
Ópera gozosa

Silvia y yo somos muy aficionados a la ópera y en Cuernavaca tenemos el privilegio de disfrutar en tiempo real la temporada (aunque recortada) del Metropolitan de Nueva York; años antes se transmitía completa, pero ahora solo unas seis obras. El sitio, inmejorable: el teatro del Centro Cultural Teopanzolco.
La mayoría de las óperas tienen dos o tres actos y en consecuencia uno o dos intermedios. En los teatros de las principales ciudades del mundo, en esos intermedios hay una variada oferta de vinos, licores y bocadillos, a la altura del bel canto. Hace 50 años viví once meses en Moscú porque mi padre era diplomático en nuestra embajada y recuerdo con añoranza que esos intermedios, en la ópera, ballet o conciertos, eran placeres refinados: entre otras cosas, champaña rusa y caviar; allí lo aprendí a comer y, como podrán suponer, rarísimas veces he tenido la oportunidad de practicar después ese aprendizaje. En un pequeño pan delgado y sin costra, prácticamente insípido (mi mamá cortaba en cuatro una rebanada de pan de caja, sin las orillas), muy ligeramente tostado, se unta un poco de mantequilla, se agrega el caviar (gris oscuro o marrón; el rojo es otra cosa), se le pone encima una rebanada como oblea de huevo cocido, unos cinco cuadritos de cebolla picada y una o dos gotas de limón. Como son inaccesibles a un bolsillo normal los clásicos caviares iraníes o rusos de esturión (beluga, osetra o sevruga), a veces compramos unos escandinavos de otro pescado más asequible que permiten salir del antojo; son negros y sápidos. (Nunca se me olvidará mi querida Selma Verau, quien decía que el caviar eran huevos de centurión).
Pues en nuestro hermoso teatro de Teopanzolco en el intermedio venden café, refrescos, sándwiches, cervezas y unas latitas de “vino ligero” tinto o rosado que no me he atrevido a probar.
Varios amantes de la ópera hemos puesto el desorden. Yo llevo un termo con martini seco helado, a partir de ginebra Beefeater y vermouth extra dry y lo “ensucio” (durty) con un poquito de salmuera de las aceitunas. Llevamos botanas para compartir: quesos, nueces, aceitunas y más. Para nuestro deleitoso picnic, nos instalamos con los amigos en las escaleras afuera de la cafetería.
Estuve a punto de pasar un grave disgusto en la escenificación de la dramática y turbadora Salomé, de Strauss (no Johann, el austriaco del “Danubio Azul”, sino Richard, el alemán). Resulta que es una ópera en un solo acto, de dos horas y cinco minutos sin interrupción. Y se pasan volando, pues es sobrecogedora. Pero ¿y el intermedio? ¿Y el martini?… Pues resultó mejor, ya que los intermedios acaban de pronto y se tiene que interrumpir la fiesta, mientras que ahora se prolongó sin más límite que la capacidad de los termos y los tupperwares de botanas. Y no eran chicos.

Viene al caso recordar que hace años, en Viena, Silvia y yo fuimos a comprar boletos para la representación de Madame Butterfly y ya estaban completamente vendidos para esa noche, que era la única que teníamos disponible. La taquillera nos vio tan apesadumbrados que nos dijo: ¿por qué no ven la ópera en el jardín? Se nos iluminó la cara. Afuera del imponente edificio neorrenacentista de La Ópera, del siglo XIX, hay amplios y bellos jardines y, en el principal, está colocada una pantalla gigante. Así que esa tibia noche de verano vimos gratis la obra de Puccini, recostados en mullidas colchonetas puestas a propósito sobre el pasto. Éramos unos sesenta melómanos…
De tema gastronómico es otra obra, ésta de Leonora Carrington, artista más conocida como pintora y escultora surrealista, pero que también escribió diversos relatos autobiográficos, cuentos y una pieza teatral no en un acto, sino en un taco (así lo llamó ella), titulada La invención del mole. Allí disfrutamos el británico sentido del humor de su autora. Se trata de una reunión celebrada entre Moctezuma y el arzobispo de Canterbury, previa a un banquete que se ofrecerá al rey de Texcoco, hasta que el inglés comprende que en la fiesta que se aproxima él será el platillo principal. He aquí unos fragmentos:
“UN AMIGO: Creo que es hora de que el arzobispo empiece con sus abluciones. La cena está anunciada para las nueve… El cocinero imperial ha decretado una vigorosa frotación con piedra pómez y zacate, seguida por inmersión en pulque fuerte por tres horas […]
MOCTEZUMA: Es absolutamente esencial que su piel no conserve ni rastro del olor de las ropas ni de la transpiración. Esos olores arruinarían la sinfonía gastronómica.
EL ARZOBISPO: Oh, ¿va a haber acompañamiento musical? Parece que va a ser una velada de lo más alegre. Sin embargo, por el momento creo que pasaré por alto la frotación y nada más me cambiaré la camiseta. Un baño en esta época del año perjudicaría mi sistema bronquial.
MOCTEZUMA: Comprenda por favor que el monarca de Texcoco es hombre de paladar muy refinado, extremadamente refinado, y terriblemente exigente en cuanto al aroma de las salsas. El menor vestigio de olor a sudor le altera la apreciación espiritual de la vida durante meses.
EL ARZOBISPO: Espero que no me considere obtuso si confieso que no logro seguir del todo su razonamiento…
MOCTEZUMA: Es muy sencillo en realidad. Perdone mi franqueza si le digo que ustedes, los blancos, son tan descuidados con los baños rituales que su carne, incluso después de repetidas inmersiones en especias y pulque, es demasiado tosca para un buen platillo.”

Grandmother Moorhead’s Aromatic Kitchen, (1975). Leonora Carrignton

