

Gonzalo Lira Galván
Tuvo que pasar más de una década para que Hwang Dong-hyuk cosechara los frutos sembrados en el guion de El Juego del Calamar, escrita en 2008 como una película que sufrió constantes rechazos al ser considerada demasiado ambiciosa, grotesca y poco realista.
Hwang nació en Seúl, donde también realizó sus estudios en la Universidad Nacional, una de las más prestigiosas del país. Al poco tiempo se estableció como un director cuyos proyectos de largometraje y cortometraje comenzaban a llamar la atención en Estados Unidos, llevándolo a la ciudad de Los Ángeles, donde estudió una maestría en la Universidad del Sur de California. Y aunque sus credenciales como director cobraban fuerza con cada proyecto que realizaba y presentaba en diversos festivales, el guion que más le apasionaba lo mantuvo por años rondando los márgenes de la industria televisiva.
No fue sino hasta 2021 que Netflix apostó por su visión. Hwang no solo demostró que sus detractores estaban equivocados sino que redefinió el alcance de la televisión global, dándole un giro a los productos locales de la plataforma, demostrando que no hay nicho incapaz de rebasar fronteras.
Desde su primer largometraje, My Father (Mi Padre) de 2007, Hwang abordaba temas como el reencuentro entre un hijo adoptivo y su padre biológico condenado a muerte, que como más adelante demostraría con la serie que lo catapultó a las pantallas globales, son temas que se adhieren a su búsqueda constante de experiencias humanas en medio de circunstancias poco convencionales y adversas. Silenced (Silenciado) de 2011 fue otro paso en esa exploración. Basada en un caso real de abuso infantil en una escuela para sordos, la película encendió una alarma a nivel nacional, generando tal indignación que motivó un cambio legislativo en Corea del Sur.
El éxito de Silenced y sus repercusiones fueron tales que años después, en 2014, dirigiría Miss Granny, una comedia sobre una mujer mayor que mágicamente rejuvenece. Con ello, Hwang demostró ser un director capaz de adentrarse en temas complejos desde una diversa gama de géneros.

En 2017, con The Fortress (La Fortaleza), Hwang dirigió un drama histórico con tintes de acción que no tuvo la relevancia mediática ni la recepción crítica de sus trabajos anteriores, pero que lo posicionó como un cineasta capaz de manejar presupuestos y producciones de grandísima escala. La antesala perfecta para su salto a la estratósfera.
Los años pasaban y Hwang Dong-hyuk no desistía con El Juego del Calamar. Sin saberlo, el relativo fracaso de The Fortress le abriría la puerta al éxito y el reconocimiento globales, colocándolo en una situación crítica que lo obligaría a retomar el proyecto que por tantos años le ilusionaba concretar y confrontándolo con una realidad que el mundo post pandemia nos orilló a aceptar a todos: El entretenimiento audiovisual vivía una nueva era y las plataformas de streaming eran el lugar en el que muchos cineastas encontrarían el cobijo para sus sueños más ambiciosos.
Al poco tiempo de su lanzamiento, el efecto boca-a-boca, instigado en gran medida por las redes sociales posicionaría a El Juego del Calamar como la serie más vista en la historia de Netflix. Para la plataforma, ese efecto dominó llevó a que la plataforma de streaming reportara ganancias de 900 millones de dólares. Hwang, de la noche a la mañana formaba parte de la élite creativa mundial, valiéndole un premio Emmy al Mejor Director, el primero para un surcoreano.
Pero el éxito de El Juego del Calamar iba mas allá de lo comercial. Como con sus proyectos anteriores, la serie tocó un nervio global: la angustia de vivir en un sistema despiadado donde incluso la vida humana tiene un precio. En un país como Corea del Sur, donde el sistema de retiro laboral no fue formalizado sino hasta la década de los 90, la realidad social de los protagonistas no solo era un pretexto para justificar sus decisiones arrebatadas, sino el vehículo ideal para hacer una crítica al sistema global de precarización laboral que se mantiene vigente y creciente. Sin saberlo, Hwang estaba contando una historia local con ecos universales.
Inspirado en el manga Kaiji de Nobuyuki Fukumoto y con claras referencias a la película Battle Royale: Juego Sangriento de Kinji Fukasaku, el estilo visual de Hwang como director se alimenta de referencias pictóricas y arquitectónicas como la obra de Ricardo Bofill y M.C. Escher. Los laberintos, las escaleras y algunas referencias a juegos infantiles nos hablan de una estructura social que se mueve en vertical y que infantiliza con el afán del controlar. La vida como un juego que premia y castiga la obediencia.
Al preguntarle a Hwang Dong-hyuk sobre los mensajes implícitos en la arquitectura de su obra, el coreano confiesa que nunca vio venir el éxito. “Es algo que nunca sentí ni pensé mientras desarrollaba esta serie. Pero ahora que han pasado 6 años y puedo ver todo en retrospectiva, he aprendido que soy un poco más cínico de lo que pensé que era”, confiesa en entrevista.
Quizá parte del cinismo de Hwang proviene de ni siquiera hacer consciente su capacidad de complejizar ciertos temas que habitan la serie, sin embargo el actor Lee Byung-hun, con quien trabajó en El Juego del Calamar después de conocerse en el set de The Fortress, sugiere lo contrario. “Si Hwang asegura que ya no es tan cínico como antes, no me puedo imaginar cómo solía ser en el pasado”, bromea el actor.
Pero lo verdaderamente valioso de la serie es que como divertimento es igual de funcional que como crítica social. “Lo verdaderamente entretenido de El Juego del Calamar es que, como con cualquier otro contenido, el público suele proyectarse en los personajes. Eso lo hace muy divertido. Porque mientras lo ves también te pones a prueba”, comenta Lee. “La serie te cuestiona qué harías en el lugar del personaje. ¿Presionaría círculo o la equis? ¿Salvaría a alguien o me sacrificaría? Es un show que te mantiene haciéndote preguntas. Y yo, al igual que el público, también me pondría en los zapatos del personaje y reflexionaría esas decisiones. Es un proceso de aprendizaje”, finaliza el actor.
Con sus temas y cuestionamientos, El Juego del Calamar llegó a su tercera y última temporada convirtiendo las ideas que hace una década rondaban la mente de Hwang Dong-hyuk en un retrato de la sociedad global, donde la ambición mueve masas y somete a los individuos a tomar decisiones atroces para sobrevivir en la vorágine de las exigencias sociales y económicas del panorama mundial. Con esto, Hwang es hoy alguien que encarna una nueva era del entretenimiento: una que no teme al dolor, que no se limita a lo local y que, desde el rincón más oscuro de la imaginación, ilumina las injusticias del mundo real.

El Juego del Calamar Imagen: Netflix

