

La molécula de la esperanza
Dicen que la esperanza es lo último que muere, pero a mí se me murió varias veces este año cuando mi cuerpo decidió ponerse creativo. Lo primero que pensé fue que sería la edad; luego culpé al estrés; después, en un intento desesperado de encontrar un culpable tangible, responsabilicé a Mercurio retrógrado. Pero no era ninguna de esas cosas. Era dolor. Y no un dolor heroico, de esos que puedas contar diciendo “me rompí la pierna esquiando en los Alpes suizos”. No. Era un dolor común, agudo a ratos, de esos que te acompañan al súper, al trabajo, a la ducha. Un dolor sin glamur, pero que te jode la vida igual.
Empezó en las articulaciones, luego en el hombro, luego en los pies, hasta que un día me descubrí pidiéndole a mi marido que me ayudara a levantarme de la cama. Así que me lancé a la peregrinación médica, buscando un diagnóstico que justificara por qué algunas mañanas mi cuerpo parecía tener 50 años más que yo. Fui a reumatólogos, fisiatras, especialistas en dolor crónico. Y todos, absolutamente todos, me dijeron lo mismo: “Estás perfectamente sana”.
Qué irónico que te digan “sana” cuando lo que sientes es que tu cuerpo está hecho pinole.
Como solución temporal me dieron pastillas para el dolor, y con eso fui sobreviviendo. Había días en los que necesitaba ayuda para vestirme. Otros en los que me sentaba al borde de la cama más de diez minutos porque sentía que, si me ponía de pie, las piernas se me iban a partir.
Y aun así, algo dentro de mí se negaba a soltar la cuerda del todo. Mientras todo eso pasaba, yo seguía yendo al gimnasio. Religiosamente. De lunes a sábado. No porque me sintiera fuerte o disciplinada: iba porque, si dejaba ese último espacio de rutina, si renunciaba a ese pequeño lugar donde todavía me reconocía un poco, sentía que también iba a perder la poca estabilidad mental que me quedaba.

Había días en los que caminaba en la caminadora mientras renegaba de mi vida. Otros en los que lograba hacer un par de pesas. Otros en los que me sentaba en la colchoneta a estirar como una señora de la tercera edad. Pero seguía yendo porque, si no lo hacía, tenía miedo de caerme del todo.
Hace unas semanas empecé un tratamiento nuevo con una doctora en México. Y aunque no quiero sonar exagerada, esa mujer fue la primera persona que no me hizo sentir loca. Me escuchó con calma, revisó todo sin prisa, me preguntó cosas que ningún otro médico había considerado y, sobre todo, me habló de mi cuerpo como si tuviera sentido.
Desde entonces voy mejorando. No milagrosamente, no de un día para otro, pero sí de forma constante. Hay mañanas en las que ya no despierto sintiendo que mi cuerpo es un mueble viejo a punto de romperse, y eso, para mí, ya es una victoria.
Anoche cené con unos amigos a los que no veía desde principios de año. Uno de ellos —el más deportista del grupo, el que esquía en invierno, hace hiking en verano y anda en bicicleta como si estuviera entrenando para el Tour de Francia— me contó que pasó el verano fastidiado por un dolor absurdo en la espalda. Intentaba caminar por la playa y a los veinte metros tenía que regresarse a casa. Veinte metros. Me lo contaba con resignación, explicando que aun así salía todos los días a caminar lo poco que podía, hasta que dieron con el problema. Lleva dos meses en terapia física y todavía le está costando mucho recuperarse.
Mientras lo escuchaba, pensé que no soy la única a la que el cuerpo le está pasando factura. Que no soy la única que un día despertó con un dolor que no debería tener a mi edad, ni la única que se vino abajo sin previo aviso. Todos tenemos alguna historia rara con el cuerpo que no contamos por vergüenza, por miedo a sonar exagerados o porque creemos que nadie nos va a entender.
Hace unos días escuché a una científica hablar de lo que pasa en el cuerpo cuando hacemos ejercicio, y mientras la escuchaba sentí cómo las piezas de mi rompecabezas encajaban unas con otras. Resulta que cuando movemos los músculos, aunque sea poquito, estos liberan unas sustancias llamadas myokinas. Son mensajeros químicos reales, estudiados, que viajan por la sangre y le dicen al cerebro: “Tranquilo, seguimos funcionando”. No es manifestación ni pensamiento mágico pendejo. Es biología pura. Algunas myokinas ayudan a regular la inflamación, otras mejoran la energía y varias reducen el riesgo de depresión. Por eso muchos científicos llevan tiempo llamándolas las moléculas de la esperanza. El nombre es cursi, sí, pero lo que producen es exactamente eso, un poquito de esperanza en días en los que no tienes ninguna.
Y lo mejor es que no hace falta correr un maratón ni vivir en el gimnasio. Basta con mover algo —un brazo, una pierna, lo que te dé la vida ese día— y, ¡boom!, el cuerpo entiende la señal y responde.
Y quizá, por primera vez en mucho tiempo, esa idea me reconcilió con mi cuerpo y con el ejercicio. Porque no escribo esto para decir “miren qué fuerte soy”. No lo soy. Solo soy una mujer intentando entender su propio cuerpo sin volverse loca en el proceso. Y si algo he aprendido es que, a veces, la esperanza no baja del cielo, a veces hay que sudarla. Y, sin darte cuenta, te llega desde tus propios músculos, cada vez que logras moverte un poquito más que ayer. Y eso, perdóname, pero es la noticia más esperanzadora que he escuchado en mucho tiempo.
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