Josemanuel Luna-Nemecio[1]

Cada 3 de julio se conmemora el Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico, y con ello se renueva el ritual simbólico que apela a la conciencia individual como si en ella residiera la posibilidad de revertir la catástrofe ambiental que enfrentamos. Los gobiernos, medios y empresas lanzan campañas donde el mensaje es claro: si usamos menos bolsas, salvaremos al planeta. Pero este tipo de discursos, aunque cómodos y mediáticamente correctos, son profundamente engañosos. No solo trasladan la culpa de la crisis ecológica a la población, sino que ocultan las verdaderas raíces estructurales del problema: el orden civilizatorio sustentado en la extracción y transformación de hidrocarburos, es decir, una civilización petrolera que produce plásticos para casi todo lo que tocamos, consumimos y desechamos.

La bolsa de plástico se ha convertido en el ícono de la contaminación marina, el emblema de la irresponsabilidad ciudadana y el símbolo por excelencia del consumo desechable. Pero esta narrativa, centrada en la visibilidad de un objeto, pierde de vista lo más profundo: la omnipresencia del plástico no es producto de decisiones individuales, sino de una matriz industrial planetaria que reproduce plásticos en cada eslabón del sistema productivo. Desde los empaques alimentarios hasta los insumos médicos, pasando por textiles, construcción, automóviles y dispositivos electrónicos, el plástico es un componente estructural del capitalismo fósil.

Se nos dice que debemos rechazar las bolsas, pero no se nos dice que la producción mundial de plásticos supera los 400 millones de toneladas al año, que el 99% del plástico proviene de derivados del petróleo y gas natural, ni que las principales petroleras —como ExxonMobil, Chevron o Aramco— están diversificando sus inversiones hacia la petroquímica ante el declive proyectado del uso de combustibles para transporte. ¿Por qué? Porque los plásticos ofrecen una salida rentable y duradera al excedente de petróleo. La bolsa que se nos pide no usar es apenas la punta del iceberg.

Las políticas públicas que prohíben el uso de bolsas en supermercados y tienditas apelan a la pedagogía de la sanción: si no cambias tu conducta, eres parte del problema. Esta pedagogía moralista, además de injusta, resulta profundamente ineficaz. No hay evidencia de que este tipo de medidas, por sí solas, reduzcan significativamente la contaminación o el consumo general de plásticos. A menudo, las bolsas son sustituidas por otras formas de empaque igual o más dañinas ambientalmente, como las bolsas de papel o los empaques multicapa que son imposibles de reciclar.

Peor aún, estas medidas distraen del hecho de que más del 60% del plástico desechado proviene de empaques industriales y logísticos, no del uso doméstico. ¿Por qué no se imponen restricciones más estrictas a las grandes cadenas de distribución, a los fabricantes de plásticos industriales o a los monopolios agroalimentarios que inundan el mundo con embalajes innecesarios? Porque estos actores gozan de impunidad regulatoria.

Esta política ambiental centrada en el consumidor es funcional para los intereses del capital. En vez de responsabilizar a las grandes corporaciones, se limita a promover campañas de cambio de hábitos individuales, lavando con verde los sistemas que estructuran el daño ecológico. Se trata de un “ambientalismo de mercado” que busca rediseñar el consumo sin cuestionar la producción, que promueve “decisiones responsables” sin tocar las cadenas globales que hacen del plástico un pilar de la rentabilidad.

Para entender el problema de fondo, debemos mirar al corazón de la civilización petrolera. Desde su expansión masiva en la posguerra, el petróleo no solo ha sido fuente de energía, sino la materia prima de un nuevo régimen material: fertilizantes para la agricultura industrial, fibras sintéticas para la moda rápida, materiales ligeros para el transporte globalizado y, por supuesto, plásticos para contener, aislar, proteger, empacar, desechar. Esta omnipresencia del plástico no es casual: responde a la lógica del capital que requiere mercancías duraderas y baratas, mercancías móviles y desechables, mercancías que perpetúen el ciclo de producción-consumo-desecho.

Hoy, frente a la crisis energética, las grandes petroleras están girando hacia la petroquímica como tabla de salvación. Mientras se promueve la electrificación del transporte para reducir las emisiones, se invisibiliza que buena parte del petróleo seguirá usándose para fabricar plásticos, adhesivos, cosméticos, productos de limpieza y fertilizantes. Así, el capital reconfigura su metabolismo, pero no lo transforma. Se adapta a la crisis ambiental, pero no renuncia al núcleo fósil de su reproducción.

Lo que urge no es prohibir bolsas, sino desmontar el aparato de producción petrodependiente. Esto implica regular con severidad la industria petroquímica, reorientar la producción hacia materiales biodegradables y de ciclo cerrado, planificar sistemas logísticos sin embalajes innecesarios, y sobre todo, reducir el consumo general de bienes superfluos diseñados para la obsolescencia.

Pero esta transición no puede ser dictada por los mismos actores que nos condujeron a la catástrofe. Debe construirse desde una reorganización profunda del sistema económico y productivo, que priorice la sostenibilidad de la vida por encima de la rentabilidad. Esto implica políticas industriales públicas, control democrático del conocimiento tecnológico, participación comunitaria en los procesos de diseño y producción de bienes.

El día sin bolsas de plástico puede ser útil para reflexionar, pero solo si se convierte en un punto de partida hacia una crítica más profunda. No se trata de negar nuestra responsabilidad individual, sino de rechazar su absolutización. El problema ecológico no se resuelve con consumidores responsables, sino con pueblos empoderados que cuestionen los fundamentos materiales del mundo que habitamos. Mientras el plástico siga siendo rentable, se seguirá produciendo. Y mientras la producción siga organizada por y para el capital, no habrá bolsa reusada que salve el planeta.

  1. Universidad Autónoma Metropolitana

La Jornada Morelos