Mi problema no es que se acabe el año. Eso pasa todos los años; ya estoy acostumbrada. Mi problema es ese momento exacto en el que guardo las luces de Navidad y me quedo sola con una caja llena de focos enredados, cables que no sé de dónde salen y la sensación incómoda de que mi vida está más o menos igual de revuelta que esos adornos.

Ahí es donde me agarra el “juicio final anual”. No con trompetas ni voces del cielo. Me agarra con frío en los pies, desprevenida, y con un aire ártico metiéndose por debajo de la puerta.

Me gustaría decir que este año fue distinto. Que no me puse intensa, que no hice balance, pero no, siempre me pasa. Llega diciembre y algo en mí necesita revisar el año, aunque sepa que no voy a salir muy bien parada. Me siento en el escritorio, abro la libreta donde en enero escribí mis propósitos—con una fe que hoy me da ternura y un poco de vergüenza—y empiezo a leer.

Moverme más.

Leer más.

Dormir mejor.

Preocuparme menos.

Bajar de peso.

Ahorrar el 10% de mi salario

Leo eso y ya sé cómo termina la historia. Algunas cosas sí pasaron, a base de empujarme, organizarme y poner alarmas. Otras se murieron rápido. Y otras… honestamente no sé ni por qué carajos las escribí. Ahí siguen, junto con la membresía de yoga que pago sin usar y esa versión mía que cada enero cree que ahora sí va a poder con todo.

Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que nadie me hace, pero que vive sin pagar renta en mi cabeza cada diciembre.

—Bueno, alma de Dios… ¿y qué hiciste con este año?

Empiezo a responder en mi cabeza con los mismos argumentos de siempre, que si fue un año raro, que si estuvo pesado, que si me enfermé, que si hice lo que pude, que si Mercurio retrógrado, que si a Chuchita la bolsearon… cualquier cosa que sirva para justificar que llegué hasta aquí sin cumplir todos y cada uno de mis objetivos.

Y cuando ya me estoy convenciendo de que soy un caso perdido, me acuerdo casi siempre de los egipcios.

No porque sea experta en egiptología ni porque me fascinen los documentales del History Channel. Me acuerdo por una historia muy simple que escuché alguna vez y que nunca se me fue de la cabeza.

Los egipcios creían que, al morir, no te hacían preguntas en un juicio final, simplemente te pesaban. Eso es todo.

Ponían tu corazón en una balanza. De un lado, el corazón. Del otro, una pluma. Y si tu corazón pesaba demasiado, no pasabas. No porque fueras malo, sino porque habías vivido cargando cosas que no te tocaban.

Esto siempre me hace reír un poco, porque si hay algo que ha sido mi talón de Aquiles en la vida son las básculas. Las odio. Siempre me pesan, el doctor, en el gimnasio, en la farmacia. Parece que el universo insiste en pesarme en todos los planos posibles. Así que sí, ni viva ni muerta me voy a salvar de una puñetera bascula.

Pero los egipcios no hablaban de kilos. Hablaban del peso en tu corazón, del peso por las mentiras que dijiste, por los silencios que alargaste de más, por las ayudas que no diste porque estabas cansada y de las verdades que no dijiste a tiempo.

Pensar en eso me incomoda, porque si hoy pusieran mi corazón en una balanza no sé qué pasaría. No creo que se desplome, pero tampoco flotaría. Seguro se queda ahí, temblando, titubeando, como cuando hiciste lo que pudiste, pero sabes que no siempre fue lo que querías.

Este año ayudé, sí. Pero muchas veces ayudé cansada, sin ganas, esperando que nadie me pidiera nada después. Y eso pesa, aunque no salga en ningún resumen bonito de fin de año.

También fui feliz. No a lo grande. No como en las películas ni como todo el mundo publica en Instagram. Fui feliz en cosas pequeñas, con un café bien hecho, con la sonrisa de alguien a quien quiero, con un mensaje que llegó justo cuando ya estaba a punto de mandarlo todo al carajo. No los anoté. No los subí a mis historias. Pero sin eso, mi año sería un verdadero fracaso.

Dicen que 2025 es un año para cerrar ciclos. No para planear como locos. Y tal vez por eso este juicio interno se siente más fuerte. Porque hay años que no vienen a empujarnos hacia adelante, sino a pedirnos que soltemos, que dejemos algo en el camino.

Tal vez el ritual de este fin de año no sea escribir propósitos nuevos, sino mirar lo que cargué de más y soltarlo.

Porque al final—si los egipcios tenían razón—nadie nos va preguntar cuando nos toque partir cuántas metas cumplimos.

Nos van a pesar el corazón para ver si vivimos en verdad, si no pasamos por la vida con el alma endurecida y si nuestro paso por el mundo alivió un poco a alguien más.

Y con suerte, todavía estamos a tiempo de aligerar un poco el corazón antes de que termine el año.

Feliz 2026

Elsa Sanlara