Jorge Enrique Pérez Lara*

La inteligencia artificial (IA) se ha vuelto presente en conversaciones de café, en los noticieros y discusiones políticas, sin embargo, la conversación pública y la agenda gubernamental suelen reducirla a un modelo de conversación como ChatGPT o alguno de sus competidores. Esta simplificación, que equipara el vasto universo de la IA con una sola herramienta de diálogo, revela una preocupante falta de comprensión sobre su verdadero alcance y, aún peor, alimenta decisiones políticas y empresariales basadas en premisas equivocadas. Es como confundir toda la medicina con el estetoscopio, útil, sí, pero incapaz de describir la complejidad de la ciencia que lo respalda.

Uno de los síntomas más visibles de esta visión limitada es la obsesión por habilidades superficiales, en redes sociales proliferan cursos exprés de diseño de prompts que prometen dominar la IA en un fin de semana, y en el discurso oficial se celebra la alfabetización digital cuando algunos servidores públicos aprenden a redactar correos con ayuda de un asistente automático. Sin embargo, no basta con dominar trucos puntuales; es indispensable generar una formación que permita conocer los fundamentos de la IA, algoritmos, sesgos, interpretabilidad y ética. Solo a través de ese conocimiento podrá democratizarse de verdad el uso y la implementación de proyectos con IA, y en ese momento la tecnología tendrá un impacto significativo en la productividad de las empresas y del gobierno. Mientras tanto, se ignora que la IA va más allá de la generación de textos, puede reconfigurar cadenas de suministro, redefinir diagnósticos médicos, optimizar cultivos e incluso diseñar nuevos materiales. Reducirla a una herramienta de productividad personal empobrece el debate y oculta riesgos y oportunidades de enorme magnitud.

Para entender la brecha entre el potencial transformador y la realidad reducida a un “artefacto conversacional” hay que reconocer que la IA desafía las disciplinas tradicionales del conocimiento, no cabe en un solo campo: requiere estadística, ciencia de la computación, psicología, economía, política pública y filosofía. Ante esa intersección, nuestros sistemas educativos y gubernamentales, divididos en áreas especializadas, se paralizan. Por eso, los planes de estudio deben incorporar programas sólidos en IA que incluyan teoría y práctica, solo así se garantizará que profesionales de todos los ámbitos comprendan su funcionamiento básico y puedan contribuir a su desarrollo responsable.

Mientras nos mantenemos anclados en la fascinación por ChatGPT, los modelos de visión por computadora ya detectan tumores en etapas tempranas; los algoritmos de optimización reducen el desperdicio de agua en la agricultura; y los sistemas de predicción climática entregan alertas vitales frente a fenómenos extremos. Esa es la IA silenciosa, la que no ocupa titulares virales porque no interactúa en tono coloquial, pero que salva vidas y recursos. Al relegar este tipo de aplicaciones del ojo y por tanto del financiamiento, desperdiciamos capital social y científico que podría impulsar avances reales en sectores clave.

Gobiernos y organizaciones deben fomentar programas de formación transversal que integren humanidades y ciencias sociales, no meramente programación, además, es imprescindible impulsar infraestructura abierta, desde repositorios de datos, hasta agrupaciones de procesamiento al alcance de pequeñas y medianas empresas, para que la innovación no quede capturada por monopolios. También resulta esencial diseñar marcos regulatorios basados en riesgos y no en tecnologías puntuales, un asistente para el entretenimiento no requiere las mismas salvaguardas que un sistema automático de evaluación crediticia. Regular por caso de uso y actualizar la normativa de forma dinámica permitirá responder a innovaciones sin ahogar la experimentación.

La inteligencia artificial no es un simple dispositivo ni un hechizo, es una tecnología de alcance general, capaz de redefinir las reglas del juego en salud, educación, seguridad, cultura y economía. Tratarla como una moda pasajera o como una herramienta de oficina es tan arriesgado como haber subestimado a la electricidad en el siglo XIX. Aún estamos a tiempo de reformular el debate, pasar del uso puntual de un asistente automático a replantear nuestras instituciones para un mundo en el que la IA media casi todas las decisiones.

*Universidad Autónoma del Estado de México

Fuente: Imagen elaborada con IA. Cortesía del autor

Jorge Enrique Pérez Lara