El tren de medianoche 

Los monstruos han existido siempre. Lo verdaderamente inquietante es que ahora los miramos… y no sentimos nada. 

Yo crecí frente a una estación de tren. No es metáfora, es un dato geográfico. Desde la ventana de la sala veía las vías y, durante años, el ritmo de mi casa estuvo marcado por el vaivén de esa vida nómada y ruidosa. El tren cruzaba a mediodía y a medianoche. A mediodía era casi decorativo, un sonido más entre conversaciones, televisión encendida y platos chocando en la cocina. Pero a medianoche era otra cosa. 

Cuando el barrio se quedaba en silencio, el tren era lo más parecido a un terremoto. Primero el pitido largo, casi apocalíptico. Después el traqueteo metálico que hacía vibrar los cristales. Yo me despertaba siempre. Contaba los vagones en mi mente e imaginaba que uno descarrilaría frente a mi casa, que la primera habitación en caer sería la de mis padres y luego la mía. Sí, siempre he tenido una mente un poco catastrófica, un rococó mental entrenado para anticipar la tragedia. 

No recuerdo cuándo dejé de despertarme. El tren siguió pasando con la misma violencia, y mi cuerpo, gracias a Dios, decidió que no valía la pena reaccionar. 

Me acostumbré. 

He pensado mucho en ese tren estos días. Llevo casi una semana sin abrir una sola noticia sobre el caso de Jeffrey Epstein. No porque no me importe. Me importa hasta la náusea. Me importa constatar que, para ciertas élites, no somos ciudadanos sino carne útil, fichas reemplazables al servicio de apetitos enfermos que ni se molestan en fingir humanidad. 

Lo perturbador no es solo lo que hicieron. Es la sensación de que el sistema que lo permitió sigue intacto, mientras el resto intentamos entender qué se supone que debemos hacer y sentir. 

La semana pasada me descubrí leyendo detalles que deberían helarme la sangre mientras mi café se enfriaba sobre la mesa. Terminé el artículo, cerré la pestaña, me bebí el café y me fui a mi oficina tarareando “ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval”, como si nada. 

Y entonces reaccioné. Esa impavidez —esa habilidad de pasar de lo atroz a lo cotidiano sin que se me encogiera el pecho— me dio más miedo que imaginar al mismísimo Epstein sentado frente a mí comiendo carne humana. 

Fue como volver a aquella habitación de infancia y darme cuenta de que el tren seguía pasando, solo que ahora ya no me despertaba. El horror seguía siendo horror. Lo que estaba cambiando era mi reacción. 

Por eso decidí apartarme un poco del ruido. No del mundo. Del ruido. Me refugié en libros que exigen atención y no reacción automática. Y volví a Anthony de Mello, el jesuita que repetía que el gran problema del ser humano no es el pecado, sino la inconsciencia. Que el dolor no proviene solo de lo que ocurre, sino de no estar despiertos ante lo que ocurre. 

Contaba la historia de un náufrago en medio del océano. Decía que el náufrago es más grande que el mar. No porque tenga más fuerza —no la tiene— sino porque sabe que puede morir. Sabe que el mar lo puede matar. 

El mar, en cambio, no sabe nada. Arrastra, hunde, devora y sigue su curso. 

La conciencia no salva al náufrago. Pero lo mantiene despierto. Lo obliga a mirar de frente el peligro. 

Desde que releí esa historia me pregunto si no estaremos renunciando a esa conciencia por puro cansancio. 

Vivimos en una época en la que todo estalla al mismo tiempo. Escándalos, guerras, desapariciones, feminicidios, cacerías humanas, corrupción. Y nosotros repetimos la secuencia como robots programados. Leemos la noticia, nos indignamos, compartimos el hashtag, discutimos en redes como si defendiéramos el honor familiar. Al día siguiente otra tragedia ocupa el lugar de la anterior. 

Sabemos mucho, pero procesamos poco. No porque seamos insensibles o imbéciles, sino porque estamos saturados. La velocidad de la información nos gobierna. Lo que hoy nos sacude mañana queda enterrado bajo otra tragedia. Y así el horror empieza a sonar como el tren a medianoche.  

Por eso empiezo a pensar que la verdadera batalla de nuestro tiempo no es solo por el saber, sino por la conciencia. El riesgo no es que nos manipulen; es que dejemos de darnos cuenta y sobre todo de sentir. Porque cuando dejamos de sentir, dejamos de responder. Y una persona que no siente, que no se enfada ni reacciona, es fácil de controlar. No hace falta censurarla; basta con mantenerla entretenida y agotada. Los gobiernos ya no temen a los ciudadanos informados, temen a los que todavía sienten. Porque quien no siente no protesta.  

No se trata de cerrar los ojos ante la información, sino de decidir cuándo abrirlos y para qué. La conciencia también necesita descanso. Si no filtramos, el algoritmo lo hará por nosotros, y no tendrá reparos en atascarnos de horror hasta que ya no sepamos cómo reaccionar. 

El mar no sabe que mata. El algoritmo si, está programado para ello. 

Y es nuestra responsabilidad mantenernos conscientes, porque la indiferencia protege a quienes hieren. Y mientras no olvidemos eso, mientras no dejemos que el tren del horror atraviese la noche sin que al menos una parte de nosotros abra los ojos, seguimos siendo más grandes que el mar. No por fuerza. Por conciencia. 

Imagen cortesía de la autora 
Elsa Sanlara