El monstruo en el álbum familiar

 

Todos de chicos le tuvimos miedo al monstruo debajo de la cama. Pero conocí a dos hermanos cuyo monstruo dormía en la habitación de al lado.

Cuando llegaron al vecindario hablaban en susurros, como si el volumen de la voz pudiera traer desgracias. No era timidez ni miedo hacia nosotros, era costumbre. Una costumbre extraña que habían aprendido en una casa donde reír fuerte y hablar alto era un deporte de riesgo.

Decían que en su antiguo hogar había un monstruo. Lo raro era que nunca lo describían igual. A veces lo contaban como un ser que los vigilaba y les robaba el oxígeno. Otras veces como una sombra que no los dejaba dormir. Y muchas más como una caricia con voz dulce que de pronto se transformaba en un dolor agudo en el estómago.

Ese monstruo no dejaba moretones en la piel, pero sí en el ánimo. Se alimentaba de silencios, de odios ajenos, de la voz contenida de dos chicos que aprendieron que no complacer al monstruo era peligroso.

Al principio pensé que exageraban, que era un fantasma inventado. Pero sus cuerpos empezaron a hablar por sí solos. El chico tenía parches pelones en la cabeza, esas huellas que deja el estrés cuando decide arrancar de raíz. También caminaba raro. Cuando lo vi descalzo, descubrí que tenía los dedos de los pies engarrotados, incapaces de estirarse del todo. “Así los tengo”, me dijo como si fuera normal. Pero no lo era. Esos huesos se habían acostumbrado durante años a caber en zapatos demasiado pequeños.

La chica era otro enigma. Al principio ni siquiera supimos que lo era, porque parecía un niño. Tenía las uñas mordidas hasta la piel, el cabello cortado casi al ras. En plena preadolescencia usaba ropa enorme heredada del hermano. Esa tarde, con torpeza, le pregunté si se identificaba como niño. Me miró casi ofendida y me respondió que no. Explicó que esa era la única ropa que el monstruo le permitía ponerse. También me contó que, una tarde, el monstruo entró a su habitación con una máquina de cortar pelo y le pasó la cuchilla sin aviso. “Ir a una peluquería es caro”, le dijo. Me confesó que el monstruo no trabajaba, pero que nunca le faltaba dinero, aunque ese dinero jamás se usaba en alimento ni en cuidados, se evaporaba en sus caprichos.

Lo peor de todo es que el monstruo tenía un poder especial, sabía volverse invisible. Frente a extraños era amable, de voz suave, encantador, víctima de la vida. Sabía llorar a tiempo, hablar de sacrificio, posar de mártir. Y todos lo creían. Era un artista de la puesta en escena.

Lo más terrible no era el monstruo en sí, sino el coro que lo rodeaba. Vecinos, parientes, conocidos que sabían de su existencia, pero susurraban que no hay que juzgar, que lo más práctico era darles un poco de dinero a los chicos para que pudieran comer. El monstruo lo sabía y jugaba con esa ventaja. Mientras todos callaran, mientras todos colaboraran para mantener a los niños apenas vivos, podía seguir alimentándose de ellos.

Hasta que un día, contra todo pronóstico, un juez vio lo evidente y decidió que los chicos debían alejarse. Salieron de aquella casa con la esperanza de que el monstruo quedara atrás. Se equivocaban. Los monstruos invisibles no desaparecen con una sentencia judicial. Permanecen. Se quedan respirando en la memoria, como culpas que no son propias, como la voz que susurra toda la vida que nunca serás suficiente.

Convivir con alguien que ha escapado de un monstruo invisible es aprender a caminar entre escombros emocionales.

En el vecindario nadie se atrevió a nombrarlo. Era más fácil pensar en un monstruo, en una bruja de cuento. Hasta que un día entendí que yo también había sido parte de ese coro que repite “mejor no hablar”, que evita llamar a las cosas por su nombre para no herir susceptibilidades. Pero, aunque duela, los monstruos tienen nombre y rostro. Y a veces, ese rostro se hace llamar madre.

Nos han repetido hasta el cansancio que la infancia rota siempre lleva la cara de un padre ausente. El que se fue a por cigarros y nunca volvió. El que no pagó la pensión y, con un cinismo inexplicable, reapareció en la boda de su hija creyéndose invitado de honor. Esa historia la conocemos de memoria.

Pero hay otra herida de la que casi no hablamos. No deja la silla vacía, se sienta todos los días en ella. Sonríe en las fotos familiares mientras por dentro destroza la autoestima y la libertad de los hijos. Esa herida se llama madre narcisista. Y su abuso —sea con golpes o con manipulación— puede ser aún más devastador que la ausencia o la negligencia del padre.

Claro que hay padres que desaparecen, que incumplen, que maltratan. Nadie lo niega. Pero también hay otros que madrugan, que pagan, que se sientan frente a un juez a pelear por la custodia completa de sus hijos.

Lo que casi nadie se atreve a nombrar es la alienación parental ejercida por la madre. Esa violencia verbal y psicológica que envenena la relación de un hijo con su padre, que arranca identidades y siembra odios prestados. Madres tóxicas que contaminan a los hijos contra su propio padre, condenándolos a cargar un veneno que dura toda la vida.

Y mientras sigamos repitiendo “es que es su madre” o “lo hizo lo mejor que pudo” cuando hay abuso de por medio, estaremos dándole una bula moral al narcisista y obligando a los hijos a minimizar su dolor, a cargar con la tarea imposible de entender al agresor en lugar de sanar su herida. Si no llamamos al narcisista por su nombre, seguiremos perpetuando ese infierno disfrazado de sacrificio y de amor.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara