

El problema no es el arte… eres tú
El otro día vi un video en internet que me dejó hipnotizada. En la imagen, un chico bailaba en plena calle con tacones imposibles, un traje sastre rosa con transparencias y una mirada que no parecía pedir permiso para existir. El baile no era fácil de clasificar. Tenía algo de danza contemporánea, un poco de “niña del exorcista” sensual, un pulso animal, primitivo. Su cuerpo hablaba un idioma que no estaba escrito en ninguna parte. A ratos parecía breakdance, pero también ternura, rabia, deseo y liberación.
Lo vi una vez. Luego otra. Y después otra más. Desde mi pantalla, la vibración me llegaba al pecho. En su forma de moverse había una manera de habitar el cuerpo que rompía leyes, tanto físicas como culturales. No sé si aquello encajaba en el canon académico del arte, pero sí sé que me hizo sentir. Y en el fondo, esa es la única prueba que importa. Me recordó que hay cosas que no se explican, se sienten. Que la belleza a veces vive en el atrevimiento. Que la poesía, de vez en cuando, no se escribe… se baila.
La curiosidad —o tal vez ese impulso masoquista que todos tenemos— me llevó a leer los comentarios. El primero que apareció en mi pantalla aseguraba que no veía nada espectacular, que solo era un “vato” vestido de vieja agitando los brazos.
Me empezó a hervir la sangre como olla de frijoles olvidada en la lumbre. La réplica ya estaba escrita en mi cabeza, con insultos finamente seleccionados, pero me detuve. ¿Para qué? Sería como intentar explicarle el sabor del mole a alguien que solo come Maruchan. Así que me tragué las palabras, apagué el teléfono y me quedé convencida que el arte no es para todos. Nunca lo fue y nunca lo será.
Aldo Pellegrini lo resumió mejor de lo que yo podría: “La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles y abierta de par en par para los inocentes.” Y cuando Pellegrini habla de “imbéciles” no se refiere a quien no sabe de métricas o de literatura, sino a los que se acercan al arte con soberbia, prejuicio o indiferencia. Esa puerta está cerrada para quienes necesitan que todo les sea útil o explicado al instante. En cambio, está abierta para los inocentes, que no son ingenuos, sino personas que conservan la capacidad de asombro y se acercan sin armadura, dispuestas a sentir antes que a juzgar.

No creo que hablara solo de la poesía escrita. También hablaba de esa otra que se baila, que se canta y que irrumpe como una ráfaga, desordenando todo lo que creías en orden. El arte y la poesía no están hechos para todos, y lejos de ser un defecto, esa exclusividad es parte de su fuerza.
Vivimos en una época que necesita explicaciones, etiquetas y un retorno inmediato de inversión. Si algo no genera clics, se descarta. Si no se puede vender, se considera irrelevante. Si no se entiende en tres segundos, se ridiculiza. Y en esa obsesión por volverlo todo fácil de tragar, hemos perdido una de las habilidades más humanas, el saber contemplar. Contemplar sin entender del todo, sin la prisa de tener razón, sin la necesidad de dictar sentencia. Sin juzgar
Algunas personas se detienen frente a una obra, una danza o una canción y sienten algo, aunque no sepan nombrarlo. Otras, frente a la misma experiencia, solo ven un disfraz, un gesto extraño, un cuerpo que no encaja en sus categorías.
No es que el arte no esté presente. Es que no lo pueden ver. Y quizá por eso me impresiona tanto cuando algo —un gesto, un movimiento, una imagen— consigue atravesar el ruido y tocar esa fibra que compartimos como especie.
Carl Jung llamó inconsciente colectivo a esa memoria profunda, heredada, que guarda símbolos y verdades universales, aunque no siempre sepamos descifrarlos.
El baile de ese chico no era solo baile. Era un arquetipo en movimiento. Representaba al bufón sagrado, al chamán, al que rompe las formas para recordarnos que las formas no son eternas. Nos recuerda que, antes de las palabras, ya existían los gestos, la música de los cuerpos y las historias contadas alrededor del fuego
En cada giro estaba la historia de todos los que alguna vez se atrevieron a salirse de la fila, desde los danzantes prehispánicos hasta David Bowie. En cada salto estaba la victoria de un cuerpo que se niega a ser reducido a una etiqueta, a un género, a una expectativa.
Tal vez por eso a algunos nos conmueve y a otros les molesta. Lo que incomoda en el presente muchas veces son ecos del pasado, heridas culturales que aún no hemos cerrado, miedos antiguos que preferimos dejar dormidos. Pero el arte, cuando es verdadero, tiene el mal hábito de despertarlos.
Admitirlo suena duro, pero más duro es aceptar que nos hemos ido anestesiando. Nos reímos de lo distinto, despreciamos lo sensible, confundimos la ironía con inteligencia y el sarcasmo con profundidad. Vivimos apurados, hambrientos de respuestas fáciles, queriendo que todo sea rápido, obvio y predecible.
El arte no funciona así. No suplica. No se explica. No se justifica.
Por eso, la próxima vez que te encuentres con algo que no entiendes, no lo desprecies. No lo apartes solo porque te incomoda. No lo reduzcas al tamaño de tus prejuicios.
Porque si no sentiste nada, quizá el vacío no está en el arte. Quizá está en ti.

Imagen: teatro-olympia.com

