Omar Alcántara Islas*

El filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz a finales del siglo XVII desarrolló el sistema binario, es decir, puso las bases para que, mediante diversas combinaciones de los números 1 y 0, podamos almacenar y transmitir datos en nuestra era cibernética; ambas cifras se refieren a la ausencia o presencia de bits informáticos o unidades mínimas virtuales en nuestras computadoras. Sin embargo, no es a este código binario al que se refiere este texto –aunque tampoco se deje de lado– sino que señala aquella manera de pensar de algunos líderes contemporáneos y sus seguidores.

Más allá de las ciencias computacionales o matemáticas, existe un sistema mental que consta de dos alternativas, sobre todo en lo que se refiere a los fenómenos sociales, es un modo de pensamiento cerrado a la complejidad de la vasta diferencia que existe entre los humanos. A partir de este se piensa en términos dicotómicos, o en otras palabras, en realidades que solo contienen dos alternativas, entre estas las siguientes: vendedores y compradores, winners y loosers, contratados y despedidos; lo anterior, a partir de un énfasis en nexos que atañen al espíritu capitalista o a ese mundo donde solo existen ganadores y perdedores en términos económicos; en esto último, se aparta del puro maniqueísmo.

Cuando se habla del triunfo del pensamiento binario, se hace a partir de la idea de que existe este tipo humano (cuasi cibernético) que ve el entramado de relaciones sociales a partir de una selección de las personas que acepta o rechaza dentro de ese mundo, como si estas pudieran solo estar dentro (in) o fuera (out) del mismo, sin gradaciones, en una suerte de apagado (off) o encendido (on). Lo grave es que esta manera de pensar puede llegar a ser un virus de fácil propagación en un mundo donde las experiencias pueden ser también reducidas a un like («me gusta») o un dislike («no me gusta»).

Estas uniones de conceptos mentales también se enlazan, por otra parte, con ideologías conservadoras, por ejemplo, aquella que considera la sexualidad de esa misma diversidad humana en términos hombre-mujer y asume que quien no acata la norma, o se declara en esta área de la vida como de género no binario, no puede tampoco entrar dentro de ese sistema más amplio de valores que quieren imponer los binaristas.

Por supuesto, pensar en términos binarios tiene una función inmediata en nuestra comprensión del mundo y una forma práctica y rápida de comunicarnos con nuestros semejantes en las redes sociales, pero quedarnos ahí equivale a la incomprensión de esa versátil naturaleza social a la que se hacía referencia más arriba. Por si fuera poco, cuando los binaristas asumen el poder político, desde ese mismo orgullo de pertenecer a una élite y entender el gobierno de una nación como un negocio a gran escala, donde solo hay socios (amigos) y competidores (enemigos) en relación con el business, no tarda el binarista en señalar, a diestra o siniestra, a los adversarios políticos o a los que se atreven a pensar fuera de su sistema de pensamiento, como algo nocivo para el Estado.

En cualquier caso, el triunfo de este pensamiento, que no deja de conllevar cierto anti-intelectualismo, nos desconcierta, porque quien ha desarrollado un cierto escepticismo ante las respuestas fáciles frente a las realidades sociales o se ha formado en el pensamiento crítico ante cualquier manifestación cultural, suele pensar que el resto del mundo también intenta concebir la realidad en sus más diversos matices.

Esta manera de pensar cobra adeptos cada día basta que estos hombres acaudalados expresen sus binarismos sobre la realidad para que un montón de binaristas aspiracionales repitan las mismas palabras como si fuera el evangelio, hasta que nosotros mismos descubrimos, en el momento más desagradable del día, que también estamos atrapados en esta manera simple de concebir la existencia.

Y no es que no existan dicotomías en la vida (mejor aún, dilemas), sino que se hacen de estas un Dios y celebraciones multitudinarias encabezadas por estos mismos líderes político-empresariales. ¿De qué nos han servido seis mil años de civilización si no tenemos la capacidad de tener gobernantes sabios? Obviamente, la sabiduría es un bien escaso y no todo se reduce al binarismo para explicar este momento histórico, sino que solo se intenta pensarlo de alguna forma; porque no vamos a decir que los binaristas son simplemente listos o tontos, ya que sería otra forma de no salir de este embrollo.

*Profesor de literatura

La Jornada Morelos