

En 2019 me las arreglé para entrar a un posgrado de diseño hablando de la cinematografía de Studio Ghibli. Propuse entonces una lectura algo osada: trazar, bajo el arco narrativo de Joseph Campbell, una metodología que encontrara resonancias entre el sonido —como fenómeno acústico y sensible— y las distintas etapas del héroe. Quería saber si, a lo largo de ese itinerario de doce pasos, existía una música precisa para cada detención del relato, un pulso sonoro capaz de acompañar cada umbral. Con mayor o menor coherencia —y no sin la contradicción de anteponer una mirada occidental a una cosmovisión sintoísta—, la tesis se sostuvo, se cerró, y yo obtuve una maestría.
La tesis, por cierto, queda en los comentarios. Juzgue usted.
Ese mismo año comprendí que la vida no es tan distinta. Que el tiempo también se organiza en doce estaciones y que cada mes puede leerse como una etapa del héroe. Léase esto sin la imagen ampulosa de Link salvando Hyrule con la espada en alto; o léase así, si se quiere, porque la fantasía nunca sobra cuando se trata de refugiarnos, aunque sea por unos minutos, del espanto del mundo.
No sé si el año pasado tuvo algo de honorable —la honra, al fin y al cabo, es la virtud mayor del héroe—, ese gesto silencioso de sacrificio por el otro.
Aprendí, eso sí, que decepcionar a alguien es no estar a la altura de sus expectativas, y que esa distancia se repite inevitablemente cada vez que nos encontramos con otro. Una pregunta de mi poeta favorito, Genaro Patraka, insiste en volver: ¿qué buscas en mí que está en ti? No es una cita; es una fisura. Me la sigo preguntando:
¿Qué buscan en uno?

Aprendí también que la vida no tiene por qué vivirse como un sacrificio permanente. Que hay sueños que no ocurrirán, proyectos que quedarán a medio trazar y libros que jamás terminaremos. Y que madurar, quizás, consista en hacer las paces con esa intemperie desde un lugar de ternura hacia uno mismo. En 2025 entendí, además, que a veces el mejor camino es el del asceta: hablar poco de los demás, trabajar en silencio sobre uno mismo, retirarse un poco para no dejarse horadar por el taladro constante de la neurosis ajena.
Con el tiempo he visto a dos personas cercanas vivir más en paz que muchos otros —incluyéndome—. No porque hayan encontrado respuestas definitivas, sino porque caminan en lo suyo. Opinan poco, trabajan en sí, evitan el ruido. No se trata de una indiferencia política hacia lo colectivo, sino de una renuncia íntima a participar en el tribunal permanente donde se juzga a los otros.
Me pregunto si, como en el viaje de Campbell, este año guarda para nosotros doce pruebas, doce umbrales, doce transformaciones. Y si somos capaces de cargar una encomienda así sobre la espalda sin quebrarnos.
Qué refrescante sería que, en algún punto, una llamada o un correo nos atravesara con una tarea hecha a nuestra medida: un llamado a la aventura. Que aparezca el mentor. Que crucemos el umbral. Que dejemos atrás este mundo ordinario y algo vulgar, y nos lancemos a una travesía transoceánica, como Ulises, rumbo a Troya y de regreso, sabiendo que volver no significa ser el mismo.
Ojalá este año esté cargado de encomiendas que nos queden a la altura. Porque el peor viaje, al final, es el que nunca se emprende.


