

Cuando era adolescente, México se desplomó como un edificio sin cimientos y, con su derrumbe, arrastró los sueños de millones. La devaluación de los 90’s llegó como una ola negra que no dio tiempo de respirar; lo que ayer parecía abundancia hoy olía a miedo, a cuentas sin pagar y a promesas hechas trizas. Mi familia no fue la excepción.
Nunca fuimos ricos, pero mi padre trabajaba en una agencia de coches, y eso nos daba el privilegio de estrenar autos casi cada año, aunque todo lo demás en la casa fuera más bien modesto. Éramos esa familia que parecía de clase media alta desde el parabrisas hacia afuera, pero que por dentro contaba los pesos para el súper.
Yo me sentía invencible. Llegar a la secundaria en un deportivo era como tener un escudo contra la adolescencia. El coche hablaba por mí. Me hacía creer que pertenecía a ese grupo selecto de niñas que desayunaban en el Sanborns y vacacionaban en Cancún. No tenía la ropa de marca ni las fiestas en casa con alberca, pero tenía el coche. Hasta que la economía mexicana decidió darle un infarto al peso.
Recuerdo la noche en que mis padres nos dijeron que había que vender los coches. Así, sin anestesia. De la noche a la mañana pasé de bajar de autos último modelo a treparme a un bocho azul, prestado por un tío político. El asiento se hundía, las ventanas eran manuales y el estéreo solo agarraba AM. Cada vez que llegaba a la escuela, rezaba para que nadie me viera.
Ahí entendí lo que significa vivir por encima de tus posibilidades. Lo que es fingir. Aprendí, de golpe, que duele cuando la ilusión se desmorona y te toca asumir tu lugar real en el mapa social. Tal vez por eso hoy me cuesta tanto el postureo, porque sé el precio que se paga cuando se cae la máscara.
Lo peor de todo es que, aunque intento mostrarme tal cual soy en el plano social, en el emocional me cuesta más. Porque, aunque aprendí pronto que fingir nunca lleva a nada bueno, hoy me descubro frente al espejo con esa misma sensación, la no saber cuál es mi cara y cuál es la máscara.

No hablo de filtros de Instagram ni de mascarillas coreanas con baba de caracol; hablo de esas máscaras invisibles que usamos para sobrevivir, la de “todo está bien” cuando en realidad quisiéramos mandar todo al carajo; la de “puedo con todo” aunque por dentro se nos esté cayendo el alma; o la de “soy feliz en mi trabajo Godín” mientras contamos los minutos para salir. Esas máscaras son cómodas, claro, porque nos permiten entrar a la junta con sonrisa lista, responder “sin problema” cuando lo que queremos es gritar. Pero, como todo en la vida, llega un momento en que pesan. Y pesan mucho.
Hace unas semanas, leyendo sobre historia del arte, me topé con Tamara de Lempicka y su historia me atrapó como chisme de vecindad. Pintora polaca, exiliada en el París de los años 20, musa y creadora a partes iguales, era una mujer que parecía haber firmado un pacto con el diablo para vivir como estrella cuando la mayoría de las mujeres apenas podía decidir qué ponerse.
Su vida era un derroche obsceno de estilo y excesos, fiestas que terminaban al amanecer; amantes de ambos sexos, desde duques y pintoras hasta actores y poetas que olían a escándalo, whisky caro y tabaco francés. Era, sin exagerar, la it girl de la era Art Decó, una influencer con óleo y pincel. Pero lo que más me fascinó no fueron sus retratos de aristócratas, sino un cuadro en particular, su autorretrato al volante de un Bugatti verde. La imagen perfecta de una mujer que no pedía permiso ni perdón.
Lo más irónico de la historia es que, a pesar de ser un “autorretrato”, Tamara nunca tuvo ese Bugatti. El coche era símbolo de lujo, poder y modernidad, pero ella conducía un Renault amarillo. Esa mentira pintada con óleo me hizo pensar que detrás del mito había miedo, miedo al olvido, a la pobreza, a no ser suficiente. Tamara no solo pintaba cuadros; pintaba la vida que deseaba vivir.
