La Antesala de la Felicidad

 

Como buena neurótica nivel platino, tengo baja tolerancia a la incertidumbre, así que nunca me han gustado las salas de espera. Cada vez que alguien decía que “la verdadera felicidad está en la sala de espera de la felicidad”, me parecía una auténtica mamarrachada. ¿Cómo se supone que puedes disfrutar ese espacio incómodo, lleno de dudas, entre lo que deseas y lo que finalmente logras?

Para mí, la felicidad estaba en la cima, en el instante en que alcanzas lo que anhelas. Nunca reconocí como momentos felices las dudas que te hacen titubear, los nervios que recorren tu cuerpo o los días en que sigues avanzando a tientas o arrastrándote porque “el de arriba” tiene otros planes para ti. Pero hace poco, la vida me hizo cambiar de opinión.

Desde hace años, he soñado con ser conferencista en TEDx, una serie de conferencias dedicadas a difundir ideas que inspiran, transforman o conectan. Lo mágico de TEDx es que no necesariamente debes ser un académico o un experto; basta con tener una idea que valga la pena compartir. Desde que vi mi primera charla, supe que quería ser parte de ese espacio donde las historias individuales resuenan en lo que Carl Jung llamaba el inconsciente colectivo, ese tejido invisible que nos conecta a todos y nos recuerda que compartimos una esencia común.

Siempre dejé que el miedo me detuviera y encontraba excusas para no aplicar: “No tengo tiempo”, “No sé qué decir”, “Seguro no me escogerán”. Pero la verdad es que el problema era mi síndrome del impostor, esa voz interna que insiste en tocarme las pelotas diciéndome que no soy suficiente, que siempre habrá alguien mejor que yo. Y así, dejé pasar una oportunidad tras otra.

Pero todo cambió hace unos meses. No estoy segura si fue el crudo invierno trastornándome las ideas o el final de Mercurio retrógrado alineando mis neuronas, pero cuando vi la convocatoria online, algo hizo clic. En mi cabeza escuché la voz de He-Man gritando: “¡Por el poder de Grayskull… inscríbete!”.

Por supuesto, procrastiné y apliqué el último día. Todo iba bien hasta que llegué a la última parte del formulario, en la que pedían que grabara un video explicando cuál era mi superpoder.

—¿Mi superpoder? —pensé—. No tengo ni pajolera idea.

Y, antes de entrar en pánico, recurrí a mi Yoda personal, mi marido.

—¡Loco! —grité desde mi oficina—. ¿Cuál es mi superpoder?

—Siempre estás lista para pelear —respondió casi de inmediato, como si hubiera estado esperando esa pregunta toda su vida.

Me reí, porque, aunque lo dijo con cariño, no era la respuesta épica que necesitaba. No me imaginaba diciendo “soy peleonera” como carta de presentación.

Decidí probar suerte con mi hijastra. Entré en su habitación y pregunté:

—Cariño, ¿cuál crees que es mi superpoder?

—Eres capaz de ver la mota de polvo más pequeña y limpiarla como si fuera sustancia radiactiva —respondió con una sonrisa, como si acabara de darme el mejor halago del mundo.

Le di las gracias y salí, algo decepcionada. Ser “la versión femenina de Maestro Limpio” no me daba exactamente vibras de superheroína de Marvel.

Finalmente, escribí un mensaje a una amiga, quien respondió:

—Tu superpoder es la lealtad. Eres la persona más leal que conozco.

Fue lindo, digno de comercial de turrón navideño, pero tampoco sentí la vibra de superpoder.

Así que encendí la cámara y, agarrando al toro por los cuernos, dije:

—Miren, no sé cuál es mi superpoder. Pero si tengo que elegir algo, diría que mi superpoder es que hago los mejores tacos de brisket.

Mis tacos no son cualquier cosa. He visto a enemigos reconciliarse en mi mesa, a veganos convertirse en carnívoros y a personas llorar de felicidad con el primer bocado. Mis tacos hacen feliz a la gente. Así que, si eso cuenta como un superpoder, ese es el mío.

Y antes de que mi síndrome del impostor saliera de su escondite, le di clic a “enviar”.

La semana pasada, recibí un correo diciéndome que había pasado a la siguiente etapa, una audición en vivo. Salté de alegría, lloré como una bebé y por un momento pensé que iba a hiperventilar.

Desde ese día, he escrito mi presentación, he ensayado en la sala de mi casa frente a mi familia y conectado con mi tribu online. Todos me han dado consejos y palabras de aliento. Cada paso ha sido motivo de alegría, risas y un apoyo que sabe a puro cariño.

De pronto, lo entendí todo. La felicidad no está en llegar a la cima o no. La felicidad está aquí, en la antesala, en cada paso, en las risas, en los momentos en que alguien que amas te dice “tú puedes” y lo dice con tanta convicción que empiezas a creerlo tú también.

La felicidad, sin duda, está en el proceso, en las pequeñas victorias, en las conexiones que nacen cuando compartes tus sueños y, sobre todo, cuando permites que otros formen parte de ellos.

Y ahora estoy convencida de que la sala de espera de la felicidad no es un lugar incómodo, como siempre pensé. Es un espacio lleno de posibilidades, donde ocurren risas, aprendizajes y pequeños milagros. Me recuerda que, cuando pones tus sueños en las manos del Señor Todopoderoso, el de allá arriba, la magia sucede, incluso en las salas de espera.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara