¡AH, CHIHUAHUA!

 

En la ciudad de Chihuahua, Isadora –nuestra nuera- con sus gentilísimos papás, nos llevaron a desayunar unos burritos a los famosos “Montados de Villa”. Son hechos con una tortilla de harina muy grande, con carne al carbón picada como base y queso montado encima, conjunto que habrá de integrarse a la plancha; apenas un adulto tragón se acaba uno entero. Y así como en algunos restoranes ya se acostumbran las “mesas de ensaladas”, en este lugar había una “mesa de salsas” (ya muy generalizadas en el norte del país). Entre verdes y rojas, molidas y picadas, chiles toreados y en vinagre, cebolla cocinada y rábanos en rodajas, había una salsa de suero de queso. Originaria de Villa Ahumada (cuya toponimia proviene del apellido de un gobernador, no de una técnica culinaria), esta salsa deliciosa y sui generis se prepara con chiles jalapeños frescos hervidos y luego picados muy finitos, integrados con suero de queso y sal. Me encantó.

Otro día comimos en “La Cervecería”, un conjunto de expendios de comida y bebida ubicado en lo que fueran las instalaciones de una antigua fábrica de cerveza. Quedan expuestos al público los restos de su vieja maquinaria. Una sección es un drive in y nosotros nos sentamos ante una de las mesas de una gran explanada techada, mismas que son abastecidas por meseros de los diversos locales. Escogimos lo más tradicional: al centro, platones de chamorros cocidos y de costillitas de cerdo horneadas, y no menos tradicional: varias caguamas bien frías.

A Emiliano se le antojaron (o más bien le despertaron la curiosidad) unos sushis de otro local, pues los había ¡de carne! Parecía que la fama bien ganada de Chihuahua como estado productor de magnífica carne de res era un aval para tales inusuales inventos de cocina niponahua, o chihuanesa. Pues mi hijo que se anima y pide una tabla de sushi. Después de comer la primera pieza (de ocho), me dijo algo al oído. A mi vez probé una pieza y le di la razón. Entonces promovimos esa rareza gastronómica entre los compañeros de mesa, encomiando el espíritu pionero del chef (no aludimos a su temeraria osadía); así logramos colocar las seis piezas restantes entre otros tantos incautos. Emiliano disfrutó mucho los chamorros y costillas. Esa fallida experiencia me recordó una feria gastronómica en el jardín botánico de Medellín, en Colombia; entre múltiples delicias, probé un sushi con chocolate (por supuesto, dulce): uno fue bastante más que suficiente.

Uno de los principales atractivos de La Cervecería son los numerosos conjuntos musicales, con predominancia, obviamente, de la música norteña. No es un lugar concurrido por turistas. Se ve a las claras que la gran mayoría de los parroquianos son lugareños, de Chihuahua ciudad. En la explanada donde estábamos abundaban las familias, pero en otras zonas del enorme predio había más bien grupos de amigos y parejas, algunas bailando. Llaman la atención de los forasteros las generalizadas botas puntiagudas vaqueras y las texanas, que allí son los sombreros más usuales, con el fondo ad hoc de la música regional; suenan polkas y redovas y se lucen los émulos de Los Tigres del Norte, Los Cadetes de Linares y Los Tucanes de Tijuana.

De lo más rico que probamos fue en casa de nuestros consuegros. Una noche, entre otras cosas deliciosas, comimos unos tamales de acelgas bañados con un caldillo de jitomate con carne deshebrada, exquisitos, y otro día, para almorzar, el propio Gualterio preparó una especie de huevos ahogados en salsa de jitomate con chorizo desmenuzado; como deben ser los huevos ahogados: las claras cocidas y las yemas todavía líquidas. Deliciosos.

Aprovechamos para ir a Creel y al Divisadero -en la Barranca del Cobre- a fin de conocer el nuevo teleférico. Silvia y yo descendimos los 3000 metros en el funicular, mientras que Emiliano lo hizo en zip rider, una especie de tirolesa que alcanza una velocidad de ¡135 kms por hora! Mucho se me antojaba lanzarme yo también, pero los años no pasan en balde. Frase hecha, muy real.

Al regreso de la Barranca rumbo a la ciudad de Chihuahua se nos planteó la disyuntiva de comer en un renombrado restorán de Ciudad Guerrero que todo lo prepara a base de manzanas, desde las sopas hasta los platillos salados (cuyo nombre era lo único que me hacía dudar: Casa Doña Carolina Arte & Gourmet) o bien hacerlo en un restorán menonita en Ciudad Cuauhtémoc. Ganó la segunda opción (por unanimidad) y seguimos a esta última población. Los dos restoranes que allí se anuncian como menonitas (de acuerdo al casi infalible internet) son en realidad cafeterías tipo americano con menús tipo americano y lo único “menonita” que tienen son pizzas (supuestamente hechas con queso de ese origen). Frustrados, Silvia y Emiliano comieron una pizza (la mitad de pepperoni y la mitad ¡de manzana!, qué se creen) y yo un corte de carne, razonablemente bueno.

Iluso, yo me había relamido los bigotes pensando en el restorán menonita que con certeza debería haber en Ciudad Cuauhtémoc. Planeaba abrir boca con un caldo de albóndigas o uno de gallina con tallarines o un borsh de betabel o una crema de cebolla, continuar con unas empanadas de cuajada y culminar con unas hojas de col rellenas o con un pastel de carne. Aunque mi lado flaco no son los postres, maliciaba que Silvia me ayudara con unas cerezas encurtidas o unas galletas de avena. Ya será otra vez. Y en otro lugar. Mis anhelos de guisados de filiación rusa o en todo caso europea oriental quedaron pospuestos.

José Iturriaga de la Fuente