Y pensé: ¿cuántos Bugattis verdes hemos inventado nosotros a lo largo de nuestra vida?
Porque hoy seguimos haciendo lo mismo. Publicamos la foto con la copa de vino y el hashtag #ViviendoMiMejorVida, aunque estamos peleando con la pareja por quién olvidó sacar la basura. Fingimos entusiasmo en trabajos que nos consumen porque “hay que agradecer tener chamba”. Nos obsesiona proyectar éxito, equilibrio, felicidad, como si mostrar una grieta fuera un crimen en este mundo de apariencias.
Pero esta compulsión por aparentar no es un invento de Instagram; es humana, antigua, visceral. Antes se disfrazaba de óleo y sedas; ahora son filtros y stories. ¿Por qué? Porque nos aterra no pertenecer. Porque arrastramos miedos primitivos, el miedo a no ser suficientes y el miedo a ser olvidados.
Tamara los tenía. Yo también, cuando rezaba para que nadie me viera bajando de aquel bocho con asientos vencidos y tapicería rota. Tú también, cuando editas una foto para disimular la celulitis, cuando subes el selfie en la playa, cuando finges que todo está bien para que no pregunten, para que no te juzguen.
Pero ¿cuánto nos cuesta sostener esa máscara? Mucho más de lo que imaginamos. Y la factura nunca llega sola, siempre viene cargada de insomnio, ansiedad y deudas emocionales que a veces se vuelven también financieras. Porque sí, fingir agota. El alma no respira detrás del disfraz.
Lo sé porque durante años interpreté el papel de “la mujer que todo lo puede”, la esposa perfecta, la figura materna ejemplar, la profesional impecable. Hasta que, el año pasado, mi cuerpo dijo basta.
Y desde entonces no ha dejado de protestar, con dolores crónicos en cada articulación, como si quisiera recordarme que la función terminó. Vivo entre calmantes, sesiones de acupuntura, masajes y hasta brujerías, tratando de apaciguar un cuerpo que, con toda razón, se volvió chismoso. Porque cuando tú no hablas, él grita. Y créeme, grita fuerte.
Hace unas semanas, mientras sumergía los pies en un balde con hielo para engañar la inflamación, pensé que la máscara más peligrosa no es la que cubre el rostro, sino la que sonríe mientras el alma se desangra. Y entonces me pregunté, casi enfadada conmigo misma: ¿para qué chingados quiero parecer fuerte si lo que necesito es ayuda?
Así que esa noche decidí quitarme la máscara. Decir “no puedo”, “me duele”, “hoy no me da la vida”. Para mi sorpresa, no se cayó el mundo. Nadie me dejó de querer. Encontré empatía, brazos abiertos, gente real. Porque la vulnerabilidad no asusta… conecta.
Quizá la lección no es destruir las máscaras —a veces son necesarias para sobrevivir—sino aprender a quitárnoslas cuando pesan demasiado. Dejar que alguien nos vea tal cual somos, con ojeras, dudas, deudas y cicatrices. Porque ahí, justo ahí, en lo imperfecto, en lo que no necesita filtros, encontramos la belleza.
Pienso en Tamara y en nosotros, corriendo detrás de expectativas imposibles. ¿Cuántos Bugattis verdes seguimos pintando? ¿Cuántos Renault amarillos escondemos avergonzados? Tal vez no se trata de renunciar al sueño, sino de no confundir aspiración con impostura.
Porque sí, todos queremos brillar. Pero ¿de qué sirve si, para hacerlo, tienes que cargar con una máscara que te roba el aire?
La libertad empieza cuando dejamos de actuar para el mundo y empezamos a vivir para nosotros. Porque, aunque nadie lo suba a redes, ser real sigue siendo la forma más revolucionaria de brillar.
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