

La alarma suena otro día más con la eterna sensación de cansancio, el cuerpo intenta suplicar auxilio en medio del dolor físico y el mental, pero miras alrededor de ti enfrentándote a una realidad que evita la decisión de quedarse a descansar; piensas en tu familia y en el símbolo de protección que representas por lo que, en el último suspiro de agotamiento, te levantas y comienzas el día.
Tomás una ducha, buscas el atuendo adecuado para trabajar aunque no sea tan cómodo, mientras lo haces piensas en todos los pagos pendientes, las juntas, los conflictos en el trabajo, las discusiones con tu pareja, la idea de sentirte distante de tus propios hijos; piensas que tal vez ya no sabes nada de ellos, no los has aconsejado, no te cuentan nada, desconoces sus nuevas diversiones, pero te convences de que ese riesgo tiene una noble razón: su futuro.
Junto a estos pensamientos y a la preocupación de la tardanza tu cuerpo da un primer grito, el estómago no es el mismo, el médico te ha dicho que tienes colitis por lo que tienes una lista completa de alimentos que debes evitar entre ellos el café, pero esa bebida es una tradición, forma parte de tu vida cotidiana así que lo ignoras. No hay tiempo de un desayuno en casa, debes manejar y atravesar tráfico y quizá manifestaciones, así que preparas tu café para llevar, te despides en medio de un “que tengas buen día “frío y apagado, te sientes un completo desconocido, pero tampoco hay tiempo de recordarle lo que sientes, es hora de salir.
En medio de la locura de la carretera recuerdas la indicación de comer sano y hacer ejercicio y vuelves a intentar formar un itinerario mental que te permita trabajar, comer, entrenar, ver a tu familia y dormir, el día es insuficiente, aunque te digan que debes hacer tiempo para tu salud, lo único que realmente deseas es terminar el día laboral y llegar a dormir buscando constantemente ese descanso que la medicina promete.
Durante el día tu cuerpo sigue enviando pequeños avisos, te duele la cabeza, olvidas tener hambre, te desconcentras, intentas no dormirte en horas laborales y reprimes los problemas gastrointestinales que prometen desaparecer si solo comes bien.
El tiempo de comida es corto, igual que tu economía, intentas no gastar de más y evitas por completo esos lugares que prometen bienestar, conoces la elección correcta pero también eres consciente sobre la importancia de cuidar el dinero, colegiaturas, gastos del hogar, pagos bancarios y el deseo de consentir a tu familia te hace buscar algo que te quite el hambre, solo eso.

Termina tu jornada y sabes que regresar implica la misma preocupación matutina, vuelves a suspirar, vuelves a manejar con la esperanza de llegar a tu hogar, ver a tu familia y sentirte parte de ellos, platicar, reír, abrazarlos, ese es tu motor. Durante el regreso vuelves a recordar el dolor corporal con un origen y foco desconocido, solo sabes que duele; a veces quisieras dejar de repetir la rutina y piensas en escenarios distintos, con tiempo libre, sin dolor y sintiéndote feliz.
La lista de lo saludable te parece un sueño y aunque lo intentas, sigues sin encontrar la manera de lograrlo, optas por posponer cualquier otra visita médica, conoces las indicaciones, siempre son las mismas, siempre son imposibles.
Llegas a casa, hubo tráfico y al llegar todos duermen, no quieres molestar, pero tienes hambre, sabes que puedes cocinarte, pero el dolor invade y tu energía es insuficiente, haces lo que cualquiera en tu lugar haría: optas por dormir, te quedan pocas horas de sueño y los pensamientos no se detienen; en el último suspiro del día recuerdas lo que todos te han dicho: los hombres no se quejan, los hombres no lloran.
* Psiconutrióloga

