

No se crea que la frase “Dios creó al perro para ser comido” es la divisa profesional de un carnicero fabricante de barbacoa. No, nada de eso. Es el titular de una noticia que vi en el periódico hace unos días y se refiere a la protesta de un señor indonesio contra una reciente prohibición de las autoridades de Yakarta para impedir que continúe la sabrosa y secular tradición gastronómica de comerse a los “lomitos” (como le dicen ahora a los antiguos firulais).
A mí no me sorprendió tanto. Hace unos 55 años viví en Moscú, porque mi padre era diplomático en nuestra Embajada, y mi regreso a México lo hice por Oriente. Pasé unos días en Indonesia, hospedado en la YMCA, que era la opción más accesible para los jóvenes. Allá, hice un viaje a la ciudad de Bandung y dos cosas se me quedaron grabadas de manera indeleble: unos murciélagos enormes, como de unos cincuenta centímetros de altura, que colgaban patas arriba dentro de su oscura jaula, en el zoológico (en la penumbra, parecían niños vestidos de frac o disfrazados de Drácula).
La otra experiencia inolvidable fue un modesto y muy concurrido restorán, no turístico sino para locales, donde el ingrediente principal de todos los platillos eran perros. Iba yo con un taxista, a quien invité a comer. Degustamos una especie de adobo muy especiado y ligeramente picante con los trozos de carne canina y, la verdad, mi recuerdo es que era muy sabrosa, aunque lo mismo podría haber sido res o puerco y no me habría dado cuenta. (Por ello, cuando se prueban alimentos excepcionales, deben cocinarse de una manera sencilla, para realmente paladear el sabor novedoso. Es el caso, por ejemplo, de los escamoles o hueva de hormiga; se deben preparar solamente con un poco de cebolla y epazote picados, sin chile, y freírlos en mantequilla para saborearlos en un taco. Cuando los hacen en tortitas con huevo y en caldillo de jitomate, o peor aún, en adobo, jamás se entera uno de a qué saben esas delicias).
Pero volviendo al restorán de Indonesia, para no quedarme con la duda, pedí permiso para ver el corral que tenían en la parte trasera del establecimiento y contemplé unos veinte perros de muchas razas (pero todas mezcladas en cada animal). Para no decirles callejeros, ahora en México les dicen “criollos”, lo que me recuerda al llamado lenguaje inclusivo: El mejor amigo o amiga del hombre o de la mujer es el perro o la perra.
Esos circunloquios del lenguaje, a veces grandilocuentes, también me traen a la mente a los rescatistas o bomberos o policías o aduaneros en cuyo trabajo son ayudados por un perro: ya se les denomina “binomio canino”. Un perro les llamaría binomio humano.
La finura de aquellos suculentos ejemplares del restorán me trajo a la memoria al merolico que se había instalado en una plaza pública para exhibir sus habilidades histriónicas, donde se formó un círculo con sus espectadores. Cuando un canino sin dueño y distraído se metió al virtual escenario, interrumpiendo al juglar, éste preguntó: “¿De quién es este hermoso perro, de quién es este fino can? ¿No es de usted, caballero? ¿No es de usted, señora?… ¡Sáquese de aquí, cochino animal!”, y le aventó una patada.

En el corral que hacía las veces de reservorio de alimentos, se engordaba a los perros a base de arroz durante varias semanas, para que ganaran peso y además se “limpiara” la carne de la dieta anterior a que hubiera estado sujeto cada ejemplar. Al parecer, los perros eran atrapados en las calles y llevados a vender al restorán.
Como la mayoría de la población de Indonesia es musulmana y ellos no comen perro, ese consumo minoritario tiende a desaparecer. Por su parte, la prohibición del gobernador de Yakarta -basada en el peligro de propagación de enfermedades como la rabia- acelera la desaparición de los chuchos en las mesas de ese país. Alfindo Hutagaol, el indignado consumidor que declaró “Dios creó al perro para ser comido”, tiene sus motivos científicos para protestar, más allá de la gula hedonista.
En efecto, los perrívoros indonesios sostienen que el consumo de esa carne incrementa las plaquetas sanguíneas y que ello es una protección contra el dengue, esa peligrosa enfermedad tropical que es transmitida por ciertos mosquitos.
Como sea que fuera, toda mi vida he tenido perros -desde que nací hasta la fecha- y no puedo abstraer mi cariño por esas mascotas y separarlo de su eventual condición de platillo o guisado. Ahora mismo estoy acariciando a Tinto, un simpático orejón cazador de zorras en Inglaterra (beagle que adoptamos hace años en Tres Marías).
Por asociación de ideas, rememoro un viaje a Cuzco con Silvia y Emiliano, cuando él tenía unos trece años. Una noche cenamos un delicioso cuy entero al horno, esto es un cuyo o conejillo de Indias (Silvia ni lo probó). Al día siguiente fuimos al mercado, visita ineludible para mí en cualquier periplo. Allí vimos, en cierta sección, una gran cantidad de jaulas con esos simpáticos animalitos vivos, listos para ser distribuidos a los restoranes locales. Nos impresionó su agradable apariencia al tener todavía el sabor de boca del banquete de la víspera. Por cierto que eran muy baratos y mi hijo comentó: “¡En Mascota valen diez veces más!”.

