Felipe Garrido

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Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

A /

Las golondrinas contra el mar

—Una vez —dijo Elizabeth Antúnez Tercera, en cuanto acabaron de comer— hubo dos golondrinas que hicieron sus nidos bajo una palapa, a la orilla del mar. Un día, una ola enorme se llevó los huevos que habían puesto; las aves se sintieron tristes e indignadas y decidieron que vaciarían el mar. Con sus picos llevaban a tierra gotitas de agua; tomaban arena y la dejaban caer en las olas. Cuando vieron lo que sucedía, las demás golondrinas resolvieron ayudarlas y pronto se reunió mucha gente para admirar aquella locura.

«Un día pasó por allí una santa, y cuando supo lo que hacían aquellas golondrinas, fue con ellas y les preguntó:

«—¿De veras creen ustedes que van a vaciar el mar?

«—No nos importa —le respondieron dedicar a esto la vida entera; algún día lo conseguiremos.

«La santa se conmovió; hizo un milagro y les devolvió los huevos que el mar se había llevado.»

—Cuando alguien —dijo el marinero— trabaja con un propósito de veras inquebrantable y verdadero, el Ser está de su lado.

B /

Verdades

El marinero tuvo también adeptos fanáticos, que tomaron sus palabras como La Verdad. Estos fieles comenzaron a reunirse por su cuenta; leían sus apuntes y memorizaron largas tiradas más o menos oscuras. Uno de sus pasatiempos era intercambiar preguntas y respuestas que todos conocían. No podemos estar seguros de que en verdad todo lo que ellos decían procediera del marinero. Pero algunas frases se encuentran con mayor frecuencia y en ellas caben más probabilidades de autenticidad:

«¿Quién es sabio? Quien aprende de todos.»

«Cuál es la peor de las tentaciones? Ser demasiado virtuoso.»

«¿Cuál es la mayor de las bendiciones? Tener siempre lo que necesitas.”

«¿Puede alguien ser sabio y ser rico al mismo tiempo?”

Quien quiera ser rico, vaya hacia el norte; quien quiera ser sabio, vaya hacia el sur. Pero, quien no piense en él mismo y nada haga en su provecho crecerá en el espíritu y en la conciencia, que no ocupan lugar, y podrá ir hacia el norte y hacia el sur al mismo tiempo.’

En favor del marinero debe decirse que se opuso siempre a que lo consideraran maestro y a que supusieran en él más virtud o más conocimiento que en otro cualquiera. No admitió nunca discípulos y rechazó siempre ejercer toda forma de autoridad. Muchos lo odiaron por eso. Más que nadie, el cura de Los Mangos y el presidente municipal de San Miguel de Afuera, reconocidos expertos en títulos y trámites.

C /

El tesoro de Roca Bermeja

Llegaron a la isla unos buscadores de tesoros. En la cantina, las opiniones se dividieron: según unos, iban a Playa Larga por un buque hundido en la segunda Guerra; para otros, lo que buscaban era el tesoro de Roca Bermeja, y en ese caso irían más bien a Los Ojos.

—Ya el abuelo de mi abuelo —dijo el carnicero— se pasó la vida buscando el tesoro de Roca Bermeja.

—Y ¡tanta gente! —dijo Marta mientras se alzaba de hombros y contaba con los dedos expediciones frustradas.

—Nadie podrá encontrarlo —dijo Ramón el Cojo—, porque ese tesoro ya fue hallado y vuelto a ocultar.

El silencio se hizo tan perfecto que llegó el tumbo de las olas, del otro lado del malecón.

—Me lo contó un buscador de perlas, en la Gata Chica, que lo oyó de la abuela de uno de sus hermanos. Una vez, hace muchos años, cuatro hombres fueron a buscar ese tesoro. En el camino encontraron a un bienaventurado, porque en aquel tiempo había muchos en la isla, que les advirtió que la empresa era peligrosa. Pero los cuatro iban armados: se rieron y siguieron adelante.

«Se habían documentado cuidadosamente, y hallaron el tesoro. Éste era más rico de lo que imaginaban y eso los llenó de alegría, pero significó también que les faltaran viveres y costales, así que dos de los hombres regresaron a Los Mangos por bolsas y bastimentos, y los otros dos se quedaron montando guardia.

«Cuando se quedaron solos, los hombres que estaban vigilando concluyeron que lo mejor sería repartir el tesoro sólo entre dos y decidieron matar a sus compañeros. Los otros, mientras tanto, cenaron y durmieron en la posada de Los Mangos. Al día siguiente, compraron lo que hacía falta y, de regreso, llegaron a la misma conclusión, así que envenenaron los alimentos que llevaban.

«Los hombres que cuidaban el tesoro venadearon a sus compañeros y, como tenían sed y hambre, bebieron y comieron hasta hartarse. A la mañana siguiente, el bienaventurado llegó al lugar y encontró a los cuatro muertos. Antes de dar aviso, ocultó nuevamente el tesoro. Pero, como a él no le interesaba rescatarlo, ni que nadie lo encuentre, pues no dejó ninguna pista.»

—Los santos aseguran —dijo el marinero— que las malas compañías y los pensamientos negativos nos arrastran hacia el mal.

—Y el mal, ¿no es parte del Ser? —preguntó el carnicero.

—El bien y el mal —dijo el marinero— son problemas nuestros. El Ser está más allá de eso. Una vez, por cierto, una bienaventurada tropezó con una nauyaca. «Oh, Ser —dijo la santa—, perdóname, pero no me gusta cómo te ves.» Y ahuyentó a la serpiente a bastonazos.

Felipe Garrido