

Uniformes y patriotismo
(segunda parte)
En las afueras de Playa del Carmen, en la llamada Riviera Maya, tuvo lugar el tercer Encuentro Gastronómico de las Américas, donde presenté una ponencia. Fui hospedado en un excelente hotel junto al mar, de hecho, un complejo hotelero con varios edificios y numerosos restoranes y bares.
Una noche cené en un restorán japonés del propio hotel y, previo a un tepanyaki, en el bar tomé un par de jarritas de sake, muy caliente, como debe de ser (y después con la comida no varié la elección). Fue muy interesante observar que, entre los comensales, predominantemente estadunidenses, yo era el único que bebía sake. De hecho, ante lo no frecuente de mi selección de bebida, el mesero, creyéndome conocedor, se lució en el reabastecimiento de mis jarritas.
En otro restorán del hotel, de carnes, comí un excelente rib eye (aunque un poco delgado) y también estaba muy rica una molleja de res que pedí de entrada, pero sumamente reducida la porción. En realidad, yo pedí mollejas y lo que me trajeron fue una molleja que ocupaba la cuarta parte del plato; el resto era abundante ensalada, para llenarlo. No creo que se deba tanto a economía, sino a que el “público promedio” de allí no es avezado y desperdiciaría dosis mayores.
Se ha hecho usual en estos lugares de “all inclusive”, y en otros donde quieren tener un buen control de los asistentes, ponerle al cliente un brazalete de plástico, como feísima pulsera, que a mí me desagradan enormemente. Como al ganado que le abrochan un distintivo en la oreja. Como al perro que le cuelgan una plaquita donde consta su fecha de vacunación contra la rabia. Como a los objetos que les ponen una etiqueta con su precio de venta. Me doy cuenta de que es un problema mío, de que se trata de una forma efectiva de control, pero igual me desagrada. En esos lugares, siempre pido que el brazalete lo sujeten con la máxima holgura y así me lo pongo y me lo quito a voluntad; lo uso nada más para entrar a un lugar o para ordenar una comida o bebida.

Parecido me sucede con los uniformes, aunque yo mismo los usé en algunas escuelas y entiendo perfectamente que en estos casos cumplen una función social importante, pues borran las diferencias económicas entre los alumnos. Pero muy distinto es entre los adultos… Es una moda más o menos reciente en el sector público, el uniformar no solo a los empleados, sino a los funcionarios. Secretarios de Estado, gobernadores, y de allí para abajo, todos se ven muy orondos ostentando idénticas camisas de su dependencia respectiva, con el logotipo de la misma en el hombro y su nombre en el pecho. Cuando algún día vaya al psicoanalista plantearé el asunto, ¿por qué me parecen tan ridículos? Y los dirigentes y candidatos de los partidos políticos también. Ellos usan camisas de un color parejo acorde con el escudo de su partido, pero son de un mal gusto horrible esas rojas intensas o las amarillas canario que acostumbran, u otras, según el grupo. Como paradoja, el partido más radicalmente opuesto a mis convicciones políticas es aquel cuyas camisas son menos feas.
El Encuentro Gastronómico de las Américas fue inaugurado con un protocolo inusitado (o quizás no tanto, sobre todo en provincia). Ante el presídium integrado por varios rectores de las Universidades Tecnológicas y representantes de los tres niveles de gobierno, se plantaron gallardas una banda de guerra y una escolta con la bandera mexicana. Fue una cortesía del municipio de Solidaridad, que así se llama el de Playa del Carmen. Con tambores y cornetas (emitiendo decibeles un poco agresivos para el recinto cerrado en el que estábamos), se rindieron honores a la bandera; los ponentes extranjeros se veían un poco desconcertados sin saber bien qué hacer, cuando parte del público saludaba al lábaro patrio con la mano en el pecho y otros con la mano en la sien. Después se cantó el himno nacional.
(Yo no me animaría a sugerir cambios en la letra del himno nacional debida al potosino Francisco González Bocanegra, aunque fue compuesta en 1853 para halagar al nefasto y grotesco dictador Santa Anna. Pero no dejan de parecerme contrarios a mis principios antimilitaristas los gritos de guerra, las espadas prestas, los rugidos del cañón, los hijos convertidos en soldados, las guerras sin tregua, las banderas empapadas en olas de sangre y el campo regado asimismo con sangre, templos, palacios y torres derrumbadas y el bélico acento del clarín; y esto en la versión resumida de 1943, que es la oficial vigente. Si vemos la versión original completa de Bocanegra nos encontramos además con sangrientos combates, arrostrar la metralla, buscar la muerte, espadas terribles, armas de brillo, trompetas guerreras, laureles sangrientos, guerreros cantando victoria, metralla ardiente y espadas sangrientas.)
Me sentí algo apenado ante los ponentes extranjeros cuando desfiló la escolta militarizada municipal con la bandera nacional, pues sus integrantes portaban sendas metralletas automáticas. Me pareció innecesario.

