Insensatez

Hélène Blocquaux*

“¡Sacrebleu! Mira nada más Lizbeth, si fue una cachetada en serio”. “No, Orlando, mira mejor el video, ella le empujó la parte baja del rostro con ambas manos”. “Yo no veo la segunda mano” replicó él.

La pareja, que se había conocido en Tinder el año pasado vivía cada uno por su parte del negocio de las redes sociales. Orlando se empleaba en una empresa de planeación de bodas como community manager; en cuanto a Lizbeth, su trabajo principal consistía en crear polémicas virales partiendo de hechos que sucedían en cualquier sitio del mundo, una labor muy excitante según comentaba, morbosa según opinaba su ahora prometido que alejaba cada mes más la fecha del enlace nupcial por el costo exorbitante de la ceremonia.

Lizbeth prosiguió, desenfrenada, pensando en el video que ella iba a inventar, recuperando un fragmento del original. Buscó los acercamientos de primer plano, las fotos resaltadas por el punto de impacto, así como las vistas donde bajaba la pareja presidencial del avión en el aeropuerto de Hanoi, así como los discursos del abofeteado justificando el gesto como parte de un juego de complicidad entre ellos, argumentos insuficientes frente al tribunal mundial mediático de ojos hipnotizados por millones, dedicado a compartir u opinar en automático, alimentando sin fin los algoritmos. Empujón, bofetada, broma correctiva, ningún sustantivo cumplía con las expectativas. En vez de calmarse, la opinión pública subía de tono en cuanto a los adjetivos y adverbios, destinados no tanto describir sino a reafirmar sus creencias de interpretación a primera vista.

Lizbeth pensó primero en realizar un video en el que ella saldría a cuadro mostrando una serie de papeles frente a la cámara con números de emergencia apuntados destinados al hombre maltratado, pero luego pensó en su inutilidad por tratarse del máximo mandatario de la nación gala. Era preciso, atizar el fuego mediático con una polémica aun mayor antes de que se apagara gracias a otra situación, por lo tanto, ameritaba una breve reflexión a la que dedicó algunos minutos. Entre las notas que escribió, resaltaron las siguientes – Orlando se entrometió en las propuestas de su pareja -: “el verdadero amor no puede ser violento”; “si la IA puede quitar las manos y componer el rictus previo a la sonrisa falsa esbozada para las cámaras, ¿por qué no la aprovecharon?”; “castigar a la pareja presidencial por falta de respeto hacia el público”. Finalmente, las desecharon todas. Decidieron actuar como testigos potenciales del avión, entrevistados para que proporcionaran su versión de los hechos, en vista de que la oficina de comunicación del mandatario había entregado versiones contradictorias. Orlando y Lizbeth buscaron después en sus respectivos closets, ropa similar a los protagonistas, se peinaron a semejanza de ellos, ensayaron varias veces antes de encender la cámara frente a la pantalla verde. En la primera toma, se vio cómo las caras de ambos se mimetizaban con las originales. En la segunda toma, Lizbeth aprovechó para ajustar cuentas con Orlando referente a un hecho añejo pero que ella no había podido olvidar así que, en la tercera toma, el hombre cobró su revancha, propinándole ahora a ella los mismos golpes. No hubo cuarta toma por la pelea campal que alertó a los vecinos preocupados por los insultos y golpes contra la pared. La pareja decidió parar el combate. Se miraron atónitos, descubriendo juntos la insensatez.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

La Jornada Morelos