Comenzar por el principio

Felipe Garrido

Contra el olvido, imágenes y escritos

Quedamos, pues, en que las palabras, cuando son meramente dichas resultan volátiles, son apenas un soplo, una vacilante vibración del viento… y mientras permanezcan en ese estado quedarán expuestas a perderse, a que sean olvidadas.

Quedamos también en que, desde hace mucho tiempo, hubo manera de remediar eso. Según lo ha dicho durante siglos un proverbio chino “La tinta más pálida es más resistente que la memoria al paso del tiempo”. Si nos interesa que algo perdure, hace falta que lo fijemos en algún soporte, por escrito y de manera gráfica, con palabras y con imágenes, pues hay formas de la realidad que están más allá de las palabras.

En los relatos de exploraciones, de incursiones, de viajes por tierras que son desconocidas para los autores, abundan los testimonios de hallazgos y de encuentros no previstos, inesperados –a veces amenazantes, a veces gratísimos, siempre sorprendentes. Las palabras son un instrumento para conservarlos y explorarlos, para empezar a conocerlos, pero siempre hace falta la experiencia de su trato.

“El día pasado, cuando el Almirante [Colón] iba al río del Oro, dijo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar. Pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo también que otras veces vio algunas en Guinea [África], en la costa de Manegueta.” Dice José Durand en su Ocaso de sirenas…, más para que sus lectores podamos contar con una imagen de lo que vio Colón hace falta recordar completo el título de su libro: …esplendor de manatíes.

Y algunos años después, en su obra más importante, el Sumario de la natural historia de las Indias, que se publicó en 1535, Gonzalo Fernández de Oviedo escribió:

Comen asimismo una manera de serpientes que a la vista son muy espantosas, pero no hacen mal, ni está averiguado si son animal o pescado, porque ellas andan en el agua y en los árboles y por tierra, y tienen cuatro pies, y son mayores que conejos, y tienen la cola como lagarto, y la piel toda pintada, y por el espinazo unas espinas levantadas, y agudos dientes y colmillos, y una papada muy larga y ancha, que le cuelga de la barba al pecho. Y es callada, que ni gime ni grita, y se queda atada donde quiera que la aten, sin hacer mal alguno ni ruido, diez y quince y veinte días, sin comer ni beber cosa alguna. Y es de cuatro pies, y tiene las manos largas y muy perfectos los dedos, y uñas largas como de ave, pero flacas y no de presa, y es muy mejor de comer que de ver, porque pocos hombres habrá que la osen comer si la ven viva, excepto aquéllos que ya están acostumbrados a pasar por este temor. La carne de ella es tan buena o mejor que la del conejo.”

¿De qué habla el cronista?

Pues de las iguanas, que los europeos no conocían y que, para quienes no las han probado, tienen un aspecto poco apetitoso,

Una edición bien cuidada de esta clase de obras llevará donde haga falta las imágenes que, sin necesidad de decirlo, completen la información de los escritos –de ser posible, tomadas de documentos tan viejos como los textos que ilustren.

Un conflicto que hace falta resolver: hay formas de la belleza que son inasibles, que no es posible encarnar, concretar, reducir a ninguna manera de representación. ¿Qué mujer podría encarnar a la mi señora de “La misa de amor”, el romance que presento en seguida?

“Mañanita de San Juan, / mañanita de primor, / cuando damas y galanes / van a oír misa mayor. // Allá va la mi señora, / entre todas la mejor; / viste saya sobre saya, / mantellín de tornasol, / camisa con oro y perlas / bordada en el cabezón. // En la su boca muy linda / lleva un poco de dulzor; / en la su cara tan blanca, / un poquito de arrebol, / y en los sus ojuelos garzos / lleva un poco de alcohol; / así entraba por la iglesia / relumbrando como sol. // Las damas mueren de envidia, / y los galanes de amor. / El que cantaba en el coro, / en el credo se perdió; / el abad que dice misa, / ha trocado la lición; [ha cambiado la lectura] / monacillos que le ayudan, / no aciertan responder, non; / por decir amén, amén, / decían amor, amor.”

Únicamente la poesía abre la posibilidad de que cada lector, cada lectora, dé cuerpo a lo que estas palabras sugieren.

Felipe Garrido