Una polla en el tintero

 

En el tintero se me estaban quedando muchas cosas, como esta polla de mi adolescencia. No hablo de una jovencita atractiva ni de una vaquita organizada entre los oficinistas para jugar a la lotería. Me refiero al batido que acostumbraba desayunar antes de irme a clases de siete en CU. Como debía salir de casa a las 6:30, a esa hora no se antojaba un desayuno en forma, así que yo lo solucionaba con un gran vaso de vidrio dentro del cual colocaba un plátano, dos huevos, suficiente azúcar, un chorrito de extracto de vainilla, una pizca de canela en polvo, un buen fajo de jerez dulce y leche (que ya casi ni le cabía al vaso); vaciaba todo a la licuadora y, molida y vuelta al vaso, me bebía mi fortificante y rica pócima. Mis papás ni se enteraban.

No se crea que mi afición por el licor me llevaba a tan mañanera ingestión etílica, sino que era mi propósito emular al albañil o al mecánico que así se reconfortan con sobradas calorías para el arduo trabajo de una pesada mañana. Todos los puestos de jugos y licuados que funcionan temprano, sobre todo en la Ciudad de México, tienen un botellón de a galón de Jerez Tres Coronas y huevos crudos de gallina y a veces de codorniz para semejantes pollas y asimismo para los jugos de naranja; la receta en estos últimos no es licuado ni batido el contenido, sino simplemente el jugo con el jerez y los huevos dentro, sin revolver.

Tenía yo diecisiete años de edad e iniciaba mi carrera de Economía en la UNAM, cuando mis pollas mañaneras estuvieron a punto de convertirse en hábito. Lo impidió mi maestro de Teoría Económica, Mario Ramón Beteta, quien a las pocas semanas de iniciado el año escolar, un día me dijo: “Oiga, Iturriaga, usted siempre llega a clases de siete con aliento alcohólico”. Le expliqué el motivo y nunca más le volví a poner jerez a mis pollas. Como era buen alumno, el maestro fue comprensivo y, de hecho, fui de los pocos que obtuvo diez de calificación final. Fue uno de mis mejores maestros en toda la carrera, siempre llegaba unos minutos antes de las siete y a esa hora en punto cerraba la puerta y ya nadie podía entrar. Tuve el gusto de tratarlo varias veces después, ya como gobernador del Estado de México y luego como director de Fonatur. En alguna ocasión me tocó presenciar una escena algo penosa, cuando un lambiscón se dirigió a él llamándolo “maestro Beteta” y recibió como respuesta: “Disculpe, yo no recuerdo que usted haya sido nunca mi alumno”. Yo sí lo fui y sí lo llamaba así.

(Siempre que sale a colación mi condición de licenciado en Economía, aclaro de inmediato que también soy licenciado en Historia, pues no deja de avergonzarme el estado en que tienen a México los economistas. Y así nos tienen los gringos de rodillas con las importaciones de maíz…).

Otro profesor en aquel inicio de carrera fue el contador Casanueva, buen maestro de Contabilidad pero implacable en su ruda ironía; no menos de diez condiscípulas en algún momento llegaron al llanto y asimismo un alumno. Su especialidad era desconcertar al estudiante inseguro (y la mayoría lo era frente a él). Una joven ante el pizarrón recibía la orden de anotar cierta cifra en una cuenta y cuando la escribía en el “Debe”, Casanueva casi le gritaba: “¡Ah!, ¿si?”; entonces ella, toda nerviosa, borraba rápidamente y la ponía en el “Haber”, recibiendo idéntico comentario, pero con voz más agresiva, y así se repetía la escena hasta que ella lloraba. A Casanueva le encantaba cuando algunos pocos nos le enfrentábamos (sólo habiendo estudiado mucho) y ante su socarrona y desorientadora pregunta “¡Ah!, ¿si?”, le contestabas con aplomo: “¡Sí!”. A Ofelia Botella la sacó varias veces del salón porque no podía evitar su risa estridente e incontrolable, pero él creía que se estaba burlando; nada de eso, era de puros nervios. Y sigue igual, Ofe no ha cambiado… aunque apenas han pasado sesenta años. La trinca infernal la integrábamos Ofelia, Patricia Fulgueira y yo, inseparables amigos. A Patricia nada la achicopalaba, ni Casanueva, hasta que hace unos años la venció algo más letal.

Y a propósito de pollas, a Emiliano casi diario le hacía una muy poderosa, pero sin jerez. Siempre tuve temor de que se quedara chaparro, pues tanto en la familia de Silvia como en la mía hay algunos hermanos de moderada estatura. Atrás de la puerta de la alacena de la cocina, desde hace años lo iba midiendo periódicamente, pintando rayas con la fecha de cada medición, y desde luego desapareció mi temor, pues chaparro no se quedó. Un día comentábamos cómo había crecido y con esa agudeza que con frecuencia tiene, me dijo: “De hecho, me encogí, pues estabas tan desesperado por que creciera que pintabas unas rayas más altas que lo verdadero”. Me emociona mucho ver cómo se convirtió en un hombre, en un abrir y cerrar de ojos.

José Iturriaga de la Fuente