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“Las ollas no lloran, pero yo sí”: Rosario Castellanos y la receta amarga del patriarcado

Denisse B Castañeda

Hay mujeres que cocinan pan y otras que hornean palabras. Rosario Castellanos, sin duda, sabía hacer ambas cosas: prendía el horno del lenguaje y sacaba la gramática de lo imposible, lo indigesto que es vivir bajo la sombra del “buen patriarcado”. En su Lección de cocina, no se cocina sopa, ni amor, ni ternura. Se cuece, a fuego lento, la carne viva del sometimiento, de la oposición a nuestro estar en el mundo. Y en su hervor, aún sentimos la quemadura.

Este texto breve —apenas un monólogo interno, una receta existencial— ha sido por años uno de los platos más incómodos del feminismo literario mexicano. No por su forma, sino por su fondo: porque incomoda, porque deja un sabor metálico, porque ahí donde se esperaría sumisión, Castellanos ofrece ironía; ahí donde se anhela redención, ofrece rabia. Y lo hace con una cuchara de plata en la mano, mientras hierve la sopa que no quiere probar.

Desde una cocina, ese espacio que tantas generaciones de mujeres habitaron más una especie de cárcel más que como un espacio propio, la narradora se derrama. Se rompe en fragmentos mientras explica con voz obediente las reglas del rol asignado: ser mujer, ser esposa, ser útil. Aparentemente, sigue las instrucciones, pero en cada verbo hay una trampa, una grieta. Como cuando escribe: “Yo no sabía que estaba siendo adiestrada para ser una sirvienta gratuita, una cocinera sin sueldo, una lavandera con vocación de mártir.”

Esas palabras, hoy, resuenan como un eco de nuestras propias luchas. Porque si algo ha hecho los feminismos contemporáneos es volver a leer, con ojos abiertos, los textos donde antes solo veíamos costumbre y naturalidad. Lo doméstico ya no es neutral. Las tareas que nuestras madres y abuelas hacían con resignación, hoy las nombramos: explotación, violencia simbólica, esclavitud afectiva.

Pero Lección de cocina no es solo una denuncia. Es, también, una obra profundamente poética. Y en eso Castellanos se hermana con las voces actuales que escriben desde la entraña. Pienso autoras actuales que abordan el mundo con una mirada feminista, critica del patriarcado, de la cotidianidad, en cómo se entrecruzan las heridas de lo íntimo con las fracturas de lo social. Escribir desde la cicatriz, siempre ha sido un acto de libertad.

Le invito a prepararse un café bien cargado, buscar un lugar que le parezca cómodo y leer su Lección de cocina como: una epifanía amarga. Una confesión que muchas seguimos murmurando frente a la pila de ropa sucia, preocupadas por que no se nos queme el arroz, mientras hacemos una lista mental de los deberes de quienes “dependen” de la efectividad de nuestra carga mental, mientras el mundo nos exige ser eficientes, dulces, suaves, reproductivas, calladas y conformistas. Porque, aunque han pasado décadas, todavía hay mujeres que se sientan a llorar frente a una estufa.

Y no, la literatura no cambiará el mundo por sí sola. Pero sí puede enseñarnos a mirar diferente. Castellanos lo hizo: nos dio una receta que no queremos repetir. Nos enseñó, desde la poética que lo personal siempre fue político. Que el aceite caliente de la cocina puede ser también el aceite ardiente del despertar.

Abramos los libros de Rosario como se abren las alacenas antiguas: para revisar qué guardaban, qué nos impusieron tragar. Y después, reescribamos el menú.

Que el amor no sepa a sacrificio.

Que la cocina no sea celda.

Que las palabras, como cuchillos, sirvan para cortar las sogas patriarcales de lo cotidiano.

Imagen cortesía de la autora

Denisse B. Castañeda