

De juventudes, chavorrucos y la necesidad de escuchar
Juventud divino tesoro ¡Ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer, decía Rubén Darío en uno de sus siempre cursis (cosa de la época) poemas. Luego las nuevas generaciones anhelantes de la vida eterna se esforzarían por mantener la juventud a través del tiempo.
Los cambios en la alimentación, en el tren de vida, la ampliación y democratización de la industria cosmética, la mayor conciencia del cuidado personal y otras manías modernas han permitido la simulación de la juventud extensa. La juventud está en el corazón, en la esperanza, en las cosas que uno sueña y la energía que pone en realizarlas, se dice ahora, y así tenemos chavorrucos, y adolescentes ancianos.
Vale la pena recordarlo sobre todo ahora que, con esa moda de debatir a la Generación Z; la medio artificial sonoridad que se ha dado a las legítimas quejas de la adolescencia y primera juventud de los mexicanos; y la muy artificial discusión sobre la prudencia de que a estas quejas se incluyan quienes pueden ser los padres o abuelos de quienes convirtieron una nada temible calaverita con sombrero en su símbolo de batalla (en alusión una popular y aparentemente larguísima serie de dibujos animados).
En Morelos la juventud es muy relativa
Extraña el purismo en Morelos, un estado donde las edades se trastocan tanto que hemos tenido dirigentes estudiantiles mayores de treinta años; funcionarios responsables del despacho de atención a la juventud de más de cuarenta, hay iniciativas para que las personas puedan ser diputadas cumplidos los 18 años…

Uno diría que lo valioso de cada uno está en aquello con lo que se llenó el cerebro, el espíritu y hasta el cuerpo. Pero como estamos en una época ignorante de la moral, la sabiduría y la esencia de las cosas, lo que se discutirá en estos y otros días es la legitimidad basada en una etiqueta y no en el contenido de las protestas, las demandas, los clamores y las inconformidades de quienes han decidido oponerse, a qué o quién no queda claro porque tanto la inseguridad como las otras demandas que se fueron añadiendo a la movilización del sábado pasado son conceptos impersonales y de percepción.
Y si bien no se trata de minimizar los reclamos de quienes, en ejercicio de sus derechos consideran que el Estado (así en general, con todos sus poderes, gobiernos, administraciones, órganos autónomos e instituciones) les está fallando; también es dable considerar que la mayoría de los participantes de la movilización de la Generación Z en Cuernavaca no eran jóvenes sino gente ya entrada en años que (a lo mejor sintiéndose tiernitos de corazón) decidieron sumarse a las quejas reproducidas y extendidas en las redes sociales por medios algunos legítimos y otros no tanto.
Mal haría cualquiera en pensar que toda la movilización juvenil y sus demandas son ilegítimas solo porque la abanderaron, también muchos adultos y algunos adultos mayores. Las inconformidades son reales y no solo “cosas de chamacos” como suele tratarse a la rebeldía juvenil; esas inconformidades tienen su centro en el gran pendiente que el Estado tiene con las juventudes desde hace por lo menos dos décadas: la seguridad pública.
Una queja legítima
Las mujeres y hombres jóvenes han perdido derechos que las generaciones anteriores daban por sentado, salir a divertirse, conseguir empleo, pasear por las calles, ir a la escuela, sin que ello suponga poner en riesgo su vida. La marca de unidad y comunidad que los jóvenes del siglo pasado y el inicio de éste tenían con la apropiación de los espacios públicos y la conciencia de ser dueños de su futuro se fue perdiendo primero por la ampliación y diversificación de operaciones de grupos delictivos en el territorio nacional; luego por las omisiones e incapacidad manifiesta del Estado para contenerlos y proteger a las juventudes; pero también por la reproducción y el aumento de prácticas de riesgo de las mujeres y hombres jóvenes (alto consumo de alcohol y drogas, aumento en la reproducción de conductas antisociales y participación en grupos delictivos, búsqueda de dinero fácil, escasa formación en valores y cultura del esfuerzo). En descarga de las juventudes habría quienes aleguen que se trata de una forma de adaptación a una sociedad en extremo agresiva; pero esto sería cierto solo en parte, aunque sea sumamente impopular debe decirse que, en términos generales, las juventudes de hoy gozan de muchos más privilegios en términos de servicios y apoyos institucionales que las generaciones que les precedieron. Lamentablemente, estas oportunidades han sido insuficientes para garantizarles una existencia pacífica, un desarrollo integral, o la existencia de oportunidades en un sistema que aún sufre para incluir a sus juventudes.
Hacia una sociedad incluyente
La dotación de oportunidades para las juventudes no está en asignarles tareas para las que probablemente no estén preparados (como las legislativas); pretender que hacer diputados a jóvenes a partir de los 18 años es una medida de solución para una sociedad incluyente es absurdo y parece mucho más un intento por disfrazar la evasión de responsabilidades para construir programas que realmente rescaten a las juventudes y las garanticen espacios de paz para habitar y crecer con tranquilidad.
Lo que demuestran muchas de las propuestas de los políticos cuando se habla de juventud es que, igual que muchísimos padres, son incapaces de escuchar lo que requieren las nuevas generaciones para construir su felicidad. Curiosamente, parecen siempre ser soluciones mucho más sencillas: dejarlos vivir en paz y procurar ambientes para ello no es un asunto tan difícil de comprender, aunque operarlo sea sumamente complejo.
Probablemente el problema radica en que el Estado es una institución siempre conservadora (en ello le va la vida) y piensa como ancianito protector, algo que resulta sumamente molesto a los jóvenes (excepto cuando están enfermos y quieren una sopita). No es tan difícil, escuchemos, atendamos y construyamos junto a ellos un mejor futuro, uno en el que quepamos todos en armonía.
@martinellito
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