La primera vez que me puse un bikini tenía más de 35 años. No fue en una playa del Mediterráneo, ni en un viaje exótico a Bali, ni después de una transformación radical tipo de Netflix. Fue en Costa Careyes, ese rincón sofisticado del Pacífico mexicano donde todo huele a lujo discreto, donde los atardeceres parecen coreografiados y donde las mujeres se asolean con gafas oscuras, copa en mano, y la certeza de que el mundo está en orden porque ellas están en él.

Yo no era una de esas mujeres.

Llegué a Careyes después de una racha larga de agotamiento emocional, con el cuerpo cansado, el alma en silencio y una maleta llena de trajes de baño enteros, todos diseñados para cumplir con esa misión imposible de disimular todas y cada una de mis lonjas. Pero ahí, entre sandalias, libros y bloqueador solar, estaba ese bikini rojo con flores, escondido como un deseo antiguo. Lo había comprado sin fecha, como se compran los vestidos que se sueñan, pero no se habitan todavía, porque esperan a que pierdas esos kilos de más. Pude haber comprado un monokini, un trikini, un tankini o incluso un minikini discreto, de esos que fingen ser atrevidos, pero traen más tela que una cortina de baño. Pero no. Yo, en un arrebato de valentía o de inconsciencia, había comprado un bi-ki-ni. Con un par de ovarios. Y ahí estaba el condenado, mirándome desde la maleta con una risa burlona.

Esa mañana, sin pensarlo demasiado, me lo puse.

Mientras ajustaba el top con torpeza, sentí cómo se activaba una grabación interna, una cinta vieja y rayada con la voz de mi madre. Esa voz que siempre me acompañó, no como un eco suave, sino como un juicio perenne. Mi madre, que tuvo un cuerpo normativo y escultural en su juventud, y que usó bikini porque “se lo podía permitir”, no perdía oportunidad de señalar a las mujeres con cuerpos como el mío que se atrevían a usarlo sin complejos. Su repertorio era variado, pero tenía frases célebres que lanzaba como dardos, siempre con ese tono de falsa sorpresa: “¡Ay, madre mía!”, “¡Qué valoooor!” —sí, con muchas o’s y mirada de reprobación— y la joya de la corona: “¿Esa señora no tiene espejo en su casa?”.

Crecí pensando que el bikini era una especie de trofeo. No algo que una escoge por gusto, sino algo que se gana cuando el cuerpo cumple los requisitos. Yo, por supuesto, nunca pasé el filtro. Así que me volví experta en desaparecer, en usar camisetas enormes encima del bañador, trajes de baño enteros, toallas estratégicas, posturas defensivas. Caminaba por la playa como quien esquiva francotiradores. Evitaba el sol, las fotos y, sobre todo, el escándalo de mostrarme.

Esa mañana, sin embargo, algo se movió. Tal vez fue el calor, o el mar, o el cansancio de tantos años escondiéndome. Me puse el bikini y bajé a la playa. Iba tensa, como quien va a enfrentar un pelotón de fusilamiento emocional. Me imaginaba a todos los presentes girando la cabeza, haciendo muecas, murmurando las frases que yo misma había aprendido a decirme en silencio.

Pero nadie dijo nada.

Un niño me ofreció una conchita. Una mujer me sonrió. Un señor me abrió una puerta. El mar no retrocedió, el cielo no se oscureció, ningún comité de moral playera vino a exigirme que me tapara la celulitis del abdomen ni que me cubriera “por respeto al paisaje”. Y yo, ahí sentada, con la panza al sol y las piernas al aire, me sentí libre. No la libertad fantasiosa de las campañas publicitarias de las toallas sanitarias, sino esa otra, la verdadera. La que llega cuando dejas de vivir bajo el juicio ajeno y comienzas a habitar tu propio cuerpo con aceptación y compasión.

Esa tarde entendí que no era la primera en hacer ese acto de rebeldía. Que el bikini, en sí mismo, había nacido para escandalizar. Que cuando lo presentaron por primera vez, allá por 1946, el mundo no estaba listo para tanto. El diseñador francés que lo inventó lo nombró como una isla del Pacífico donde acababan de hacer pruebas nucleares, y dijo que su creación sería igual de explosiva. Tenía razón. Fue tan polémico que las modelos se negaban a usarlo, la Iglesia lo condenó y varios países lo prohibieron. Pero ahí está, más de setenta años después, sigue siendo símbolo de algo mucho más profundo que la moda. Porque el bikini no es solo tela. Es memoria. Es historia. Es resistencia. Y también, es miedo.

Ese miedo que sentimos tantas cuando nos acercamos al espejo con él puesto. Miedo a no gustar, a ser señaladas, a no encajar. Pero ese día, en Careyes, entendí que el bikini no se trata de gustar, sino de soltar. De soltar culpas, juicios, exigencias. De dejar de esperar el momento perfecto, el cuerpo perfecto, la vida perfecta para disfrutar lo que ya tenemos.

Y lo que yo tenía ese día era un bikini de flores, una playa silenciosa, y una mujer frente al mar que por fin se sentía en paz con ella misma.

Esa noche, después de la ducha y del mezcal, abrí Instagram. Una cuenta antigua y anónima que tenía, que se llamaba “Mi báscula miente”, y subí una foto. No tenía intención de dar un discurso, ni de hacerme la “body positive”. Solo era una foto de mí, sonriendo, sentada en un barquito. No puse hashtags ni frases motivacionales. Solo esa imagen y una frase que decía: “Es la primera vez en mi vida que me pongo un bikini.”

Las respuestas no tardaron. Mujeres que me escribían: “Gracias por compartir esta foto”, “Hace años que no uso bikini. Pero hoy, gracias a ti, me dieron ganas.” Otra me dijo: “Pensé que era la única que nunca se ha puesto un bikini.” Y entonces entendí que hay muchas batallas silenciosas que se pelean frente al espejo, y que a veces, cuando una se atreve, abre la puerta para que otras también lo hagan.

Desde entonces, uso bikini cada vez que me da la gana. A veces me siento divina. A veces, insegura. Hay días que, de plano, me lo quito y me pongo un bañador completo porque no tengo el día para iniciar esa lucha con mis demonios internos. Porque ese acto mínimo —poder decidir si tengo ganas de tomar el sol en pelotas, en bikini o en burkini— sigue siendo, para mí, un gesto absoluto de libertad personal.

Y ahora que llega el Día del Bikini —sí, existe, como el Día del Taco y el del Orgullo Friki— quiero recordarme a mí misma que la tendencia más poderosa de la moda no está en los cortes, ni en los colores, ni en las telas. Está en atreverse. En llevar el cuerpo que una tiene con gusto, con gozo, con orgullo y sobre todo con gratitud.

No hay tendencia más revolucionaria que esa.

Cada vez que elijo el bañador que me voy a poner, no lo hago como quien busca aprobación. Lo hago como quien elige su armadura. No para la guerra, sino para la reconciliación. Porque mi cuerpo ha sido campo de batalla demasiadas veces, muchas más de las que quiero admitir, y ahora quiero que sea territorio de celebración.

Así que, si te encuentras frente al espejo, dudando, recordando frases heredadas, escuchando voces antiguas que te dicen “no te lo pongas”, piensa en mí. En esa mujer de treinta y tantos, temblando en una terraza, con un bikini de flores en la mano y el corazón a punto de salirse por la boca.

Y piensa también en lo que pasó después. Nada. Y todo.

Porque nadie murió. Pero algo nació.

Mi libertad.

Foto: Jacub Gomez / pexels

Elsa Sanlara