Un Flashback de Nostalgia Ochentera

 

El otro día intenté explicarle a mi hijastra que, cuando yo era chiquilla, si querías una canción, tenías que robarla de la radio.

—¿Robarla? —preguntó horrorizada, como si la mujer que la cría fuera una delincuente profesional.

Y claro, su generación creció con Spotify, con listas personalizadas, con algoritmos que los conocen mejor que su propia madre. No entienden lo que era cazar una canción. En los 80 y 90, conseguir música no era tan fácil como dar un par de clics en el teléfono; era una prueba de paciencia, reflejos y un poco de suerte.

Pero no, no asaltábamos estaciones de radio con pasamontañas y pistola en mano para llevarnos los vinilos y los casetes. Nuestro robo era más sofisticado.

En México, la música siempre llegaba tarde. Para cuando una canción se volvía un éxito en la FM de mi pueblo, en Estados Unidos y Europa ya la habían exprimido hasta el cansancio, y la usaban como fondo musical en elevadores.

Los discos llegaban con meses—o años—de retraso, y solo los afortunados con parientes que cruzaban la frontera podían conseguirlos. Si no tenías un tío fayuquero que metiera casetes en su maleta junto con los M&M’s multicolores y los Levi’s piratas, estabas condenado a esperar… o a conformarte con lo que la radio quisiera darte.

Así que improvisábamos.

Los más puristas usaban un casete virgen porque querían un sonido limpio, sin huellas. Los kamikazes como yo agarrábamos sin piedad un casete de nuestros padres, ese que tenía todos sus boleros tristes. Con acetona, borrábamos el título en tinta blanca y, sin el menor remordimiento, grabábamos encima. Luego, para que nadie sospechara de nuestra fechoría, lo disfrazábamos con calcomanías de Sailor Moon o Los Caballeros del Zodiaco.

Una vez lista la cinta, venía la hora de la cacería.

Te sentabas junto a la radiograbadora, con el casete en su lugar, los dedos flotando sobre “grabar y play”, como un francotirador esperando la señal. No podías pestañear ni moverte. Tenías que estar listo para presionar REC (grabar) en el preciso instante en que sonara tu canción favorita. Si el locutor hablaba sobre la “intro”, ni modo. Si la radio la cortaba antes de tiempo y metían comerciales, la furia te invadía y maldecías al operador que no pensaba en los que estábamos al otro lado, con el dedo temblando sobre el botón. Pero, aun así, seguíamos intentándolo. Lo importante no era la perfección, sino armar tu propia playlist con lo que la vida (o los 40 Principales) te quisiera dar.

Nos volvimos expertos, sobrevivientes de la era analógica, maestros del pause-play-rec y de la paciencia infinita. Aprendimos a lidiar con la imperfección, con los cortes abruptos y las cintas enredadas.

El otro día, mientras esperaba en Urgencias, retorciéndome del dolor y maldiciendo mi suerte, una canción ochentera comenzó a sonar en el hilo musical. Y, de golpe, mi mente volvió a viajar a mis casetes de infancia, a esos que rebobinaba con un bolígrafo BIC para no desperdiciar la batería de mi Walkman. Recordé la espera, la emoción de presionar REC en el momento exacto, la incertidumbre de no saber si la canción quedaría completa o mutilada por un locutor imprudente y me di cuenta de que la vida funciona exactamente igual, que los humanos somos como esos casetes.

En las cintas acumulábamos canciones; en nosotros, se graban experiencias, memorias, historias. Momentos buenos y malos, mezclados sin lógica ni previo aviso, como una radio sin programación clara.

Porque la vida no es una lista de reproducción de Spotify, cuidadosamente curada para que solo nos toquen los mejores momentos. No. La vida es la radio, a veces un hit, a veces pura estática, a veces una canción de Peso Pluma o de reguetón que jamás pediste, que quisieras olvidar, pero que igual te toca escuchar hasta el final.

Y así como esas cintas, grabamos lo bueno, editamos lo malo y, si la vida no nos da la canción completa, tarareamos lo que falta. A veces alguien arruina la “intro”, pero en lugar de maldecir, aprendemos y cambiamos de estación. La clave es recuperar esa resiliencia de la adolescencia, ese salto de fe de presionar “REC” sin garantías, sabiendo de antemano que, aunque no era lo ideal, ni el disco completo, de algún modo, la música siempre sonaba.

De repente, una enfermera gritó mi nombre y me arrancó de golpe de mis recuerdos. Volví al presente, a la sala de urgencias, al dolor paralizante en mi espalda.

Después de horas de espera, el médico me examinó, reviso mi historial clínico y dijo:

—Con todas las lesiones que tienes, no puedes hacer ese tipo de esfuerzo físico.

Me reí, porque me sentí como un casete de los 80, gastado, con la cinta un poco enredada, pero todavía listo para seguir sonando.

Escuché y asentí sin protestar, porque sé que le debo varias facturas a mi cuerpo y, al salir, supe que era momento de rebobinar, ajustar el ritmo, voltear la cinta, presionar play… y cantar a todo pulmón I Will Survive.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara