

Aprender a acompañar
Miguel Ángel Martínez Martínez, Colectivo La Voz de los desaparecidos en Puebla*
Yo no llegué a los colectivos de búsqueda con una intención clara ni con un plan definido. No fue una decisión racional ni una vocación previamente asumida. Llegué, más bien, porque la vida me fue llevando. Porque quise escuchar. Porque algo me convocó sin saber exactamente qué era. Y cuando llegué, ya no pude irme. Mi acercamiento no ha sido solo con el colectivo La Voz de los Desaparecidos en Puebla, sino también con colectivos en Veracruz, Culiacán, Morelos, Mexicali y en búsquedas nacionales e internacionales. A veces pienso que no fue tanto un acompañamiento como un compartir: compartir el tiempo, el espacio, la historia y, sobre todo, el dolor. Llegué sin saber qué decir, sin saber qué hacer, con más preguntas que respuestas. Trato de escucharles siempre como la primera vez. Cada testimonio me destroza el alma y, al mismo tiempo, me la vuelve a armar. Es una experiencia difícil de explicar. Algo se rompe, pero algo también se recompone. No es solo una sacudida emocional es una transformación profunda en la manera de pensar, de ejercer la profesión, de entender la vida. Escuchar ese corazón herido, atravesado por la ausencia, me trastoca en todos los sentidos. Soy filósofo de formación, antropólogo por insistencia y profesor por necesidad. Llegué con conceptos, teorías, palabras. Pero frente a ellas todo eso se vuelve insuficiente. Ellas piensan desde un lugar que no cabe en los libros. Desde una experiencia que desarma al pensamiento académico, pero que al mismo tiempo lo obliga a replantearse. En su dolor hay una fuerza que interpela, que cuestiona, que desmonta discursos oficiales y pone en evidencia las fallas del sistema. Ellas me acogieron. Me recibieron como se recibe al solovino: ese que llega solo, sin pertenecer del todo, pero que termina formando parte. En ese estar comprendí que la profesión no es únicamente un ejercicio técnico ni una actividad remunerada, sino un acto de profesar principios, de sostener una ética, de comprometer la escucha y el cuerpo. Estas mujeres han refutado a gobiernos municipales, estatales y federales. Han puesto en jaque a peritos, especialistas y técnicos. Desde la certeza del amor dicen “este no es mi hijo”, y obligan a volver a empezar. En su búsqueda no solo buscan a quienes faltan; también nos encuentran a muchos otros. Nos convocan. Nos enseñan otra manera de habitar el mundo. Por eso creo que no debemos dejarlas solas. Cuando las vean marchar, cuando las vean buscar, acérquense. Acompáñenlas. Porque ellas, incluso en su dolor más profundo, no nos dejan solos. Y esa, quizá, sea una de las lecciones más grandes que he aprendido caminando con ellas. A quien dice que todo está perdido, recordando a Fito Páez, ellas le responden: yo vengo a ofrecer mi corazón.
* Transcripción Jazmin Nuñez Garcia (LC/N)
Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Fotografía cortesía del autor.


