
La imagen, el Arte y la cultura
Sebastián E Pineda Ramírez*
Desde tiempos remotos, los seres humanos han explicado el mundo a través de historias. Contaban su pasado con mitos, su presente con leyendas, y su futuro con profecías. Narrar nunca ha sido solo una forma de entretener, sino una manera de entender, de recordar y de construir nuestra realidad. Aún hoy, en pleno siglo XXI, seguimos sentándonos frente a pantallas como antes lo hacíamos frente al fuego atentos al relato, hoy a través de películas, TikToks, memes o del chisme en redes. Y aunque cambien los formatos, la fascinación permanece.
En una época donde la ciencia avanza cada día, seguimos necesitando historias que nos ayuden a construir sentido. Los relatos de la cultura pop cumplen esa función: ofrecen figuras heroicas, historias de superación, dilemas morales, batallas entre el bien y el mal, y una comunidad global que comparte y reinterpreta esos códigos.
Las películas se vuelven textos fundacionales; las malas secuelas, herejías que contradicen lo que “debería ser”. Los cines y las convenciones funcionan como templos y rituales: lugares de reunión donde se celebra lo que muchos consideran sagrado. Y los objetos que circulan —como figuras coleccionables o autógrafos— no son simples recuerdos: son reliquias que conectan físicamente con ese universo al que se pertenece. Esta dimensión simbólica convierte a la cultura fan en algo mucho más complejo que una simple afición.
El fenómeno fan no es nuevo: ya a finales del siglo XIX, Sherlock Holmes había creado toda una comunidad de fieles lectores que seguían cada relato del personaje. Pero hoy el fenómeno ha evolucionado. La masificación de internet y las redes sociales ha permitido que fans de todo el mundo se conecten entre sí y formen comunidades que trascienden fronteras territoriales, e incluso lingüísticas. El fan del siglo XXI no solo consume: participa, interviene y se organiza. Se ha empoderado en su lucha simbólica por el dominio de la obra. Porque todas estas historias tienen un dueño: las grandes empresas que las producen distribuyen y comercializan como productos masivos.
Durante décadas, se asumió que los productos culturales eran simplemente mercancía, y sus consumidores, clientes pasivos. Pero ese modelo ya no se sostiene. Los fans actuales cuentan con herramientas para amplificar su voz, disputar decisiones y exigir cambios. Casos como el #ReleaseTheSnyderCut —una campaña de cuatro años que logró que Warner Bros lanzara una nueva versión de La Liga de la Justicia en 2021— o el rediseño del personaje de Sonic, que obligó a posponer el estreno de la película, son ejemplos de ese poder emergente. En 2024, incluso Disney+ canceló la serie The Acolyte solo por la mala recepción por parte de los fans, a pesar de ser uno de los contenidos más vistos en su plataforma.

Estos casos evidencian una tensión constante: mientras las industrias culturales intentan controlar las obras como propiedad comercial, para los fans esos mundos tienen un valor simbólico e identitario. Y es ahí donde se libra la batalla: ambos luchan, en el fondo, por lo mismo —por definir quién es el verdadero dueño de las historias.
Lejos de ser una simple afición, la cultura fan es una forma de habitar el mundo. Sus prácticas no se limitan al mero consumo: implican interpretar, debatir, crear, y compartir. Cada aporte individual se inserta en un relato colectivo que sigue creciendo, moldeado por miles de voces que lo discuten y reinventan constantemente.
Reducir estas prácticas a simple consumo es ignorar la potencia simbólica que tienen. En un mundo fragmentado, acelerado y saturado de estímulos, encontrar refugio y sentido en una historia compartida no es un gesto banal o alienante, sino profundamente humano.
Tal vez los mitos nunca desaparecieron. Solo cambiaron de forma. Hoy ya no se transmiten en papiros ni en templos, sino en pantallas, convenciones y plataformas digitales. Y aunque sus “dioses” ahora usen capas y calzoncillos por fuera; sables de luz o varitas mágicas, siguen cumpliendo la misma función ancestral: ayudarnos a entender quiénes somos… y quiénes podríamos llegar a ser.

Foto de La Mole Convención 2024
*Estudiante de la Maestría en Imagen, Arte Cultura y Sociedad en la Facultad de Diseño/UAEM

