#Pareja Ideal y otras mentiras

 

Si le preguntas a un gurú de finanzas, dirá que compres la casa más fea en el mejor barrio. Tiene lógica. Porque cuando sube el valor del vecindario, hasta la propiedad más cutre flota. Pero lo que no te dicen —ni los gurús ni las calculadoras— es que, en el proceso, probablemente serás el más infeliz de la cuadra.

Porque vivir rodeado de casas más grandes, coches más caros y vecinos pudientes no solo pone en evidencia lo que no tienes… también enciende una competencia silenciosa, absurda y agotadora por mantener las apariencias. No es solo la presión de pertenecer, sino el peso de fingir que ya perteneces.

En 1913, un caricaturista llamado Arthur Momand dibujó una tira cómica titulada Keeping up with the Joneses, que literalmente significa “mantenerse al nivel de los Jones”. En ella, una familia común vivía obsesionada con igualar la vida lujosa de sus vecinos. Lo curioso es que los Jones jamás aparecían. Eran una sombra, una vara invisible. El estándar imposible.

La frase sobrevivió al siglo. Hoy no vivimos en calles con banquetas, vivimos en un vecindario digital donde las fachadas se llaman perfiles y las ventanas son pantallas. Los nuevos Jones no viven al lado, sino en tus redes sociales. Se llaman @Viajeros54, @CEOdeLaVida, @FamiliaFeliz01, etc.

Antes la envidia era más honesta. Sabías que el vecino tenía un Audi, pero también escuchabas cómo se gritaban durante la cena. Sabías que se iban a Cancún, pero también te pedían azúcar o café a fin de mes. Hoy, en cambio, solo vemos la postal luminosa, nunca las cuentas pendientes.

Yo crecí viendo la vida de los otros desde la ventana, con la nariz pegada al mosquitero. Sabía que Doña Clotilde vendía tamales cada sábado para ayudar a su marido a completar el gasto, que Don Pepe volvía borracho los viernes, que los niños de la esquina llevaban uniforme limpio, pero la lonchera vacía. La vida sucedía afuera, a la vista de todos, y en esa exposición teníamos eso que hoy nos falta, comunidad. Porque saberse visto —con luces y sombras— también significaba ser acompañado.

Recuerdo bien a la familia que llegó al barrio cuando yo era niña. Eran lo que hoy llamarían Whitexicans. La mamá, rubia y siempre con el pelo recién hecho. El papá, de corbata y puesto ejecutivo. Los niños iban a un colegio privado. Eran los ricos del barrio, la aspiración colectiva de todos nosotros, los de “color cartón”.

Hasta que un día supimos que en esa casa también se cocían habas. Él, el padre, tenía otra familia; ella bebía vodka por las mañanas y tomaba pastillas para dormir; el hijo mayor se drogaba. El padre acabó en la cárcel por fraude, un 18 de septiembre, justo un día antes de uno de los peores terremotos en la historia de México. Esa mañana, los chicos estaban solos en casa. Y aunque la familia nunca se mezclaba con la “chusma”, fueron los vecinos —los mismos a los que miraban por encima del hombro— quienes los acogieron y ayudaron durante el desastre. Ese día entendimos todos, a la mala, que la grieta entre “ellos” y “nosotros” no separa, que, en la tragedia, une.

Hoy, en cambio, no conocemos la grieta. Solo vemos la vitrina. La influencer no muestra su llanto en el baño mientras sus hijos y su marido la ignoran; enseña las fotos de su último viaje. El coach de vida no publica su insomnio; publica el libro que “le cambió la existencia”. Las parejas “felices” no suben fotos cuando duermen en camas separadas, pero sí presumen fotos con el hashtag #ParejaIdeal.

Y nosotros —que lo sabemos, que lo intuimos— igual nos comparamos. Igual sentimos que vamos perdiendo. Porque también jugamos el mismo juego. También elegimos el filtro, el ángulo, la frase bonita. Y luego nos preguntamos por qué estamos tan vacíos y solos.

Biológicamente, el cerebro humano está cableado para compararse. Es instinto, saber si éramos los más fuertes o los más rápidos, eso nos ayudaba a sobrevivir. Pero en tiempos de vitrinas digitales, esa brújula se fue al carajo.

Una vez, de adolescente, acompañé a mi papá a casa de un cliente. Mientras él hablaba de trabajo, yo me quedé hipnotizada frente a una pecera preciosa. Un pez naranja nadaba entre castillos de plástico y plantas falsas. Ese pez, en su agua limpia y su pecera espaciosa, me parecía feliz.

Recuerdo haber pensado: “Algún día quiero ser como él. Tener una casa grande, nadar tranquila, vivir sin sobresaltos.”

Al salir, mi papá me dijo que esos peces eran delicados y no vivían mucho. Su cliente los reemplazaba sin que los hijos lo notaran. Siempre era otro. Siempre una ilusión.

Compararse es exactamente eso, es desear la perfección del acuario ajeno sin imaginar cuántos peces muertos han ido tirando por el drenaje.

Extraño mi barrio, aquel donde, si llorabas en la banqueta, alguien se levantaba a socorrerte, porque sabían quién eras. Hoy presumimos amigos en Dubái, en París, en Madrid… pero no conocemos ni siquiera al que vive al lado.

Es muy peligroso vivir en la nostalgia. Sé que el mundo no va a volver al zaguán abierto ni al tendedero comunitario. Ese tiempo murió, se fue y no va a regresar. Pero quizá aún estemos a tiempo de darnos cuenta de que las apariencias, tarde o temprano, se resquebrajan. Y que lo único que nos salva no es la fachada recién pintada ni el filtro de Instagram, sino atrevernos a mostrar la casa en ruinas que cargamos dentro. Porque, al final, todos somos un poco desastre y un poco milagro. Y quién sabe, quizá al dejar de fingirlo dejemos de competir por apariencias… y empecemos a ser, al menos, menos infelices.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara