Navegar hasta morir

 

Cuando era adolescente, pensaba que cambiar era dejar de ser auténtica. Bastaba ver a quienes se iban a vivir ‘al norte’ y regresaban seis meses después hablando como si su acta de nacimiento dijera Texas… en letras cursivas.

Personas que antes decían “¡qué oso!” y ahora decían “cringe”. Que ya no pedían una Coca, sino una soda. Que en vez de “camioneta” decían “la troca”, así nomás, sin vergüenza.

Y aunque parezca una tontería lingüística, para mí era una tragedia identitaria. Sentía que cada “troca” era como arrancarle un ladrillito a la casa donde crecí.

¿Cuántos ladrillos puedes perder antes de que tu casa deje de ser tu casa?

Por eso me aferré a mis costumbres e idioma con uñas y dientes, como Rose al pedazo de puerta en el Titanic. A mis tacos, al mole, a las canciones de Joan Sebastián y Joaquín Sabina en la ducha, y a seguir leyendo novelas en español.

Porque si perdía eso… ¿qué quedaba de mí?

Hace unos días, durante la cena, mi hijastra mencionó el dilema del Barco de Teseo. Espero que mi profe de filosofía me perdone, pero no recordaba haber oído esa metáfora. Así que esa noche me senté en la sala con mi nuevo mejor amigo, ChatGPT, y le pedí que me la explicara con peras y manzanas.

Resulta que Teseo fue el héroe más cool de Atenas, antes de que los espartanos robaran cámara en 300. Era mitad príncipe, mitad rebelde y supuestamente hijo del rey Egeo… o de Poseidón, depende a quién le preguntes. Porque en la mitología, como en algunas casas reales, nadie tiene solo un papá. Algo así como el príncipe Harry que es mitad royal, mitad desmadre, y con el eterno misterio de si es hijo de Carlos… o del instructor de equitación de Lady Diana.

Pero lo que realmente lo hizo famoso —a Teseo, no al instructor que se merendó a Lady Di—fue matar al Minotauro, una criatura con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que devoraba jóvenes en un laberinto.

El punto es que Teseo tenía un barco, el cual era sagrado. Porque Apolo —el dios rubio, guapo y multiusos— lo había salvado a él y a otros catorce jóvenes de una muerte segura. Como acto de gratitud, los atenienses usaban ese mismo barco cada año para hacer un viaje ritual.

Pero con el tiempo, el barco empezó a deteriorarse. Se rompía una tabla, la cambiaban. Se dañaba el mástil, lo reemplazaban. Así, año tras año, pieza por pieza… hasta que no quedó nada original.

Y entonces llegó la gran pregunta: ¿Sigue siendo ese el Barco de Teseo?

Pero como en toda historia griega, el drama no acabó ahí.

Alguien —probablemente un acumulador con síndrome de Diógenes— fue guardando todas las piezas viejas. Y con ellas, armó otro barco con la misma estructura, mismo diseño… pero hecho con las partes originales.

Entonces ChatGPT, muy en su papel, me soltó las preguntas del millón:

¿Cuál es el verdadero barco? ¿El que sigue navegando, aunque haya sido reparado mil veces? ¿O el que conserva todas sus piezas auténticas, pero ya no surca los mares?

Me quedé en silencio, intentando dar respuesta a lo que mi corazón empezaba a preguntar.

¿Y si yo también soy ese barco? ¿Y si todas las veces que me rompí, que cambié, que me reconstruí… me transformé en otra persona?

Porque ninguno de nosotros tiene ya el cuerpo que tenía a los veinte. Ni la misma piel. Ni los mismos amores ni sueños.

A veces creemos que cambiar es algo evidente, dramático, tipo hacer un Britney y raparte la cabeza, renunciar a tu trabajo e irte al Camino de Santiago.

Pero no. El verdadero cambio es silencioso. Se cuela como la humedad en las paredes de las casas antiguas.

Nos cambia una pérdida. Una mudanza. Un accidente. Una enfermedad. Nos cambia una ruptura o una decisión mínima. Pequeñeces que, con el tiempo, nos reconfiguran por dentro.

A veces encontramos un diario de nuestra adolescencia, una foto, una playlist olvidada. Y al leer, al ver, al escuchar, sentimos esa ternura absurda. Como si estuviéramos frente a una versión pasada de nosotros, una versión más ingenua, más rota… pero profundamente nuestra.

Y en silencio, la abrazamos. Porque también es parte del barco.

Sería genial decir que todos los cambios han sido voluntarios. Pero no. Algunos los elegimos. Otros llegaron sin avisar. Unos dolieron como arrancarse la piel. Otros se disfrazaron de tormenta y resultaron ser bendiciones encubiertas.

¿Seguimos siendo los mismos? Sí. Pero también no. O quizás ahora sí somos más nosotros que nunca, porque guardamos los planos originales en el corazón y ya no necesitamos parecernos a quienes fuimos para sabernos auténticos.

Esa noche imaginé a esa otra versión de mí, hecha de piezas viejas. La vi en algún puerto del pasado. Con jeans rotos, creyendo que el éxito era una línea recta y que el amor debía doler para ser real. Que, si dabas más, el otro iba a quedarse.

No la juzgué. La miré con gratitud. Porque sin esa versión rota, ingenua y terca como una mula… no habría llegado hasta aquí.

Y ojalá que, si algún día alguien encuentra mis piezas viejas —mis diarios, mis fotos, y sobre todo, mis errores— no se asuste. No fueron naufragios.

Son la prueba de que navegué con “un par” bien puestos. Y que, aunque ahora con otras tablas, con otro idioma, otro rumbo y otra voz… no pienso quedarme en puerto seguro. Voy a seguir navegando hasta el día que me muera.

Imagen soundcloud.com

Elsa Sanlara