Felipe Garrido*

A / El enemigo

Uno da las buenas noches. Besa a papá. Besa a mamá. Pide un vaso de agua. Que le bajen un libro. Se esconde detrás del sillón. Finge que está dormido. Besa a mamá. Pide otro vaso de agua. Forcejea con papá. Pide que le lean un cuento. Que le desabrochen el cinturón. Dice que ya se va a la cama. Pide que le den un muñeco. Besa a papá. Pide que le muestren las fotografías que vieron en la tarde. Quiere salir al patio y ver las jaulas de los canarios. Pide otro vaso de agua. Gimotea un poco. Besa a mamá, que ya no quiere que uno la bese. Pide que le presten la cinta de medir. Besa a papá. Promete irse a dormir en cuanto vuelvan a contarle cómo aprendió a caminar.

Uno tiene solamente dos manos, dos brazos. Cuesta trabajo llevar el libro, el muñeco, la cinta, una foto, un vaso de agua. Camina despacio, como si no quisiera irse jamás de la sala.

Finalmente llega al pasillo. Uno sabe que el otro está allí agazapado al extremo del corredor, en la oscuridad.

Uno entra al pasillo y entonces lo ve. Lo ve venir del fondo. Lo ve remedar los gestos que uno hace. Caminar con el mismo paso. Uno cierra los ojos. Lo escucha respirar Lo siente más cerca. Cada vez más cerca. Uno abre los ojos

Lo ve con la mirada fija. Uno se detiene trente a él. Podría tocarlo. Uno le sostiene la mirada. Lo ve con un libro, un muñeco, una cinta, una foto, un vaso de agua. Lo ve pálido, dueño de la noche, dueño del silencio, del otro lado del espejo.

B/ Dos dedos

El abuelo Augusto siempre fue maestro. Por muchos años, de primaria, en algún pueblo del norte. Luego tuvo una escuela, con su mujer. Luego se quedó viudo. Luego perdió la escuela y se dedicó a perseguir sus fantasmas. Era andarín.

Podía pasar la tarde caminando una sola calle, hasta donde acabara, en algún ejido de las afueras, y en seguida la vuelta, ya anocheciendo. Le gustaban las hembras, el coñac, cantar en francés y tocar el piano. En la mano izquierda le faltaban los dedos anular y cordial; un accidente de caza, decía. En sus últimos días daba clases de piano y de francés.

Si había bebido podían ser de piano y las cobraba al doble.

Aún hay por ahí quienes aprendieron con él a tocar. Uno los reconoce enseguida. Antes de atacar las teclas doblan los dedos que les sobran.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

La Jornada Morelos