Me niego a seguir esperando



Existen lugares donde la ciudad entera parece conspirar para que te olvides de quién eres, y a mí eso me pasa cada invierno. No es el frío ártico del noreste americano donde vivo, ni la nieve que cae sin descanso, ni siquiera la oscuridad que llega puntual a las tres de la tarde y te deja con la sensación de haber vivido un día incompleto. Es ese uniforme colectivo que terminamos adoptando cada año, con las chaquetas negras acolchadas, los gorros con pelito y las plumas de North Face que te envuelven como si fueras un saco de dormir con piernas.

Cada diciembre, cuando abro el clóset y saco los abrigos gordos, siento que al subir la cremallera también levanto un muro entre la persona que soy y la que el invierno pretende que sea. Y acepto ese disfraz porque el clima manda, aunque mi identidad quasi-fashionista siga protestando en silencio.

Esta semana estuve trabajando en Boston y, como siempre me ocurre cuando viajo por trabajo, la rutina se me deshace entre los dedos porque duermo poco, como tarde y llevo ropa que nunca termina de responder al clima. Aun con las ganas enormes de volver a mi casa, decidí quedarme un día más. Sentí que necesitaba desconectar de estas últimas semanas extenuantes y hacer algo que me regresara a mí misma, aunque fuera solo por un rato. Pensé que quizá unas compras navideñas podrían funcionar como ese pequeño ritual que te recuerda que sigues teniendo una vida propia más allá de los proyectos y las reuniones interminables.

El sábado amaneció helado. Caminé hacia unas tiendas en busca de regalos, sintiendo el frío especialmente en las rodillas porque mi chaqueta apenas me cubría las caderas. Fue entonces, justo antes de entrar en una tienda departamental, cuando lo vi.

Un abrigo.

Pero no uno cualquiera. Era largo, teatral, muy Cruella de Vil, con piel de zorro ártico que parecía salida de un invierno siberiano. De esos que solo llevan las protagonistas de películas que fuman en terrazas parisinas y tienen amantes italianos. Estaba sobre un maniquí espirifláutico, perfecto, sin panza ni caderas ni señales de vida real. Y pensé lo que pensamos tantas mujeres con cuerpos reales: “qué bonito, pero seguro no lo hacen en mi talla”.

Entré hablándole a mi niña interior, pidiéndole que no se ilusionara. Desde pequeña aprendí a mirar ropa para otros cuerpos, no para el mío. Aun así, el destino —o la vanidad o la simple necesidad de no darme por vencida— me llevó hasta el fondo de la tienda, donde una luz cálida iluminaba un estante. Y ahí estaba de nuevo…el abrigo, ya sin maniquí, como si me estuviera esperando. Encontré una talla XL generosa, no esas XL de ZARA diseñadas para maniquíes con anemia. Me lo probé con el corazón acelerado, esperando lo peor, pero ocurrió lo contrario. Cayó sobre mis hombros como si hubiera sido hecho para mí. No solo cerró, también me abrazó. Abrazó a mi niña interior, esa que lloró frente a espejos de probadores mientras intentaba esconder la panza para ver si la prenda cerraba.

Y entonces vi el precio y me asusté. Lo colgué. Me fui. Volví. Lo toqué. Lo dejé. Volví otra vez. Entré en ese baile ridículo entre la razón y el deseo que todos conocemos. Y en un momento de rendición pensé que sería mi regalo de Navidad, que lo envolvería con cuidado, lo pondría bajo el árbol y lo usaría solo en ocasiones especiales.

La dependienta me llevó a la caja y entonces empezó la épica.

El abrigo era demasiado grande para las bolsas o quizá las bolsas demasiado pequeñas para el abrigo. La chica intentó una, luego otra y después una más, pero nada funcionaba. Mientras ella luchaba con las bolsas, recordé a un venezolano que conocí hace años. Él estrenaba la ropa ahí mismo, en la tienda. Zapatos, camisas, lo que fuera. Decía que no iba a arriesgarse a morir al salir de la tienda, atropellado por un auto, sin haber usado lo que compraba y, en ese entonces, me pareció lo más hortera del mundo. El sábado pasado lo entendí.

Me quité la chaqueta negra acolchada, la de zombie invernal, y le dije a la dependienta que me lo iba a llevar puesto.

Porque por qué demonios esperamos. Por qué guardamos lo bonito para ocasiones especiales. Por qué creemos que siempre habrá un después.

Salí de la tienda con el abrigo puesto, no porque fuera “naca”, aunque quizá un poco sí, sino porque ese día entendí que casi nunca me atrevo a vivir cada día como si fuera especial. Lo digo, lo predico, lo escribo… pero muchas veces no vivo en el presente. Espero. Todo el tiempo espero. Y si algo sé es que la vida no espera.

En cuanto salí a la calle supe que había sido la mejor decisión. Caminaba sin frío y, por primera vez en días, mis rodillas se sentían arropadas. El abrigo no es discreto y la gente me miraba con esa curiosidad reservada para quienes rompen el molde. Cuando empezaba a sentirme espectacular, un niño que caminaba con su madre volteó, me vio y puso cara de horror. Entre las botas con tacón y el abrigo gigantesco, parecía yo un Chewbacca versión latina.

Me reí, porque sí, el abrigo es un capricho, aunque para mí ha sido un recordatorio. Una lección que la vida me dejó entre líneas. Me recordó que hay cosas que no esperan, que hay inviernos que exigen que nos reinventemos, que nos renombremos, que dejemos de guardar la vajilla bonita para después y entendamos, de una vez por todas, que hoy es esa ocasión especial.

Nada es casual.

A veces te compras un abrigo, pero lo que en realidad estrenas es la parte de ti que llevabas meses olvidando.

Foto: Voge Spain

Elsa Sanlara