Comenzar por el principio 

Algo más sobre la esencia de la educación: la lectura y la escritura 

Una cosa es poder trazar las letras de una que otra palabra en nuestra lengua, e incluso poder balbucearla, como puede sucedernos con otros sistemas de escritura, como el griego o el chino. Otra muy distinta y mucho más útil y avanzada, pues requiere dominar la anterior, es ser un lector que entiende lo que lee y es capaz de escribir. 

 Un lector hace lecturas utilitarias todos los días, pero, además de eso, un lector dedica todos los días de su vida un espacio de su tiempo a leer por el mero gusto de hacerlo. Leer es —debería ser— una manera de vivir. 

Hay otras diferencias que ahora no examinaré.  

Voy a detenerme sólo en una, que me parece la más importante de todas: mientras leemos por razones meramente utilitarias podemos mantener el umbral de comprensión en niveles relativa o escandalosamente bajos. Cuando leemos por placer —o por interés, que es una de las formas del placer—, esforzarse por entender se vuelve imprescindible. Un lector aprende pronto, muy pronto, aunque no lo verbalice, que cuando no podemos entender, en realidad no estamos leyendo. En otras palabras, que sin comprensión no hay lectura. 

Leer consiste en empeñarse en construir la comprensión de un texto. Y ese esfuerzo desarrolla habilidades —o destrezas, o capacidades, o saberes, o competencias, como ustedes quieran llamarlas— que permiten armar redes de conocimiento, integrar las emociones y las experiencias, y practicar tres clases de pensamiento que son fundamentales para cualquiera, pero más aún —yo diría— para una maestra, un maestro, que de manera natural todos los días y aunque no se lo propongan, contagian a sus alumnos de comportamientos, entusiasmos y actitudes: 1) el pensamiento abstracto, que nos permite manejar ideas; 2) el pensamiento utópico, que nos permite imaginar lo que aún no existe, y 3) el pensamiento crítico, que nos permite poner en tela de juicio las conclusiones a que llegan los demás y las que obtenemos nosotros mismos. 

Algo que dificulta el alcanzar estas estas metas es la manera en que se han presentado las reformas a nuestros sistemas educativos, que ciertamente se han multiplicado.  

Nuestras reformas educativas son recursos que cada administración ha empleado para hacerse del poder, y se producen como golpes de Estado. En las tres últimas décadas cada nueva reforma educativa ha sido implantada antes de que las y los profesores hayan conseguido asimilar la anterior, con lo cual está garantizado el desconcierto de los docentes, que muchas veces acaban por volver a los métodos, los modos y las estrategias tradicionales, los cuales conocen bien y les permiten obtener de sus sistemas y sus alumnos los resultados que esperan. 

Aun en los casos en que estas reformas tienen una sustentación teórica sólida, nunca ha sido posible encontrar el tiempo necesario para consensuarlas y justificarlas de manera convincente, ni para capacitar en su aplicación a los profesores, que por lo regular se encuentran en una clara desventaja académica y de poder frente a los expertos que las diseñan. 

Menciono un solo caso, que corresponde a la asignatura de Español. Aun en la actualidad, para muchos profesores el planteamiento de que «la lectura no es un proceso únicamente visual», premisa del programa de 1993, basado en el «enfoque comunicativo», es una idea novedosa y sorprendente. 

Casi tres décadas después de su incorporación al programa, muchos docentes no han llegado a apropiarse del concepto de que, en el proceso de comprender un texto, el lector trabaja a partir de sus conocimientos y sus experiencias; es decir, de lo que sabe, de lo que sabe hacer y de su experiencia —es decir, de la información no visual con que cuenta. 

Para el público y, lo que es más grave, para los propios docentes, la parte más visible de las reformas consiste en cambios de nomenclatura no muy claros: las habilidades pasan apresuradamente a ser destrezas o capacidades o competencias. Como parte de estas reformas, para continuar con el caso del Español, la Gramática ha desaparecido como asignatura, la memoria es una facultad proscrita, y han sido retirados los libros de texto gratuitos de lectura: el único texto que permitía al maestro trabajar con el grupo completo, pues era el único que tenían todos los alumnos; con los libros de las casi extintas biblioteca de aula no hay manera de hacer una lectura colectiva.  

Nada puede justificar esta medida, y llama la atención que no haya sido duramente criticada. 

Aunque muchos profesores hacen su mejor esfuerzo por entender y adoptar la reforma en marcha, la mayoría está a la espera de que se anuncie la siguiente. Viven con el temor de que ésta termine por ser tan peregrina e intrascendente como parecen haberlo sido las anteriores. La aceptan con clara resignación, como la imposición que es. 

Un factor que explica la improvisación y el apresuramiento con que se han sucedido las reformas es que están gobernadas por las razones y los tiempos políticos y no por las razones y los tiempos que haría falta respetar desde un punto de vista académico. 

Felipe Garrido