

“Todo el mundo tiene algo de lo que salvarse. Pero encontrar la fuerza para hacerlo no siempre es fácil. Es en esos momentos cuando un gesto, un abrazo o una simple palabra se convierten en impulso y refugio” Leo estás líneas de Terrés, mientras escucho Pueblo Man de los hermanos Gutiérrez. Cierro mis ojos y me imagino en un pueblo del viejo oeste, en medio de un vendaval de arena, en medio de dos construcciones de fachadas falsas de madera sobrepuesta. Me veo en ese pueblo fantasma, sin gente en medio de una calle que no lleva a ningún lugar, de rodillas con arena en la cara, en esa calle infinita que no lleva a ningún lugar.
Volví hace unos días a México, con la esperanza de sentirme en casa, para mi suerte una bofetada de realidad me sacudió la miel de los labios, y una parvada de aves obscuras nubló lo poco que quedaba de sol. Han sido días de persianas bajas, de un dolor que cuesta hablar por miedo a que se rompa en llanto. En medio de esa tormenta de arena J. Me invitó a tomar té a casa y un pan que recién había horneado, sus perros brincaban a nuestro lado, platicamos de adulto a adulto, de cómo estábamos, de lo bueno y también de lo malo de lo poco o lo difícil que era cada vez relacionarte con alguien de manera sincera, de Oaxaca y de su familia con doble raíz – artística/académica. J también me contó de una forma de terapia interesantísima que le había cambiado la vida, no recuerdo a gota el nombre, pero tenía que ver con otorgarle a los clientes/pacientes la herramienta de la narrativa.
Una terapia basada en contar tu historia, ser el dueño y autor de ella, con el objetivo de reescribir tu vida, me dijo “a menudo no somos más que historias, y nos relacionamos a ellas según nos las sean contadas”, y no sólo eso a medida que el autor se siente en confianza y poder, decide si compartir o no su historia y esto hace que otros puedan identificarse con ella. No saberte sólo, no ser el único que atraviesa la tormenta.
Salí de su casa con el corazón resarcido, la plática con J. y el té me hilvanó algunos puntos que cerrarán en algunos días. También en México hay espacio para más que tragedias, su gente es la más bella me digo. Pero entonces ¿cómo puede ser? también me digo. No tengo respuestas, sólo un mar de preguntas acerca de si reside en mí también ese potencial de belleza y tragedia. No lo sé. Ayer me dijo mi mejor amiga, siento que me voy a acabar por romper, le dije casi en automático cuando eso pase nos rompemos juntos. Nos rompemos juntos. Cada vez quiero menos hacerme el fuerte. Cuánto hace falta que la gente se rompa, que nos digamos a la cara que estamos mal, que nos duelen la cosas, cuanto hace falta que empaticemos con el dolor, y que asistamos a la antesala de él sin miedo y que eso también sea gesto de un puñado de amor.
Qué historia soy, qué historia somos, qué quiero contar o escribir en el libro de mi vida, quién sabe quizá un día alguien lo lea, quizá por eso compartimos cosas, para no atravesar la tormenta de arena solos en esa calle que no lleva a ningún lugar.
Nos rompemos juntos entonces, en esta calle infinita que no lleva a ningún lugar, mientras un vendaval de arena nos atraviesa la cara y suena Pueblo Man de Los Hermanos Gutiérrez


