

Rodaje sin privaciones
Mi participación en la película “Hernán Cortés: un hombre entre Dios y el diablo” fue una experiencia inolvidable, pero no siempre entretenida. Cuando mi hijo Eugenio me preguntó si había sido muy divertido (tres semanas de rodaje, en varios estados), le dije que sí, unas tres horas diarias, pero que el resto… Cada secuencia se repite varias ocasiones seguidas, rara vez menos de cuatro tomas y a veces hasta el doble; ello porque el director requiere tener suficiente tela de donde cortar para la edición; con la cámara fija a cierta distancia, después subiéndola un poco allí mismo, ahora bajándola, luego un acercamiento con el lente, en seguida un close up; también se repiten secuencias por algún inconveniente: porque se oyó el paso de un avión o una sirena, o se metió a cuadro una mosca (no es broma). Una secuencia la tuve que repetir ocho veces (alguna de esas por error mío) y a la octava ya las palabras empiezan a perder sentido para uno (lo importante es que no lo note el espectador); me quejé con Fernando Sitges, el director -español-, y reclamé: “¡Esta debería haber sido la escena del beso…!” Pero cuando la misma secuencia se desea repetir cambiando la cámara de lugar, entonces puede llevar un par de horas el solo movimiento del equipo, pues debe colocarse con una gran meticulosidad la enorme parafernalia tecnológica.
Tato (Eduardo) Flores, un gran camarógrafo mexicano y ahora buen amigo, dirigía al equipo de cámaras a plena satisfacción de Fernando. Me animaba mucho, al término de cada una de mis intervenciones, que Tato me guiñara un ojo y levantara el dedo pulgar aprobando mi desempeño.
Lo que más extraño es cómo me consentían. Siempre me tenían en el set mi ropa lista, lavada y planchada (me resisto a llamarle vestuario), dos juegos idénticos en previsión de cualquier accidente; me peinaban antes de cada toma, me secaban el brillo de la cara con una toallita húmeda y me ponían un spray antitranspirante en el dorso (en San Juan de Ulúa estábamos cerca de los 40º). Contra todas las normas no escritas del buen comportamiento en un rodaje, yo me tomaba una cerveza helada cada vez que podía. Margarita, la jefa de producción, fue muy condescendiente conmigo.
Durante un par de semanas, nos acompañaron dos maestros de lenguas: uno de náhuatl y otro de maya; para Moctezuma el primero, para Jerónimo de Aguilar -el traductor de Cortés- el segundo y para la Malinche ambos. Desde luego, no se trataba de que aprendieran a hablar en esos idiomas, sino de que se compenetraran un poco en ellos y entendieran bien sus parlamentos, para pronunciarlos mejor.
Para el bautizo de las veinte esclavas que le obsequiaron a Cortés en Tabasco, la muy guapa y muy seria Máider, asistente del director, vasca, me pidió que le hiciera una lista de los nombres que me parecieran más adecuados. Escribí veintiuno, pues entre María, Concepción, Guadalupe, Asunción, Pilar, Carmen y otros, colé el de Máider, a ver si le sacaba una sonrisa…

Mas volviendo a los alimentos, no vaya a pensarse que se pasan privaciones en un rodaje, sobre todo cuando el área de producción es tan eficiente. El gobierno del estado de Veracruz nos ofreció un par de comidas de mariscos, una en Villa Rica que incluyó un delicioso caldo de camarón, como en La Llorona: picante pero sabroso; a Fernando le gusta el chile y está acostumbrado, pero otro español, Jorge, el steadicam, también se lo comió feliz, pero entre lágrimas y mocos. En otra comida, en La Antigua, el bien intencionado chef nativo se quiso lucir con un rimbombante platillo europeizante (algo así como filete de pescado relleno de mariscos con salsa bechamel y gratinado…) ¡cómo se me antojaban unos camarones al mojo de ajo o un pescado a la veracruzana!
En Cholula estaba prevista la cena en nuestro hotel Villa Arqueológica, pero yo me escapé a una esquina cercana, en plena banqueta, afuera de la casa de la señora que las prepara todas las noches, y me agasajé con tres órdenes de chalupas surtidas, rojas y verdes, clásicas: delgaditas, con unas hebras de carne de res y cebolla picada, nadando en manteca de puerco. Sobre un papel de estraza, una encima de otra, para comerse con los dedos…
Como al día siguiente yo no tenía llamado temprano, me fui a desayunar en el mercado una cemita de pata de res con pápalo quelite; de los varios puestos que hay, siempre escojo el que tenga verdadero aceite de oliva, que es fundamental para estas maravillas de la culinaria poblana.
Allí mismo, en el mercado de Cholula, le compré a Fernando una variedad de chiles secos que deseaba llevarse de regreso a Madrid. El puesto estaba tan bien surtido, que mejor arreglé con la marchanta un precio único, pues llené una bolsa con puños de ¡diecisiete! diferentes chiles deshidratados.
Y ahora una rara experiencia: estuve hospedado por primera vez en mi vida en un hotel de la Ciudad de México, los tres días de rodaje allí. (En la capital viví 58 años y luego en Cuernavaca, pero nunca pernoctamos en un hotel allí). Era de tamaño mediano, muy agradable, en la calle de Lerma. Una noche, agotado como todos esos días de trabajo, me salí a caminar, cual turista, para despabilarme, en la urbe donde viví casi seis décadas. Se me atravesó el Daikokú original, en Pánuco, y sin dudarlo un instante entré y bebí una jarrita de sake bien caliente, ¡excelente relajante! Luego seguí con una tabla de piezas de sushi nigiri (con su respectiva jarrita) y rematé con tres piezas de uni (hueva de erizo) con una yemita de huevo de codorniz encima (por supuesto todo crudo). Es una de mis delicias favoritas.

Imagen: chefyerika.com

