los dedos, o un bunny chow en Sudáfrica que parecía invento de un borracho muerto de hambre a las tres de la mañana. También están los viajes que se recuerdan por un amor de verano condenado a expirar desde el primer beso, y los que sobreviven en paisajes tan perfectos que parecen postales robadas de un catálogo de agencia de viajes. Pero existe un recuerdo que no cabe en la maleta, que no lleva sello en la aduana y que jamás encontrarás en la tienda del duty free. Son las palabras.
Un “thank you” tartamudeado, un “j’adore” mal pronunciado, un “vaffanculo” acompañado de gesto operístico. Palabras que funcionan como contraseñas. Que abren puertas, arrancan carcajadas, te dejan mentarle la madre a alguien en otro idioma. Y, sobre todo, que te hacen sentir un poco menos extranjero.
Porque la lengua, más que un simple medio de comunicación es el souvenir invisible de cada viaje. Un regalo que viaja contigo y que, a diferencia de las camisetas con frases ridículas o las botellas de vino envueltas en calcetines, no se rompe, no se pierde, no caduca.
Lo pienso ahora, en tiempos en que la tecnología lo traduce todo. Los nuevos AirPods de Apple ya presumen que pueden reducir la voz del otro y traducirla en tiempo real. Cada semana aparece una app que convierte tu móvil en políglota exprés. Hoy puedes aterrizar en Corea sin aprender ni un triste annyeonghaseyo. Basta un clic.
Y sin embargo, algo se está perdiendo. Porque antes —cuando no existía la inteligencia artificial, ni Google Translate, ni estos gadgets que parecen sacados de Matrix— lo que te salvaba no era un intérprete digital, sino tu pronunciación temblorosa y la paciencia de un desconocido que intentaba descifrar tu inglés de Tepito.
Lo comprobé la primera vez que viajé a Francia.

Meses antes había vivido en un monasterio. Sí, un monasterio. Algún día contaré esa historia, pero baste decir que mi vida ahí era tan austera como una celda de Alcatraz. En mi habitación había dos camas duras como tablas de penitencia, un armario raquítico, paredes con olor a humedad y la certeza de estar atrapada en una novela de Umberto Eco… pero sin misterio ni biblioteca prohibida.
Me levantaba muy temprano, rezábamos el rosario, iba a mis clases y, al volver, enseñaba taekwondo a los niños de la comunidad. Por las tardes ayudaba a las monjas, con las labores de la cocina… pelar papas, poner la mesa, recoger platos. Cenábamos en silencio y después, cada una desaparecía en su celda como si fuera una coreografía ensayada durante siglos. El silencio era tan espeso que hasta mi respiración sonaba como una blasfemia.
Lo único que me mantenía cuerda era un pequeño kit de supervivencia que consistía en unos CD’s para aprender francés. Pasé semanas repitiendo diálogos absurdos en mi celda húmeda, como si estuviera ensayando una obra de teatro que jamás tendría público. En mi cabeza sonaba un acordeón musette y yo me veía en París, con una boina invisible y un vocabulario de apenas diez palabras, convencida de que estaba lista para conquistar la ciudad
No era la única con ilusa. Una amiga del grupo llevaba años estudiando francés y se había autoproclamado la traductora oficial. Así que, apenas llegamos, nos lanzamos a recorrer París convencidas de que lo sabíamos todo… cuando en realidad no sabíamos nada. Éramos unas pueblerinas estrenando mundo. París era un laberinto de calles idénticas y estaciones con nombres imposibles de pronunciar. No había GPS. No existía Google Maps. Solo un mapa de papel que se deshacía con la lluvia y que desplegarlo era como intentar doblar solo una sábana king size con una sola mano, misión imposible.
La Ciudad de la Luz se nos volvió oscura. Terminamos en un barrio que ningún turista buscaba, donde las farolas apenas alumbraban y los callejones parecían decorados de una película en la que nadie sobrevive al segundo acto. Caminábamos en círculos, atrapados en un mapa que se repetía como un mal sueño. Fue ahí, en medio de esa escenografía sombría, donde nuestro francés rudimentario tuvo que salir a escena.
—Excusez-moi, monsieur, où est l’auberge de jeunesse? —preguntaba mi amiga arrastrando las palabras como piedras.
Algunos nos miraban con fastidio, otros se reían y unos pocos —los héroes anónimos de la noche— intentaban ayudarnos con gestos, como si estuviéramos en un concurso de mímica.
En una esquina apareció un coche con dos hombres que se ofrecieron a llevarnos. Quizás eran buenos tipos, quizás no, pero el simple hecho de que cinco chicas de entre diecisiete y veinte años estuviéramos perdidas en un barrio desconocido convertía la oferta en una amenaza disfrazada de cortesía. La idea de subir a un coche de extraños nos heló la sangre. No hizo falta discutirlo, nuestro el lenguaje corporal habló más fuerte que cualquier diccionario.
Seguimos caminando rápido, hasta que los barrios empezaron a dormirse y ya casi no había peatones. El miedo, descubrí, también es un idioma universal.
Al final, gracias a una señora que entendió el francés no fluido de mi amiga y los gestos desesperados de cinco chicas mexicanas, logramos volver. Nunca un “merci, merci” sonó tan sincero.
Hoy recuerdo aquella noche con ternura. El esfuerzo de pronunciar mal, la risa nerviosa, el miedo y la torpeza de cada frase. Si hubiéramos tenido un traductor en el oído, la anécdota se habría borrado. Y lo que uno guarda de los viajes no son las rutas correctas, sino las historias que se cuentan veinte años después en la sobremesa.
Aprender un idioma no es solo comunicar. Es aceptar la fricción del mundo. Es humillarte un poco, reírte de tu propio acento, pedir ayuda. Y en ese proceso nacen conexiones que ningún algoritmo puede programar.
Cuando escucho “merci, merci” me transporto a ese barrio oscuro de París, al monasterio de camas duras, al mapa que se deshacía en mis manos. Esa palabra es mi souvenir invisible. No la compré, no la traje en la maleta, pero me pertenece más que cualquier imán de refrigerador.
Quizá pronto ya no tengamos que aprender ni una sola palabra extranjera. Todo será traducido en tiempo real. Y sin embargo, me resisto. Porque cuando se pierde la necesidad de decir “grazie”, “danke” o “arigato”, se pierde también la posibilidad de equivocarse, de reírse de uno mismo, de ser humano frente a otro humano.
Viajar sin probar el idioma es como los besos con tapabocas del Covid, son técnicamente posibles, sí, pero con la misma pasión que un trámite bancario.
Cada viaje me ha regalado un puñado de palabras torcidas que atesoro como joyas. Y sospecho que la globalización, la inmediatez tecnológica y los traductores automáticos nos están robando el derecho al error. Y yo, que sigo aprendiendo a tropiezos a hablar en otros idiomas, creo que ese derecho a equivocarse y aun así ser entendido debería ser declarado patrimonio cultural de la humanidad.
Porque comunicarte mal en un idioma que no es tu lengua materna no te convierte en un fracasado; es la prueba de que intentaste cruzar un puente invisible hacia otro mundo. Y ese puente, como todo buen viaje, no cabe en la maleta, pero te acompaña para siempre.

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