Cumplir años sin resaca

 

Hubo una época en que cumplir años era mi deporte extremo favorito. Yo lo convertía en una aventura, en un evento con cotorreo ilimitado. Lo bauticé como el Elsafest. Religiosamente, cada año tomaba un vuelo a Miami con mis mejores amigas y durante una semana nos portábamos como si no hubiera mañana. Éramos jóvenes, “inmortales” y, sobre todo, ridículas. Almorzábamos con mimosas y, antes del mediodía, ya estábamos en primera línea de playa bebiendo mojitos, porque —según nosotras— ya eran las cinco de la tarde en alguna parte del mundo.

Volvíamos a casa con la voz rota, el hígado pidiendo clemencia y una resaca que no se quitaba ni con agua bendita. Tardaba dos semanas en volver a ser persona. Dormía mal, comía peor y, cada año, me prometía que el siguiente lo iba a celebrar de forma más “orgánica”, con jugos verdes, yoga y respiraciones conscientes. Mentía descaradamente. Llegaba junio y ya estaba buscando vuelos, hotel, planes y excusas. Hasta el último viaje. Ese fue distinto.

Al volver a casa tardé casi un mes en sentirme yo. No la versión funcional que va al gimnasio con cara de zombie, sino la otra, la que se ríe sola, la que tiene energía, la que se siente viva por dentro. Una mañana me miré al espejo, con el pelo hecho un desastre, y pensé: “¿Qué necesidad?”. Me di cuenta de que quizá estaba confundiendo diversión con evasión, o quizá celebración con castigo.

Hace tres años, en lugar de fiesta, lo que tuve fue una mudanza exprés. Mi marido recibió una oferta de trabajo y, en cuestión de semanas, nos trasladamos al noreste de Estados Unidos. Aquella semana, que solía ser mi semana sagrada de excesos, la pasé explorando mi nueva ciudad, comprando muebles, buscando escuelas y tratando de encontrar la tienda mexicana más cercana. Sin duda fue un Elsafest sin sol ni playa, pero lleno de primeras veces entrañables.

Desde entonces, Miami no ha vuelto a suceder. La vida me dio un volantazo con retos profesionales que me entusiasman, pero también con un cuerpo que empezó a pedirme tregua.

El año pasado aparecieron unos dolores raros, de esos que se cuelan sin permiso y te recuerdan que ya no tienes veinte años. Pasé meses yendo de consulta en consulta, acumulando exámenes y la sospecha de que nadie sabía muy bien qué me pasaba.

Hasta que el mes pasado, en un viaje a México, mi tía —que además de médica tiene la paciencia del santo Job— me sentó frente a ella, revisó mis estudios con calma, me escuchó como nadie y me dijo algo que hacía mucho no escuchaba: “Vas a estar bien”. Empezamos un tratamiento y, tres semanas después, el martes pasado, desperté con energía. Lo supe porque pude levantarme sin mentar madres, tenía ganas de moverme, y cuando llegué al gimnasio sudé de verdad. No de frustración ni de dolor, sino de darlo todo.

Esta semana es mi cumpleaños, y este año he decidido que no quiero excesos, quiero cuidados. No pienso celebrar como si el cuerpo fuera desechable. Quiero celebrarlo a él, agradecerle que siga aquí, con cicatrices, con achaques, pero de pie.

No ha sido un año fácil. Hubo mañanas en las que salir de la cama ya era suficiente, y otras en las que cocinar o salir a caminar se sentían como una puñetera fantasía. Pero hoy, después de casi un año, me he puesto tacones. No para salir ni para impresionar a nadie, solo para recordarme que todavía puedo.

Cuando maduras te das cuenta de que cumplir años se parece mucho a abrir las ventanas después de un invierno largo. No lo haces para que entre el sol, sino para dejar salir el aire viejo, el polvo y los miedos. Para ventilarte por dentro y recordar que sigues respirando.

Este año no quiero celebraciones caras. Me basta con dormir bien, reír sin que me duela nada, cocinar sin prisa, leer un rato, cuidar y dejarme cuidar. He aprendido que celebrar no siempre significa ruido, que a veces se celebra mejor en silencio, con el corazón tranquilo y las manos ocupadas en cosas simples. Me basta con sentirme viva, subir escaleras sin odiar mis rodillas, mirarme al espejo sin buscar defectos, ponerme crema en la cara, tomarme las vitaminas y dormirme temprano.

Así que este año mi Elsafest será distinto. No habrá DJ, ni tequila, ni aviones. Me basta con mi casa, un buen libro y Miles Davis de fondo. Voy a celebrar con flores frescas, una tarta orgánica y una siesta bajo el sol en mi jardín. Y cuando me toque soplar las velas, no voy a pedir deseos extravagantes, voy a respirar hondo y agradecer lo que tengo, lo que se fue y todo lo maravilloso que, con suerte, aún está por venir.

Así que, si me ven esta semana sin maquillaje, en pijama, leyendo en el sofá o aprendiendo a hacer tortillas, no se confundan. No estoy deprimida. Estoy de fiesta. La más honesta que he tenido en años. Porque, aunque ya no brindo con tequila, sigo brindando con Dios y con la vida, que después de todo, todavía me invitan a quedarme un año más.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara