

Compensar hasta romperse
Mientras me desnudo y me meto bajo las sábanas de una camilla de masajes con la misma gracia de una mujer de 80 años que acaba de boxear contra Mike Tyson, pienso que hay dos tipos de dolores en la vida.
El primero es como un vecino molesto que de vez en cuando toca la puerta, y a veces las pelotas, para recordarte que el buzón de tu casa está torcido. No es urgente, no es grave, pero ahí está, insistente, jodiendo, pidiendo atención. Igual que ese cosquilleo incómodo en la espalda, la punzada sorda en la pierna, la fatiga que ignoras hasta que un día te das cuenta de que llevas semanas, meses, quién sabe cuánto tiempo, caminando raro.
Después está el otro, el que no avisa, el que aparece sin previo aviso, sin negociación. Es como un ladrón que te despierta en mitad de la noche con una patada en el estómago, el que no da tregua, el que sientes en cada respiración, en cada intento de moverte. Y aunque parecen distintos, si prestamos un poco de atención, ambos tienen el mismo propósito hacernos reaccionar.
Pero aquí es donde la marrana tuerce el rabo, porque odiamos que lo imprevisto nos obligue a actuar. Nos gusta sentir que tenemos el control. Así que el cuerpo, en su infinita sabiduría, hace lo que mejor sabe hacer, compensar.
Mi espalda lleva años pidiéndome que me tome la vida con calma, enviándome señales en todos los idiomas, con luces de neón y en braille si era necesario, pero mi cabeza dura simplemente se niega a procesar la información. Porque si hay algo que me obsesiona, es el orden y la limpieza. Y mi último enemigo, el que me tiene en guerra cada invierno, es la nieve.

Cada año me prometo que esta vez lo voy a dejar estar, la nieve puede quedarse ahí, total, no molesta a nadie, no necesito salir corriendo a despejarla como si estuviera en una competencia internacional de deshielo. Pero en cuanto veo los primeros copos acumulándose, agarro la pala como si fuera una espada medieval y me lanzo al campo de batalla.
No es que tenga que limpiar un camino para salir, no es que corra el riesgo de resbalar, es que no soporto verla ahí acumulada en mi terraza. Así que empiezo a palear con furia, como si la nieve me debiera dinero. Y en el momento me siento bien, hasta poderosa, hasta que al día siguiente mi espalda me recuerda que ya no tengo 20 años.
Este invierno, la primera punzada no fue nada, solo una pequeña incomodidad en la parte baja de la espalda, algo que con yoga y una ducha caliente parecía desaparecer. Pero no desapareció, solo se escondió, esperando el momento perfecto para saltarme encima.
Días más tarde, otra tormenta invernal nos volvió a golpear y, por supuesto, eso significaba otra sesión de “paleo-terapia”. Mientras tanto, mi espalda ajustaba, acomodaba, compensaba, hasta que un día, al levantarme de la cama, un latigazo me dejó doblada del dolor, casi sin poder moverme, con apenas la dignidad suficiente para arrastrarme hasta urgencias y suplicar por medicamentos.
Desde entonces, el dolor no se ha ido del todo. Hay días en los que me levanto y no lo siento, pero hay otros en los que atarme los zapatos parece un deporte extremo. Todo porque no supe parar a tiempo.
Y mientras Lenny, no Kravitz sino mi masajista, intentaba deshacer los nudos en mi espalda, pensé que lo peor de todo es que esto no solo le pasa al cuerpo.
La vida también compensa, ajusta, disimula… hasta que un día ya no puede más.
Cuando algo nos duele—una relación que se enfría, una pareja nos trata mal, un trabajo que nos agota, una rutina que ya no nos llena—no lo enfrentamos. Lo tapamos con otra cosa. Nos llenamos de proyectos, de vida social, de distracciones, de cualquier excusa que nos haga sentir que seguimos en movimiento sin detenernos a revisar qué está fallando. Y funciona por un tiempo, hasta que un día todo se desmorona y nos encontramos en el suelo preguntándonos cómo llegamos ahí.
Ese día llega cuando explotas por una tontería, cuando el cansancio ya no se quita con dormir, cuando te das cuenta de que no es solo la espalda, no es solo el trabajo, no es solo la relación, sino todo el peso extra que llevaste sin darte cuenta.
Lo peor de todo es que el cuerpo nos avisa. Pero nosotros somos expertos en ignorarlo.
De repente, Lenny tocó mi hombro suavemente y dijo:
—¡Listo!
Pero la espalda me sigue doliendo. Y sé que esto va a ser un proceso largo.
No porque Lenny sea un mal masajista, sino porque hay otras partes de mi vida en las que tengo que aprender a soltar, y en eso, ni Lenny ni nadie pueden ayudarme.
Me va a tocar a mí, poco a poco. Delegar, soltar, dejar de obsesionarme con el control y aprender a disfrutar del simple hecho de no hacer nada. Y quizás, de todas las batallas, esa sea la más difícil.
No compensar. No llevar más peso del necesario. No dejar que lo pequeño se convierta en algo tan grande que nos termine dejando inmóviles.


