

¿Regalo o Maldición?
Nunca había estado en un hotel de cinco estrellas que me diera tanto miedo.
Había piscinas infinitas, restaurantes de lujo, empleados que aparecían sonrientes como si tuvieran un radar para turistas despistados. Todo impecable. Al principio me dejé deslumbrar. Me hice selfies en la piscina, subí historias con piñas coladas. Pero bastaron unas horas para darme cuenta de que el resort estaba casi vacío. Había un silencio extraño, como si alguien hubiera puesto mute en un lugar diseñado para el bullicio. Empecé a sentir que no estábamos en un hotel, sino en la antesala de una secta tropical.
A la mañana siguiente, mi marido se fue a pescar en alta mar. Yo, que me mareo hasta en las trajineras de Xochimilco, preferí quedarme. Bajé a la playa con De Profundis de Oscar Wilde, convencida de que un poco de drama literario equilibraría tanto lujo impostado.
Fue entonces cuando la vi.
No era dominicana. Su español sonaba cortado, la piel muy oscura y el cabello con rizos apretados. Era haitiana, se notaba. No lo digo con desprecio, sino porque Haití se reconoce en los gestos, en la forma de mirar, en esa desconfianza que se lleva en los ojos. Lo raro fue que en el hotel nos habían dicho que la playa era privada. Que, si alguien se acercaba ofreciendo algo, no aceptáramos nada. Pensé en mi querido Acapulco, donde apenas extiendes la toalla ya tienes media docena de ofertas, desde micheladas, hasta lentes pirata marca “Rey-Ban”. Pero aquí se suponía que eso no pasaba. Por eso su presencia me descolocó.
—Seguramente ya te han “regalado” pulseras y después te las cobran —sonrió, mostrando la que traía en la mano.

—Ya tú sabes —respondí, imitando el acento caribeño.
—La mía es distinta. Es especial para ti. Te traerá fortuna.
Y antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano con suavidad.
Quite la mano bruscamente. Le expliqué que no podía aceptarla, que no llevaba dinero. Abrí mi bolso para enseñarle que solo estaban la llave de la habitación y mi teléfono.
Ella ni siquiera miró dentro.
—No busco tu dinero —dijo—. Los regalos no se compran ni se desprecian… se reciben.
Y con cierta firmeza me colocó una pulsera de piedras blancas. En el centro tenía un abalorio en forma de ojo y, colgando de él, una pequeña medalla. Al girarla, descubrí que tenía un grabado geométrico, como un mapa de líneas, cruces y estrellas. Nunca había visto nada parecido.
Cuando levanté la vista para preguntarle el significado, ya se alejaba. Se fue sin pedirme nada. Como si hubiera cumplido un encargo.
El resto del día me sentí incómoda. Era como si la pulsera cada tanto se apretara sola, recordándome su presencia. Intenté quitármela, pero era como si el nudo lo hubieran fundido con fuego.
Esa noche, en el restaurante del hotel, vi a una gringa con una pulsera idéntica.
—Qué bonita —le dije, sin mostrarle la mía.
—Me la dio una niña en la playa. No quiso aceptarme dinero.
Su medalla era distinta a la mía; la suya tenía un corazón grabado, lleno de pequeñas estrellas y atravesado por una espada.
—¿Sabes qué significa? —pregunté.
Dudó antes de responder:
—No, la niña solo dijo que me traería al amor de mi vida.
Hizo una pausa y susurró:
—Me han dicho las camareras que es vudú.
Me quedé helada. Siempre que pienso en vudú, imagino muñecos atravesados por alfileres y maldiciones. Pero recordé que, en mi última visita a Nueva Orleans, una mujer criolla me dijo que el vudú no es solo oscuridad. También puede ser amparo. O advertencia. O ambas cosas.
Esa noche soñé que la haitiana caminaba entre las olas, con el mar abriéndose a su paso. Me miraba fijo y susurraba:
—Toda fortuna que los guardianes entregan tiene dos rostros: uno de bendición y otro de deuda.
A la mañana siguiente, el hotel empezó a tratarnos distinto. Nos cambiaron a una suite por supuestos “problemas” en mi habitación. Por las tardes aparecían regalos en la suite como chocolates gourmet, sesiones de Spa o puros Montecristo que no habíamos pedido. Los chefs salían de la cocina a preguntarnos si la cena estaba a nuestro gusto y nos servían entrantes que ni figuraban en el menú. Mi marido bromeaba diciendo que quizá alguien del hotel me seguía en Instagram y pensaban que era influencer. Pero yo sentía que era la pulsera.
En el avión de regreso, el cinturón de seguridad de mi asiento no funcionaba y, sin parpadear, la azafata me pasó a primera clase, ante la mirada atónita de mi marido. Ayer, ya en casa, desperté con un dolor de espalda terrible que me dejó casi inmovilizada. No era una contractura normal; sentía como si un cordón invisible me atara a la cintura, apretándome sin piedad.
Desde entonces no dejo de pensar en la haitiana, repitiéndome una y otra vez que la fortuna tiene dos caras. Y no sé si este dolor es la factura que debo pagar por tanta buena suerte.
He pensado en cortar la pulsera con unas tijeras, pero no he sido capaz, porque sus palabras resuenan como un eco en mi cabeza:
—Los regalos no se desprecian… se reciben.
La verdad es que no sé si esto es un regalo o una maldición. Pero hoy, al comprar un billete de lotería, sentí la pulsera latir, como si me advirtiera que tarde o temprano cobrará su parte.

Imagen cortesía de la autora

