Los ritos y los mitos del progreso capitalista

 

En su obra La sociedad desescolarizada, Iván Illich (1974) propone una crítica radical a la educación escolar moderna, no como un fenómeno educativo por separado, sino como una expresión integral de la racionalidad capitalista. En el tercer capítulo, titulado “Ritualización del progreso”, Illich no sólo cuestiona los símbolos y ritos de la escuela, sino que expone su rol como mecanismo de dominio que refuerza la ideología del progreso. Es en este capítulo donde el autor desenmascara a la escuela como una institución que legitima la fe moderna en el progreso ubicándola como una nueva iglesia secularizada que controla la esperanza social.

Desde la filosofía este capítulo interpela las categorías de progreso y desarrollo. Desde una perspectiva histórica, revela cómo la modernidad propone una narrativa dizque emancipadora, pero que en verdad oculta nuevas formas de dominación. La escuela no es sólo un instrumento educativo, sino el espacio simbólico de la decadente modernidad.

La escuela como liturgia secular del progreso. Se inicia el capítulo argumentando que el progreso ha sido elevado a la categoría de religión, y que la escuela actúa como su templo. A través de una serie de rituales institucionales —el horario, el currículo, los grados— se construye una narrativa que vincula directamente la escolarización con la movilidad social, y la educación formal con plenitud vital. Lo más revelador no es que esta relación sea falsa, sino que haya sido naturalizada culturalmente como obvia e incuestionable. Dice Illich: “La escuela es el principal ritual de la modernidad, y el progreso su dogma”.

La educación formal se convierte así en una especie de promesa perversa del mundo moderno: quien estudia ¡será recompensado en el futuro! Esta dinámica recuerda la lógica de la salvación religiosa, pero sustituye a Dios por el Estado, a la gracia por el diploma, y al paraíso por el consumo.

Una crítica a la modernidad. Históricamente, Illich ubica su crítica en la transición de las sociedades preindustriales a las modernas. En ese tránsito, el tiempo cíclico, vinculado a los ritmos de la vida y la naturaleza, es reemplazado por una temporalidad lineal, orientada hacia el futuro. Este futuro ya no depende de la voluntad divina, sino de la promesa del desarrollo planificado por profesionales universitarios.

La escuela no solo se adapta a este tiempo lineal, sino que lo impone. Divide la vida en etapas —preescolar, básica, media, superior— y con ello regula a todos en una cronología obligatoria del progreso. La educación deja de ser un proceso abierto y vital para convertirse en un calendario que regula el acceso a la ciudadanía.

La producción de escasez institucional. Uno de los argumentos principales del capítulo es el análisis de cómo las instituciones modernas producen escasez para justificar su existencia. En el caso de la escuela, esto se traduce en la creación de necesidades educativas que antes no existían como tales. Lo que antes se aprendía en la vida, ahora debe certificarse institucionalmente. Esta lógica transforma lo cotidiano en lo inútil, si no es mediado por la institución. Illich señala: “La escuela produce la necesidad de estar escolarizado, y con ello transforma a las personas en eternos aprendices dependientes”.

Filosóficamente, esto puede leerse como una extensión del análisis marxista de la alienación. La escuela expropia el saber del sujeto, lo convierte en un bien escaso, y luego se ofrece como su única fuente legítima. En este sentido, la escolarización no emancipa, sino que reproduce la dependencia y la pasividad, al impedir que el individuo se reconozca como sujeto activo del aprendizaje.

Rituales de exclusión y obediencia. Illich describe a la escuela como un sistema cerrado de pruebas iniciáticas, donde cada etapa requiere la superación de exámenes, tareas y certificaciones. Estas pruebas, más que medir el aprendizaje real, funcionan como mecanismos de inclusión y exclusión. El sistema no premia el conocer, sino la capacidad de obedecer a sus reglas.

Alternativa: suprimir los rituales. Illich anticipa aquí los caminos explorados por la experiencia de personas, familias y comunidades: redes de aprendizaje autodirigido, entornos comunitarios, experiencias vivenciales. El autor no sueña con un mundo sin educación, sino con una cultura post-escolar, donde aprender no sea un privilegio ni una obligación, sino una actividad humana fundamental.

Conclusión
En “Ritualización del progreso”, Illich revela el núcleo ideológico de la educación moderna. La escuela no es neutral: es el ritual por excelencia de una sociedad que ha transformado el progreso en religión, y la certificación en salvación. Este capítulo permite comprender cómo la educación fue secuestrada por la lógica institucional del desarrollo, y cómo sus rituales sirven para reproducir estructuras de exclusión, dependencia y obediencia.

Illich no invita a suprimir la escuela, sino a transformarla. Repensar la escuela para recuperar el valor del aprendizaje como un acto libre, emancipador y vital. En tiempos en que la fe en el progreso se tambalea, su propuesta se vuelve más urgente que nunca.

*El Colegio de Morelos

Braulio Hornedo Rocha