

BUROCRACIA MOJIGATA
(primera parte)
Tiempo atrás escribí un texto que llamé “Disquisiciones Paremiológicas”, pretencioso nombre puesto a propósito para contrastarlo con su vernáculo contenido de refranes populares. Allí di a conocer una lista de 300 proverbios vinculados a comida, y amenacé: “Pienso en breve desarrollar un refranero culinario, analítico y explicado”. Así me justifiqué:
“Las expresiones del habla del pueblo, sus decires cotidianos, los juegos de palabras, la chispa y la picardía en su verbo, son elementos de la cultura que interesa estudiar a antropólogos, a lingüistas y a sociólogos, mas también observar y entender a quienes no somos especialistas, pues conocer mejor a nuestro pueblo es conocernos mejor a nosotros mismos (valga la perogrullada, pues todos somos parte del pueblo). Por supuesto, lo que nos incumbe a nosotros ahora son las expresiones idiomáticas relacionadas con los alimentos.”
Puesto a cumplir mi amenaza, me aboqué muchos meses a ampliar la investigación y logré reunir poco más de ¡un millar! de refranes; para ser exactos, mil cuarenta y cinco. Quizá la mayoría tiene remotos orígenes en España, muchos otros son de filiación mexicana, no pocos ostentan una etiología bíblica y de seguro que también abundan los que surgieron en otros países. Como sea que fuera, todos tienen que ver con comida o con bebida, con tragones o con borrachos, con la cocina o con el comedor, con utensilios de cocina o con cualquier otro asunto conexo.
La mera lectura de semejante relación tan extensa resultaba interesante, pero faltaba la verdadera aportación, darle sentido a esa lista. La organicé en orden alfabético y procedí a explicar o comentar o ejemplificar cada dicho popular, según fuera el caso necesario. Los refranes más crípticos –que los hay, y muchos- merecieron ser explicados, particularmente los de doble sentido y con frecuente connotación sexual. De otros hablé de sus orígenes, de otros más anoté los momentos idóneos para su aplicación, a propósito de algunos venía a colación comentar algo acerca de nuestra cocina o de cierto ingrediente, etcétera, etcétera. Las expresiones más burdas o groseras no fueron eliminadas, pues ello habría demeritado el carácter académico de la investigación; lo que hice fue esclarecerlas o apostillarlas con gran asepsia lingüística para no seguir el juego vulgar del dicho respectivo, sino analizarlo con frialdad sociológica o psicológica (si cabe tal en un historiador con pretensiosas inclinaciones antropológicas). Lo cierto es que quedó conformado un manuscrito, según yo listo para prensa, que titulé: Si como lo mueve lo bate… Mil refranes gastronómicos. Y procedí a buscar editor.

Mi apreciado amigo Marcos Bucio, quien era funcionario clave en la Secretaría de Agricultura, es uno de los pocos políticos que conozco que es culto, agudo escritor, hombre ejecutivo sin los rodeos y circunloquios que suelen acompañar a los servidores públicos (quienes rara vez justifican ese calificativo). El día que entregué el manuscrito a Marcos, se lo expliqué y le propuse su publicación; estaba a punto de darme alguna respuesta cuando por la red lo buscó el secretario y tenía que salir volado; ya de pie, me dijo: “ven, acompáñame en el elevador”, y asimismo llamó a un asistente. Yo ya sabía que esa interrupción podía abortar el proyecto, si es que alguna mínima posibilidad de éxito había tenido. Pues en esos ochenta o cien segundos transcurridos entre esperar el elevador y utilizarlo, el oficial mayor dio órdenes para que se editara el libro y el asunto quedó resuelto. Nada de largas y vueltas y telefonemas de no está, está en junta, acaba de salir, y mil otros pretextos que son la especialidad de todos los políticos y funcionarios. Mi experiencia fue como debería de ser siempre: sí o no, y punto.
Marcos dio la instrucción y de inmediato el libro siguió su curso editorial… Algún área de publicaciones de la Sagarpa pensó, y fue buena idea, que el libro podría incluirse en el proyecto presidencial de la Biblioteca Mexicana del Conocimiento, pues su interés rebasaba los límites técnicos de la propia Secretaría. Y, en efecto, se publicó en diciembre de 2014 dentro de la colección Letras y Voces de dicha Biblioteca, con un fino papel y muy cuidada edición.
Nada más que no sé en qué momento (sin que nos enteráramos ni Marcos Bucio ni yo) mi manuscrito pasó por las manos de algún burócrata de la cultura, polvo de aquellos lodos mochos del 2000 al 2012, y violaron mi texto, obviamente sin mi autorización (¿quién puede autorizar violaciones?). Suprimieron 143 refranes de implicaciones sexuales o simplemente pícaras, y mutilaron mis comentarios o explicaciones de otros más de cien proverbios. Para que se juzgue el grado de mentecatez del anónimo censor, valga decir que eliminaron refranes tan clásicos y consagrados como: Buena pa’l petate, mala pa’l metate, y Si como lo mueve lo bate, qué rico chocolate. Se necesita ser muy memo para no darse cuenta qué es paremiología y qué es peladez. (Si ese ignaro mojigato fuera curador en la Galería de la Academia de Florencia, de seguro que le pondría calzones al David de Miguel Ángel). Y por si fuera poco, mi título que era Refranero gastronómico fue cambiado por el de Refranes mexicanos, ignorando el metiche que mi libro contiene, como ya dije, proverbios de muchos otros orígenes, aunque en nuestro país los usemos; en adición, hay más de una docena de libros de refranes mexicanos ya publicados, en tanto que la originalidad del mío es precisamente su enfoque gastronómico.
CONTINUARÁ…

