

Tus hijos no necesitan un “amigo”
Supongo que me estoy haciendo mayor. Antes, con mis amigas hablábamos de amantes, de sexo del bueno, de esos orgasmos que te hacen reír en plena junta al recordarlos. Ahora nuestras conversaciones han cambiado; sin duda, son más profundas… y menos divertidas. Hablamos de hijos que ya no están, aunque los sigas viendo todos los días en la mesa del desayuno.
Lo más desconcertante es que nadie sabe cuándo empezó. Un día les atabas los cordones, les cortabas las uñas mientras dormían, y al siguiente, te esquivan la mirada, contestan con monosílabos y se vuelven expertos en desaparecer dentro de su propio cuarto. Siguen ahí, pero algo se fue.
Y tú haces un inventario mental y te das cuenta de que les diste comida orgánica, actividades extracurriculares, terapia cuando hizo falta, abrazos, piñatas, cumpleaños con pastel, Navidad con regalos y todo lo que creíste necesario para que se sintieran amados, vistos y cuidados. Te repites que hiciste lo que había que hacer y, sin embargo, hay una grieta, algo que no alcanzó. Y es justo ahí que entiendes que solo sobreviviste la parte fácil.
Porque sí, la infancia, por más caótica que parezca, es la parte manejable. La adolescencia es la trinchera. Es la curva del camino en la que, si sueltas el volante, el accidente no tarda en llegar.
Uno quiere confiar, dar espacio, respetar la individualidad, no repetir la historia de gritos y castigos que marcaron a muchos de nosotros. Pero en ese intento de no parecerte a tus padres, desapareces sin darte cuenta. Y mientras tú haces equilibrio entre tu trauma y tu buena intención, el mundo avanza. Y no perdona.

Donde yo vivo, en Estados Unidos, los adolescentes tienen acceso a drogas, armas, videojuegos horribles y una soledad profunda disfrazada de independencia.
En 2021, el suicidio fue la tercera causa de muerte entre estudiantes de 14 a 18 años. A veces basta una mala tarde, un comentario cruel en redes, una ansiedad no nombrada… y en veinticuatro horas, un adolescente que parecía “estar bien” puede convertirse en una estadística.
Y si miramos hacia México, los caminos son distintos, pero igual de rotos. Allí no hace falta una AR-15 para perderse; basta con una amiga que te invite a “ganarte un dinerito”, un noviecito en malos pasos, una salida que parecía inofensiva… y a veces regresan con la mirada distinta. A veces, simplemente no regresan. Según la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM), cada día desaparecen cuatro niños y adolescentes, y casi cuatro son asesinados diariamente en México.
Yo he visto a padres llorar por hijos que ya no hablan, que ya no cuentan, que se encierran porque están sufriendo y no saben cómo pedir ayuda. Y cuando la tragedia llega —un intento de suicidio, un arresto, una desaparición— todos repiten lo mismo, con los ojos llenos de incredulidad: “Yo creí que estaba todo bien.”
Y sí, claro que lo creíste. No lo viste venir. No es tu culpa. Pero sí es tu responsabilidad. No puedes desaparecer justo cuando más te necesitan.
Porque sí, tienen 15, 16, 17 años. Pero, por dentro, su cerebro sigue en obra negra. Son niños con cara de adultos, con emociones sin plomería, con paredes sin pintar. Vulnerables y absolutamente hambreados de validación. Si tú no estás ahí para dar estructura, alguien más lo hará. Y ese alguien no siempre tiene buenas intenciones. O puede ser otro adolescente tan roto como ellos. O, a veces, es el algoritmo el que termina educando lo que tú dejaste de mirar.
Yo no parí hijos, pero tengo una hijastra. Y muchas veces me toca ver los toros desde la barrera, con esa mezcla rara de amor y la conciencia de que no puedo ocupar un lugar que no me corresponde. Otras veces me toca bajar al ruedo, sin capa, sin aplausos, y darle la estocada al problema. Sin anestesia, sin oxitocina y con la frialdad útil de quien no se nubla con el amor. Porque si algo aprendí en mi pueblo, es que “muerto el perro, se acaba la rabia”. Y a veces, eso significa actuar con determinación antes de que el problema crezca y te devore.
Cada vez pienso más en mis padres, en sus regaños, su disciplina y la chancla que volaba con puntería olímpica. Y por fin entiendo que no eran autoritarios, eran valientes. Porque amar también es sostener el límite, cumplir con los castigos, ejercer la autoridad sin perder la ternura; es no doblarte cuando tu hijo llora, grita, te acusa de “arruinarle la vida” o te dice que te “odia”.
Ahora veo a muchos padres que intentan ser padres “buena onda”, que se esfuerzan por caer bien, por no parecer “intensos”. Pero ser solo amigo de tus hijos puede ser tan peligroso como abandonarlos.
Porque a los hijos no los crían los amigos, ni un iPad, ni la escuela, ni los likes. Los crías tú. Con tus silencios atentos, con tus preguntas incómodas, con tu presencia constante, aunque no te la pidan, aunque te cierren la puerta. Y si tú no los sostienes, los va a sostener otra cosa.
Los hijos no se pierden de golpe. Se van diluyendo en los “no pasa nada”, en los “ya está grandecito, ya sabe lo que hace”, en los “ya tú sabrás”. Se van entre excusas cotidianas y, cuando por fin volteas a buscarlos, cuando estiras la mano pensando que aún están cerca, descubres que ya se fueron. Y que ya no los puedes alcanzar.

Imagen th.bing.com

